6 de marzo de 2014

Elogio de la abuela

Los patios de Miami esconden sus matas de orégano, ají cachucha y otras hierbas. Te sorprenden aquí olores viejos, el pasado regresa cuando encuentras un aroma perdido. El olor del orégano fresco me lleva a una azotea de lozas rojas y a un cielo azul que siempre estaba a mano. Bajo el tanque del agua cultivaba mi abuela sus matas, y el tanque que se desbordaba a cada rato las refrescaba. Ahí tenía cintas, mantos, helechos, en un jardín urbano, minúsculo, al amparo del sol por el capricho de una arquitectura sin nombre.

Yo disfrutaba alcanzarle un ramito de orégano, ella al fin me peleaba porque siempre le traía el ramito pegado a la nariz. Con un poco de ají, laurel, orégano, ajo y cebolla, azúcar, sazonaba mi abuela el festín de unos frijoles negros. Los frijoles de Tito, como le decían, eran famosos en la familia.

Para mi abuela la cocina era su feudo particular e inaccesible, no dejaba que nadie entrara en ese recinto porque según ella “le gastaban las cosas”; y es que para lograr tres comidas diarias debía combinar con mucho acierto la austeridad y el milagro. El milagro de tantas madres y abuelas en Cuba: cocinar cada día, mantener la casa y la ropa limpias, hacer habitable el hogar en medio de una pobreza extenuante que hoy raya en la miseria.

Mi abuela se tomaba el domingo libre, a veces iba a misa, siempre sola, y a veces nos llevaba de paseo a mi hermano o a mí. Le gustaba pasear, visitar la familia, mirar las tiendas vacías que aún conservaban algo de su antiguo esplendor. Cuando me fui de Cuba sabía que no la vería más. El día que murió no pude evitar la amarga sensación de haberla abandonado.

Me cuenta mi madre que pasaba los días rezando un libro de oraciones que le compré en el Cristo del Buen Viaje. Mi madre, más de una vez le preguntó por quién rezaba y siempre le decía que por los niños. Rezaba por nosotros, dispuesta a cuidar de los demás hasta siempre. Las últimas veces que hablé con ella noté que estaba lúcida, que la voz le brillaba como los ojos.

En Madrid siempre extrañé­ los olores de Cuba y alguna vez soñé un aguacero. Ahora, en Miami, redescubro los olores de mi niñez que los patios guardan, en el cantero de casa  hay cintas y helechos, tampoco falta el sacramento, al menos para mí, de la mata de orégano.

El bronce vale y otras crónicas
Editorial Silueta, 2011








22 de febrero de 2014

Evocación

Miami-Junio del 2007

Hoy se celebra la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, recuerdo que me levantaba muy temprano y caminaba hasta la Catedral de La Habana, mi parroquia, para preparar las cosas y ultimar todos los detalles de esa celebración. En un día así es inevitable que recuerde a mi amigo el P. Salvador Riverón, que se paraba en el atrio para ver si estaban los bancos y candelabros en perfecta simetría, si la raída alfombra no dejaba escapar una curva. Un santo celoso de la geometría y de la Iglesia como de una novia, un obispo que muere joven y nos deja con el sabor de la orfandad.

Cuando llegué a la Catedral tenía dieciséis años y se acababa de celebrar el ENEC, es un recuerdo vago porque a veces me parece que fue un poco antes. No era el lugar que un joven escogería, iba muy poca gente y la mayoría eran esas viejitas que se han ido como caen los pétalos. Esas señoras que no se amedrentaron ante las bestias rezaban un rosario, te regalaban una estampa y cuidaban la Fe.  A mí rezar me parecía una pérdida de tiempo, pero ellas sabían que el tiempo de Dios es otro y también rezaban por mí.

Allí crecí, crecimos, un grupo que nunca fue grande, que intentaba sobrevivir en un ambiente de socialismo eterno. Recuerdo aquellas tardes de sillón con el párroco adusto, hablando de mil cosas que nos llevaban inexorablemente al tema de la Verdad, a la urgencia de la búsqueda, al Misterio, y después de tanta hondura yo me sentía el mismo, con las mismas miserias, pero la paciencia de los santos hace que el agua pueda horadar la roca y hacerle al menos una pequeña marca.

De aquellas tardes me ha quedado para siempre la alegría de un gran descubrimiento: yo podía ser, existía otro mundo al margen de ese mundo obligado. Ser en Cuba, existir en Cuba, y luego descubro que es difícil en todas partes, que a todos nos toca sufrir el anonimato, la indiferencia, la desconfianza, la soledad y todo lo que ronda cualquier exilio; pero nadie, nada me puede quitar que respire profundo y diga: estoy aquí mi Dios, ante ti.

Hoy trabajé todo el día y me hubiera gustado ir a misa, hoy en la Catedral entonarán "Pueblo de Reyes, Asamblea Santa, Pueblo de Dios, Bendice a tu Señor" y el turiferario esparcirá el incienso. Recuerdo que el Padre Salvador tenía guardado una cajita de incienso del Monte Athos para las grandes celebraciones y se enojaba si lo ponían en una celebración ordinaria, pero nunca se enojó tanto como el día que nos robaron el copón del sagrario con el Santísimo Sacramento. Qué enojo y desesperación en aquel hombre que no podía recuperar el pan consagrado, perdido bajo su custodia y la mía. Varios años después en el 1998 cuando tuvo lugar la visita del Papa logré resarcirlo en alguna medida por aquel disgusto. En una de las tiendas de campaña que se colocaron en la Plaza quedaron abandonados varios cálices con formas consagradas, llegué a la Casa Sacerdotal con una caja llena de aquellas copas y quiero pensar que el alivio que vi en su rostro al entregarle aquel tesoro compensaba el pesar por el copón perdido.

El día que supe de su nombramiento como obispo auxiliar de La Habana me alegré mucho, al mediodía fui a felicitarlo y estaba contento, tenía luz en el sereno rostro. Nunca olvidaré su consagración episcopal y esa sensación que aquello que estaba sucediendo era algo que debía ocurrir y ocurría para bien. No me atrevo a preguntarle a Dios por qué le llamó así, tan duro, tan pronto.

Unos días antes de su repentina enfermedad y muerte, en el Primer Encuentro Nacional de Comunicadores Católicos el Padre pronunció una conferencia titulada "La Cuestión de la Verdad" y sin quererlo, dejaba escrito su testamento intelectual. Recuerdo que le regalé un temprano ejemplar de la Veritatis Splendor (El brillo de la verdad), porque yo regresaba de España y en esos días el diario ABC la había publicado, Juan Pablo II y él coincidían en la misma obsesión. "Si la libertad se transforma en un absoluto, si no está referida y subordinada a la verdad, desaparece como libertad y se convierte en arbitrariedad absoluta (...) es el imperio de la fuerza... ¨ Esas palabras de Juan Pablo II destacaban en su último esfuerzo pedagógico, las escuché mil veces en el aula, en el pulpito, y regresan a mi memoria con asentimiento, tenía razón el párroco misericordioso, una razón que compruebo día a día y me salva.

A veces sueño que estoy sentado en un banco de la Catedral en la tarde, cuando la luz cae desde los vitrales y se queda quieta en los bancos de caoba, va a comenzar la misa del martes o del jueves a las ocho, la misa de unos pocos y rezo al fin, como aquellas señoras que no perdían el tiempo. Todos los días le encomiendo a mi amigo, a mi párroco, que no me pierda de vista cuando salgo en el carro, casi siempre le digo: mira por los niños, que no sea nada la erupción, la fiebre, mira por nosotros, pon ante Dios estas cosas que me inquietan, que estemos bien, que no falte el trabajo, que se haga ( y ayúdame a aceptarlo) la voluntad de Dios.



16 de febrero de 2014

San Cristóbal


Parecía un luchador grecorromano,  dos siglos antes cercenaron la imagen para hacerla más pequeña y no chocara con los baldaquines de los comercios al salir en procesión. Cercenado el gigante, apareció en su interior un pliego del escultor sevillano Martín de Andújar pidiendo misas por la salvación de su alma.  Al poco tiempo del hallazgo se celebraron  las misas en el Cabildo y San Cristóbal ya no tropezó más con los baldaquines de los comercios.

Para los creyentes no importaba que el Santo Patrón de la ciudad luciera tan singular apariencia. Ellos continuaron con sus promesas; permanecían un rato al pie de la imagen y se retiraban sin dar la espalda. Le dejaban flores, exvotos y ocasionales manzanas. Unas manzanas rojas muy pequeñas, que vinieron quizás un par de veces en los años ochenta.

En las postrimerías del milenio le devolvieron a San Cristóbal su original tamaño, con la demora de hallar árbol propicio en una isla donde escasean los sueños y los árboles.

La Hermanas del Amor de Dios  hicieron una túnica roja y azul para la imagen restaurada; Cristo es un niño que mira el cielo, desde el hombro bizarro del gigante.


Mendigos



Corrían entre los bancos. El sacristán los miraba de reojo. Eran pioneros en pedir un dólar a los turistas, todavía escasos. La madre, embarazada, los recogía al caer la tarde. Ellos, contentos, le mostraban lo conseguido. La madre tomaba las monedas, los billetes de un dólar, pero dejaba a sus legítimos dueños  los caramelos y los chicles que habían sobrevivido al hambre.

Los dos se despedían  con un desenfadado “hasta mañana”.

El sacristán a veces piensa en ellos.
Aquellos niños, pícaros y pobres, ahora deben ser hombres.



Las Puertas del Cielo


El párroco daba una lata de conservas al sacristán con la encomienda de que fuera entregada al  mendigo.  Este hombre  se acercaba a la verja de la Capilla del Sagrario los martes y los jueves para pedir limosna, tenía un aspecto lastimoso y una barba muy larga que completaba su figura. El sacristán, al entregar las latas de conservas, verificaba el recurrente aliento etílico del mendigo.

Un día el sacristán le preguntó con firmeza al párroco: ¿Por qué le da a usted conservas  a ese mendigo? El mendigo lo engaña y vende las latas de conservas para beber.

El párroco  no le respondió, ni se enojó con la pregunta y siguió su rutina sin inmutarse, pero en la misa de aquel martes expresó la idea de que las puertas del cielo, por paradójico que parezca, pueden abrirse con la picardía de un mendigo o cerrarse,  con las certezas de un sacristán.

El sacristán no quedó muy conforme con aquel sermón del que se sabía primer destinatario, pero tampoco se enojó con el párroco. Quería como a un padre a aquel sacerdote, reservado y parco en afectos,  espiritual y sabio.

Este sacerdote murió inesperadamente, su muerte provocó una gran conmoción entre los feligreses. Aquellos que no lo conocían se asombraron por las muestras de duelo, no era el típico cura popular, ni famoso.

Con el tiempo, el sacristán se ha visto alguna vez en la piel del sacerdote  y en la del mendigo, ha comprendido de este modo muchas de las cosas que su párroco intentó enseñarle. Entre todas las lecciones recuerda,  con especial afecto, el sermón de aquel martes. Ya no tiene la menor duda de que el párroco hacía bien en dar, cada vez que podía, una lata de conservas al mendigo.


11 de febrero de 2014

Manolito el bizco

Daniel el gordo, Argudín y yo le dijimos a Manolito el bizco que el cometa Halley iba a chocar con la tierra; al otro día Elodia, su mamá, nos andaba buscando porque el bizco no quería salir de la casa de lo asustado que estaba. Tuvimos que ir a verlo y asegurarle que el choque iba a ocurrir dentro de tres mil años y en tres mil años él ya estaría muerto, entonces el bizco salió otra vez pero miraba el cielo con desconfianza.

El bizco era así, y nosotros lo fastidiábamos con cualquier cosa, pero no era un trajín, si el bizco se berreaba había que correr porque era un mulato grande, con los brazos y las patas largas. La madre de Manolito el bizco, Elodia, era una negra fina, con peluca y tacones todo el tiempo, el padre se llamaba Manuel Ortega y era un hombre severo, muy callado, que había sido chófer de una patrulla en tiempos de Batista. En la cuadra muy poca gente conocía esta historia, yo lo sabía porque mi tío Rubén fue su compañero y vivía en Miami desde el sesenta y pico.

Ortega siempre me saludaba y me decía cuídame a Manolito. Tú le caes bien al viejo me decía el bizco y yo sabía que era verdad. Los Ortega me conocían desde que nací, como se conoce la gente en los  barrios y en los pueblos. Cuidar a Manolito no era tarea fácil, una vez nos fuimos al zoológico y el bizco comenzó a tirarles piedrecitas a los cocodrilos que parecen estar quietos. El bizco cada vez se inclinaba más para tirar las piedras con su estatura larga y sus espejuelos fondo de botella se le resbalaban, no sé cómo pero un cocodrilo saltó y yo ví que la boca del animal se cerró cerca de las manos del bizco, le metí un halón  por la camisa y él todavía trataba de fildear sus espejuelos de palo.

¿Manolito y tus espejuelos?  preguntó Elodia que estaba en la bodega cuando llegamos, se le cayeron en la jaula de los cocodrilos dijo Daniel el gordo que vino todo el viaje llorando de la risa. No fue la única vez que se perdieron los fondo de botella de Manolito, hubo que bucear en el Malecón y explorar los terrenos de la Montaña Rusa en el Coney Island hasta que decidió amarrárselos con un cordón y entonces las pérdidas fueron menos frecuentes.

Los Ortega vivían con sigilo porque el viejo Manuel, además de tener su pasado, hacía zapatos. A veces se sentía el olor de la cola y el bizco entraba a avisar a su padre para que cerrara la ventanita del taller clandestino. El azar y la Reforma Urbana le colocaron a la Rubia segurosa frente por frente, en unas accesorias donde también vivía el chivatón Arsenio con su querida. Pero Arsenio nunca se encarnizó con los Ortega, la Rubia en cambio no los soportaba, ella venía con su traje del MININT en la tarde y el  bizco, que siempre estaba sentado en el quicio de su casa a esa hora, la veía llegar y la miraba con las pupilas dilatadas de asco.

La Rubia sabía que era el   bizco quien le escupía  la puerta dejando unos gargajos que emulaban la densidad de la Via Lactea. El bizco sabía que por culpa de ella les habían metido un registro en la casa, por suerte el viejo Ortega se olió el pase y logró sacar antes los rollos de piel y la garrapata.

Al bizco le gustaba la música y bailaba bien, me tenía loco con la música disco, al fin Ortega y Elodia, que buscaban los pesos debajo de la tierra, le regalaron una grabadora cuando cumplió los dieciséis, desde entonces el bizco pasaba todo el día con la música puesta y nos llamaba cada vez que grababa un cassette.

Una tarde, mientras el bizco tenía a todo meter la grabadora tocaron a la puerta, eran el jefe de sector y la Rubia. En ese mismo momento llegó Ortega, todo era por la música pero el viejo pensó que era un registro, se puso muy nervioso y regañó a Manolito delante de todos. Al poco rato se sintió mal, llamaron a Isabel, la enfermera que vivía en la esquina, ella le tomó la presión y comenzó a gritar que buscaran un carro. No llegó al hospital, se murió antes, yo alcancé a verle por la ventanilla.

Llegamos a la funeraria como a las ocho, el bizco había buscado una silla y estaba de espaldas mirando a la pared. Elodia me dijo que no se había movido de allí en todo el día. No me atreví a acercarme, Daniel el gordo y Argudín tampoco se atrevieron. En el entierro vi que lloraba con los puños cerrados, eran casi las once  cuando salimos del cementerio.

Al día siguiente no vimos  al  bizco, ni al siguiente, ni al otro y casi pasó una semana sin que lo encontráramos, el Lunes me llené de valor y fui a verlo, le dije que saliera, que el cometa Halley regresaría en tres mil años, sonrió sin ganas pero me abrió la puerta, hablamos un rato y a modo de despedida me prestó unos cassettes que me gustaban.
El bizco no volvió a poner la grabadora, de vez en cuando salía con nosotros pero siempre estaba en otra parte, con el tiempo él y Elodia se fueron a vivir al Vedado porque ella le limpiaba a una señora mayor que estaba sola y cuando la mujer no pudo valerse la cuidaron entre los dos para que les dejara la casa.

Elodia le dejó la casita ¨de toda la vida¨ a una prima suya, ella se daba su vuelta por el barrio a visitar la prima, pero después de la muerte de Ortega parecía un fantasma. El bizco se quedó en el Vedado, supe que al fin le pusieron lentes de contacto, nunca más regresó a visitarnos.

El bronce vale y otras crónicas
Editorial Silueta, 2011





5 de febrero de 2014

Otra vez Espacio Laical

Para bien de la Iglesia Católica que peregrina en Cuba los editores de Espacio Laical llevaban algún tiempo en silencio. Han regresado a la palestra mediática con una entrevista en el diario ABC, si no fuera por el mal que le ocasionan a la Iglesia con sus opiniones políticas los ignoraría. Poco puedo agregar a lo dicho sobre Espacio Laical, este fue mi último artículo sobre el tema, ojalá sea, definitivamente, el último.

2 de febrero de 2014

En el umbral

El sacristán a veces se cansa de lo que hace y quisiera escribir un poema.  Uno de sus lecturas preferidas es el Libro de Isaías, “serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño será su pastor.”

El lobo de Isaías, sólo en la forma era la misma bestia que antes se nutría del cordero.

El lobo de Isaías, sin corazón de lobo,  en el umbral espera,
con la  pregunta que también fue suya.

Si quisieras el camino del Maestro quien te lo impediría.

Y el sacristán anda inquieto en el templo, 
sin saber qué  hacer
pasa los días.


El consejo

La madre se acercó al obispo para hablarle,  su joven hija la seguía:

“Padre vengo para que usted aconseje a la niña,  que no quiere ir con las amigas a Varadero.” “Padre que nos vendría bien una entrada en divisas pero esta niña no quiere.”

El obispo, perplejo,  le explicó  a la madre que en modo alguno podía  dar ese “consejo” a la “niña”.

Esa noche la cena fue un vaso de leche y estuvo hasta muy tarde en el sagrario.


Para un falso silencio

En muchas iglesias de Miami hay unas peceras para albergar a la gente con niños mientras dura la misa. Estas peceras te hacen sentir que estas en una aduana o en la antesala de una consulta médica, pero no en una iglesia.

Evito los templos donde hay estos cubículos para un falso silencio.


“Dejad que los niños vengan a mí” dijo el Maestro y a nosotros se nos ocurrió que sería conveniente hacer unas peceras.


1 de febrero de 2014

Los Mata

Los Mata llegaron a la cuadra en los setenta, vivían con su padre que los crió él solo, en mi casa hubo siempre una extraña vocación de adoptar a la gente y los nuevos vecinos fueron adoptados. A partir de las seis de la tarde, cuando comenzaba la televisión, ellos rellenaban los huecos de la pequeña sala y se quedaban hasta que terminaba la programación.

En aquel entonces yo tenía cuatro o cinco años y los Mata, a pesar de ser mayores que yo, todavía eran niños. Un mal día llegó la hora del servicio militar para el mayor de los Mata, después de varios meses de estar en la unidad el teniente de guardia le dio un pase de fin de semana. Esa noche llegó una inspección y el teniente dijo que los ausentes se habían fugado, algunos se callaron, pero en el juicio Mata le metió un bofetón al teniente, cuatro años pasó en el “Pitirre” y su vida cambió.

Cuando cumplí los quince los Mata controlaban el barrio, en su casa podías conseguir cualquier cosa, desde un revólver a una grabadora. Tenían un tiro permanente de “lager” que frecuentaban todos los personajes del barrio, también pasaban a beber cerveza el jefe de sector y otros oficiales del “operativo”. Una vez necesité un colchón -el mío era anterior a la Edad Media- y conversé el asunto con los Mata, pagué cincuenta dólares y a los dos días tenía el colchón de la shopping en casa, me la trajeron dos policías de uniforme. No lo podía creer, pero los guardias me llevaron el colchón hasta la puerta.

En casa de los Mata solía refrescar la sed Panchita, la presindenta del CDR que te avisaba un par de días antes si tenías un registro. Panchita era buena gente, yo le escribía los comunicados para las efemérides, era lo menos que podía hacer por ella. El Chino también era habitual del tiro de “lager” de los Mata, los rollos de billetes del Chino parecían ruedas de camión, en ese entonces era administrador de una fábrica de muebles, cuando necesitaba algún dulce para las fiestas de la catequesis se lo decía al Chino, entonces él me daba un papelito y yo iba a ver al administrador de alguna dulcería que me daba los dulces y ni siquiera me los cobraban.

Mi madre no quería que fuera a casa de los Mata, pero yo me escapaba de su control y los visitaba. Ella sabía que el tiro de “lager” de los Mata tenía también su lado tenebroso, allí bebían tipos que eran asesinos, marihuaneros, gánsters de muy diversa índole y especie, cuando había gente así los Mata me hacían señas de que debía marcharme.

Una noche se me hizo tarde en aquella casa, conversaba con el jabao Mañaña, internacionalista en los 70, marinero de la flota del Golfo en los ochenta y palero confeso en el inicio de los años noventa; los cuentos de Mañaña me hicieron olvidar el reloj, eran más de la una, ya me iba, cuando tocaron con fuerza a la puerta.

Después de las debidas precauciones le abrieron, era un muchacho rubio, que se había mudado a la cuadra hacía poco. Lo llamaban por el apellido, siempre fue muy callado, le compró un cuarto en el solar al hermano del Pollo, tenía algún negocio, entraba y salía. Los Mata lo saludaban con respeto, era evidente que se conocían.

Esa noche el muchacho traía la camisa empapada de sangre, se dejó caer en el viejo sofá de los Mata y alguien le acercó un trago. Encontró a su mujer con otro tipo, en la casa que le tenía puesta en un reparto, lo mató a él primero, después la mató a ella, tiró el cuchillo por el hueco de una alcantarilla y salió a caminar. El mayor de los Mata se lo llevó aparte y estuvieron bebiendo hasta que los gallos que la gente cría en los edificios comenzaron a cantar. Luego lo acompañaron hasta la estación de policía en dónde se entregó. Mi madre nunca supo de esta historia, ni de ninguna otra, no era necesario que se enterara, a ella de ningún modo le gustaba que me metiera en casa de los Mata. 


El bronce vale y otras crónicas
Editorial Silueta, 2011











30 de enero de 2014

El bronce vale

El Bolo no sabía que su lema “la plusvalía es mía” lo convertiría  en un adelantado a su época, una suerte de gurú tropical entre tantos que luchaban la “estilla”. Conocí al Bolo en la casa del Nene, allí nos reuníamos con el mulato Mejía que también trabajaba en la chatarra, allí jugamos dominó alguna vez y hablamos hasta muy tarde de política, de religión y de mujeres -que son las cosas de las que hablan los hombres- entonces no sabíamos que el Nene era chiva, eso lo supe yo pasados los años pero supongo que Mejía y el Bolo lo supieron antes.

El Nene caray, María Elena su difunta madre era una santa que lo crió gusano hasta que lo torcieron en las clases de karate, el niño tenía que defenderse, el niño tenía que aprender karate y allí lo captaron, lo embarcaron con historias de heroicos compañeros chivatones que terminaron por convertirlo en un chivatón a secas, nadie me lo dijo, pero yo estoy seguro que fue allí porque en casa del Nene eran gusanos.

A pesar de los espasmos revolucionarios del Nene la pasábamos bien en su casa, en las tandas de dominó supe cómo era el negocio de la chatarra. Era simple: pasaban los mismos hierros por la pesa varias veces y compartían las ganancias con los pocos particulares autorizados para recoger materia prima, el Nene solo sabía decir “ustedes están locos” y el Bolo y Mejía se reían. Con el tiempo el negocio aumentó, sacaban la chatarra de la base en camiones del gobierno, la transportaban para la finca de un chatarrero particular conocido como el Guajiro, de allí la sacaba el Guajiro en su propio camión y volvía a la base a vender la misma chatarra una y otra vez.

El negocio iba en grande y ya Mejía y el Bolo no iban casi nunca a casa del Nene pero me invitaron alguna que otra vez cuando alquilaban casas en la playa. Cuando nos veíamos, el Bolo siempre me preguntaba de qué hacían las estatuas: “de bronce Bolo, las estatuas las hacen casi siempre de bronce, no me jodas más con las estatuas” le respondía riéndome. “El bronce vale Eduardito, el bronce vale” era su frase cuando soltaba alguna “gorda” que lo traía loco en la data, me pegó esa expresión que todavía se me escapa cuando el juego de dominó está caliente y suelto el doble nueve.

Una tarde cuando caminaba hacia la bodega para comprar un saco de chícharos para las palomas vi a la mujer del Bolo saliendo de casa del Nene. No llegué a pensar mal porque el Nene no es de los que se acuestan con las mujeres de los amigos, aunque ya era chivatón y yo no lo sabía. Al rato, el mismo Nene bajó a la bodega, lo saludé y me contó lo que había pasado. Por la mañana, después que entraron todos los trabajadores de la base de recuperación de chatarra, llegaron tres camiones de policías y varios carros del DTI, después se aparecieron unos compañeros del Grupo de Apoyo del Comandante en Jefe, esto último lo dijo con cierta solemnidad. ¿Y qué pasó compadre? Interrogaron a todo el mundo, andaban buscando algo. ¿Qué cosa Nene? Eduardito: el Bolo se robó las patas del Che y las picó en pedazos, un Che gigante que quieren poner en Santa Clara, también se llevó la canana, la pistola y las balas.

Me quedé pasmao, el Bolo se atrevió por fin a facharse una estatua, una inmensa estatua del Che con la idea de venderla indefinidamente en la base, bronce, puro bronce reciclado hasta la jubilación. El Nene siguió contando que el Bolo, con Mejía y otro más que le decían Mula Vieja se metieron en una fundición a recoger desechos, vieron las patas del Che que las tenían tiradas por ahí, el Bolo embulló a los otros con aquello de que “el bronce vale” y se llevaron también la canana, la pistola y las balas de bronce. Cargaron con todo, en el mayor camión grúa que había, para la finca del Guajiro y allí lo dejaron para picotearlo con el oxicorte. Se pusieron fatales, el Comandante quiso saber cómo iba la estatua y…

Dicen que rodaron cabezas a todos los niveles. Al final los perros estrecharon el cerco y en 48 horas todos estaban presos, el Nene me contó que Mejía y el Bolo estaban tranquilos cuando los esposaron, a Mula Vieja tuvieron que sostenerlo porque se caía cuando vio las esposas. Nunca más he sabido del Bolo, ni de Mejía. Del Bolo me quedé con sus frases “la plusvalía es mía” y el “bronce vale”.

Al Nene lo seguí viendo en el barrio porque era mi socio, nadie sabía entonces que era chiva, no creo que tuviera que ver directamente con el escache del Bolo y de Mejía. Lo que me hizo a mí fue años más tarde, pero se lo perdono porque bastante tiene con ser un mierda, además la difunta María Elena, su madre, era una santa y me quería mucho, sé que vela por su hijo desde el cielo, a lo mejor desde allí logra salvarlo, al fin y al cabo ella no tiene la culpa de que le torcieran el camino a su niño, en el karate.

El bronce vale y otras crónicas
Editorial Silueta, 2011











22 de enero de 2014

HA DE MORIR EL REY

las cosas mueren
como protesta de un amor

qué somos
en cada atardecer termina un reino
y las palabras no valen
porque has quedado a la intemperie
es hora
de recibir que todo muere
y todo vive
en el amor.



HOY EL CIELO ES AZUL Y DIOS ME ESPERA

no hay más señal de Dios
que su silencio
en donde nos aprende
y nos acuna
con maternal sigilo

y me regresa el gusto de callar
el gusto en el silencio de estar vivo




HAY GENTE QUE ESTÁ MUERTA

y no lo sabe
y no descubrirá su muerte hasta que caiga

pobre gente que ha muerto en la semana
en la mala costumbre de los días
traducidos en horas
en objetos
en ansias que oscurecen

sólo la vida puede salvarte de la muerte
no esperes un milagro
sólo la vida




6 de enero de 2014

El Padre Carlos


Querido Padre Carlos todavía recuerdo aquella tarde en que fui a verte a la Iglesia del Santo Ángel con mis escritos mecanografiados en justa equivalencia de borrones y letras. Miraste aquel legajo y sonreíste “lo leeré con calma, pero te aviso que yo no soy crítico, sólo puedo decirte si me han gustado o no”. No te gustaron, con toda razón, mis primeros embates literarios.

Tenías paciencia para escuchar y después de aquel día no recuerdo cuantas veces habré hablado contigo, conseguías que me quedara con la esperanza de una gesta que aún no era la mía: esa pasión por Cuba y por la Iglesia que nos dejaste a muchos. Sí Padre Carlos, porque si quiero a Cuba en gran medida te lo debo a ti, de otra manera no la querría, nadie en su sano juicio se enamora de lo que vive como una pesadilla. Sin embargo, tú conseguiste que la casa en ruinas, la casa con la gente separada por el odio se proyectara en nuestras pupilas como el hogar posible, como la Casa Cuba que un día construiríamos a fuerza de soñarla. Hoy, soy menos optimista, pero sigo creyendo que alguna vez tendremos esa Casa, no por dádiva de aquellos que tanto mal han hecho, sino porque es lo justo y porque mientras haya maestros como tú, habrá cubanos dispuestos a soñar la justicia.
Hoy quiero agradecerte Padre Carlos tu amistad y cercanía, cuando me vi tan solo, tan cansado y  tan triste que decidí marcharme. Siempre tengo presente las gestiones que hiciste por mí ya en el exilio y guardo con cariño aquella carta de recomendación que me enviaste con la Hna. Victoria. Ahora ya sabes que te tengo presente, que en casa a cada rato hablamos de ti, de tus charlas en las convivencias que nos abrían los ojos a un mundo diferente, de los coloquios de sillón que nunca se hacían largos a pesar de que teníamos la edad de la impaciencia.  Tú eres parte importante de un tiempo en que crecimos, en que fuimos mejores y esperamos contra toda esperanza.

En Madrid Gilda y yo disfrutamos tu compañía las veces que te vimos, ibas vestido con dignidad pero tus ropas y zapatos se veían gastados por el uso, quedando el señorío del espíritu a salvo. Nos tocó un tiempo duro Padre Carlos  y tú fuiste pastor, intelectual, político, hombre de estado, mescolanza  para buscar el bien posible, para salvar lo salvable en el difícil oficio de hombre puente. No sabremos juzgar esta época hasta que pase el tiempo, pero hoy es día de agradecimiento y no de reproches, los que tengo los dejo para cuando te encuentre en la casa del Padre Eterno, si es que acaso merezco estar en su Presencia.
Gracias por el sacrificio de quien pudo vivir mejor en cualquier parte y se quedó en Cuba con los que no estábamos en condiciones de huir, ni de luchar; gracias por la bondad cotidiana, por la compasión práctica. Esas actitudes también son parte de tu legado, acompañaban  al hombre que buscaba un rastro de bondad en todos los hombres e intentaba, como decía Ferrara, sacar el bien del mal, que es obra de los fuertes. Es por eso que también te agradezco la claridad del Bien que me hace aborrecer el despotismo, el crimen  de los tiranos y sus cómplices, esos que se creen fuertes pero que no lo son y tiemblan como damiselas ante la muerte.

Quiero pedirte que ante tanto deleite de Bondad, Verdad y Belleza no te distraigas de los que aquí quedamos y mires por nosotros. La Casa Cuba todavía tiene chance de ser casa de todos, aunque el tiempo de los pueblos, como el de los hombres, no es eterno. Échanos una mano Padre Carlos, que el tiempo apremia y que esté listo el té que beberemos con amigos comunes, a las cinco de la tarde en tu despacho, en la loma del Santo Ángel.

 Eduardo Mesa
Miami, 6 de Enero de 2014

20 de septiembre de 2013

serena certidumbre

serena certidumbre
bonsai de árbol frondoso

abuelo ve volar la tumba de Vázquez Bello
en sueños
espera un exordio
la gloria
duerme con el revólver

abuelo escribe
sentado en el garrote
y su tabaco no se apaga
alguien prepara
las tablas del reposo

abuelo invita a un trago en lo de Oscar
quedan algunas fotos del buick color vino
las medallas del club de pistola
las prostitutas del barrio de Colón
que lo saludan

guarda en su tumba la argamasa
adornada por cuentas de colores

ese resguardo desafiante sabe

13 de septiembre de 2013

Acta de advertencia

Puedo guardar tu tiempo;
soy un dios.
 
Hermenéutica del hacha,
breve espacio en que estás
solo, olvidado, muerto.
 
Tengo toda la rabia,
quiero llevarme a tu mujer y lo hago.
¿Ella podría no desear a un dios?
 
Quedaste en mi puño
en mi estómago férreo;
yo te puedo tragar
y llevarme a tus hijas.
¿Ellas podrían no desear a un dios?

Ingrato
desertor de este miedo,
te dejaré sin palabras,
sin garganta.
No habitarás en la memoria
de los que dejaré tras de ti,
porque cualquier recuerdo
se parecerá a tu vida
y tu vida me pertenece.
¿Acaso podrías no desear a un dios?

¿Por qué miras así a tu dios?
¿Por qué?
 

30 de agosto de 2013

Mayito

Anoche velaron a Mayito Meneses en una funeraria que está frente al Versalles. Fue un velorio cubano de viernes para sábado, sin prisas de semana, con los hombres de traje o guayabera negra que contrastaba con los vasitos blancos de las coladas. La foto que pusieron al lado de la caja era la imagen de Mayito joven, que en pose de estudio fotográfico lucía como un cantante de boleros

Mayito desde niño trabajó en la farmacia del pueblo, tener " farmacia propia" fue su sueño. Al ver “el giro” que tomaba aquello presentó la salida.  Llegó a Miami a mediados de los sesenta con su mujer y su hijo, después de tres años de espera,  castigado en el campo mientras “le autorizaban la salida definitiva”.

El signo de Mayito era trabajar como un mulo, para ganarse la vida en este pueblo ejerció muy diversos oficios , se jubiló en Winn-Dixie. Previsor y ahorrativo pagó su casa en la Pequeña Habana, ayudó a  pagar  los estudios del hijo y era famoso en la familia porque movía como pocos los ahorros de una cuenta hacía otra buscando beneficios. Todos los movimientos  de este hombre conservaban el sello de su primer oficio: método y precisión.
 
No abandonó nunca la idea de volver a su pueblo y fundar la farmacia que soñó desde niño. Estaba convencido de su regreso a Cuba y cada Noche Buena con una copa en alto celebraba la vuelta. Era tan firme su deseo de volver que ni el almanaque, ni las decepciones lo hicieron dudar.  No hizo mella en su fe la muerte de Mas Canosa, ni el regreso de Elián, ni el diagnóstico que le hiciera el oncólogo, cuando hace un par de años, en una revisión de rutina, apareció el cáncer.
 
Ante los golpes de la quimioterapia Mayito conservó su serena alegría y el deseo de volver a su pueblo, al menos, para morir allí. Era un hombre delgado, casi endeble, no fundó empresas, ni escribió libros, hubiera pasado inadvertido por esta vida de no haber sido tan buen padre y esposo; servicial al extremo con los amigos. Tenía la gracia de  aparecer en el momento preciso, siempre dispuesto a resolver esas pequeñas cosas que se agradecen.
 
Lo único en esta vida que no previó Mayito Meneses fue su muerte en Miami, estaba convencido que moriría en Cuba, que su descanso estaba asegurado en el panteón de la familia, que el velorio sería en la sala de aquella casa grande donde vivieron sus predecesores y donde vive todavía un sobrino suyo. Una casa de espacioso portal para recibir  a la familia y los amigos en postrera visita.
 
Ese fue acaso el único imprevisto de Mayito en esta vida, pero los suyos, aunque eran deudores de su sentido práctico ante las cosas no se atrevieron a recordarle, en modo alguno, que también existía la “previsión” de no morir en Cuba.

 

 

 

1 de agosto de 2013

Sobre “Lo que se ha salvado del olvido” un libro de Juan Cueto-Roig


El olvido es una forma de supervivencia, un mecanismo de defensa que nos ayuda a vivir. Sin la capacidad de olvidar, moriríamos. El escritor Juan Cueto-Roig explora en este libro esa zona de la existencia que pervive entre el olvido y la memoria. Quizás el autor necesitaba ese regreso porque como diría el gran filósofo Ortega y Gasset “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.

Lo que se ha salvado del olvido, reúne una secuencia de estampas y poemas donde no sobran ni faltan palabras; pero es, en su unidad, un relato de introspección, de búsqueda, de preguntas acendradas en el valor de un sufrimiento que a todas luces no ha sido estéril.

La lectura de esta obra me ha dejado una honda impresión, es por eso que me animo a expresar el buen sabor que ha dejado en mi espíritu su lectura. No hay espacio para la frivolidad en este libro, de elegancia labrada en el fuego. Ni reproche lastimero, ni autocompasión. Este retrato de familia, marcado por la orfandad, no es en modo alguno un ajuste de cuentas con la vida, aunque se dibuje con firmeza lo feo, lo egoísta, lo agónico de unos personajes y una época que nos hablan de una humanidad que es también la nuestra.

El autor, que en todo momento intenta ser fiel a los recuerdos y sensaciones de su niñez, nos brinda, de este modo, una singular perspectiva de la sociedad y la Iglesia Católica cubana en los años cuarenta y cincuenta. Una etapa que ha sido falsificada de un modo sistemático por la historia oficial del castrismo, y edulcorada, con singular tenacidad, por la dura experiencia de este largo exilio.

Desde su coherencia, el testimonio de Cueto-Roig responde a muchas preguntas que nos hacemos los que no vivimos en aquellos años de particular importancia en la historia de la nación cubana. Lo que se ha salvado del olvido nos sitúa ante esa verdad que sólo consigue el que ha sido capaz de buscar en lo hondo de la conciencia, con el auxilio de una formación rigurosa y una amplia cultura.

Agradezco a Juan Cueto-Roig este regalo, ético y estético, que es Lo que se ha salvado del olvidoy a la Editorial Silueta por el acierto de publicarlo. Un libro vivo como un árbol, “el gran árbol del patio, el mismo árbol.

10 de junio de 2013

Para los que persisten en la muela de una “oposición leal”


Para los que persisten en la muela de hacer una “oposición leal” a los delincuentes que gobiernan en Cuba. Esta vez las consideraciones vienen de un intelectual marxista, profundo conocedor de la materia: http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/oposicion-leal-284695

28 de mayo de 2013

Espacio Laical y su posible sendero

Hace unos días la revista Espacio Laical volvió a ser noticia. Su editorial “Senderos que se bifurcan” ha provocado serios cuestionamientos a la Iglesia católica en Cuba. Aunque afortunadamente Espacio Laical ya no representa al Consejo de Laicos de la Arquidiócesis de La Habana, conserva, por el momento, su naturaleza de obra eclesial privada; este estatuto, que la ampara institucionalmente, y la proyección internacional que ha conseguido, hacen que la revista sea percibida como una voz oficial de la Iglesia.
 
Antes de continuar con mis consideraciones preferiría hacer un repaso de las ideas que los actuales editores de Espacio Laical han expresado, con frecuencia, durante los últimos años:
 
• Que es necesario renovar un supuesto Pacto Social que se suscribió entre los ciudadanos y la breve Revolución devenida prontamente en tiranía.
 
• Que es necesario impedir el derrocamiento de esa tiranía y confiar en ella, porque los principales causantes de nuestros gravísimos males económicos y sociales, los mismos que han negado sistemáticamente las libertades y protagonizado todo tipo de violación a nuestros derechos, serán los que conduzcan a Cuba por la senda de la prosperidad y la democracia.
 
• Que nuestras circunstancias pueden haber justificado y justificar aún la existencia de un Partido Único, sugiriendo el supuesto de que puede haber democracia a partir de un partido único o que el partido único puede representar a la mayoría de la nación.
 
• Que de los demócratas cubanos en la oposición no surgen propuestas viables para el reencauzamiento democrático de la sociedad cubana de un modo pacífico.
 
• Que la mayoría de la población cubana prefiere una solución “de izquierdas”.
 
A este resumen de ideas, que constituyen la columna vertebral de la revista, habría que agregar las reflexiones de su editorial más reciente, el ya mencionado “Senderos que se bifurcan”. Un editorial que en conciencia me obliga a sugerir algunas preguntas.
 
¿Por qué una publicación católica va más allá de la condena al Embargo, que ha realizado la Iglesia cubana durante estos años, y se presta a culpabilizar a los demócratas de la oposición que apoyan dicho Embargo? ¿Por qué se presta Espacio Laical al juego de aquellos que se empeñan en convertir la adhesión o el rechazo al Embargo en la vara de medir el patriotismo? ¿Es la actitud de Espacio Laical un camino para la reconciliación?
 
Creo que los editores de Espacio Laical debían meditar sobre sus posiciones, porque a muchas de sus ideas las pone en entredicho la realidad y otras no se corresponden con lo que enseña la misma Iglesia en la Doctrina Social Cristiana.
 
Pienso, con todo respeto, que los contenidos y el lenguaje que manejan los editores de Espacio Laical son apropiados y quizás legítimos en un proyecto sociopolítico, pero no en un proyecto eclesial. Es por eso que me atrevo a animarlos a que tomen otro sendero, salgan del marco institucional de la Iglesia y se establezcan en el ámbito propio de la sociedad civil y de la política. Un ámbito donde no dañen a la Iglesia con sus controvertidas opiniones, ni la comprometan innecesariamente en unos afanes que no la representan. Un ámbito, además, donde se les pueda someter al escrutinio y a la crítica, sin que se pueda mostrar esa crítica como un ataque a la Iglesia en Cuba.
 
Por otra parte, me atrevo a mencionar que si la Iglesia quiere ser espacio de encuentro y de reconciliación en su sentido más pleno debe velar por que las palabras pronunciadas en su nombre sean esencialmente reconciliadoras y de este modo evitar el lenguaje que señala enemigos y denuncia conspiraciones, que culpabiliza y separa. Los que hablan a nombre de la Iglesia debían abstenerse de establecer parámetros definitorios sobre qué cubanos están o no cualificados para participar en ese proyecto de Nación democrática y soberana al que nos sentimos convocados muchos en la Isla y en el Destierro. Si la Iglesia siente que es su deber propiciar ese espacio y consciente de sus límites asume tener fuerzas para hacerlo, debe ser cuidadosa al escoger las personas que atenderán ese espacio y emitirán los mensajes a nombre de tan noble y urgente propósito, porque de la transparencia de estas personas, de su delicadeza y mesura, puede depender el éxito o el fracaso.
 
En este orden de cosas creo preciso tener en cuenta las palabras de Dagoberto Valdés, cuando afirma que la Homilía de Su Santidad Benedicto XVI en la Plaza Antonio Maceo contiene “una exhortación para que la Iglesia cubana sea fiel a Jesucristo, refleje su verdadero rostro y no le tema a la cruz de su Señor. Colaboración y confianza no pueden existir a cualquier costo. No se puede dejar de ser algo de la esencia de lo que se es para no rozar a los diferentes. La sociedad y la Iglesia no pueden excluir parte de su mensaje, o una parte de las personas que la forman, por ser diferentes, para con ello lograr complacer o dialogar, confiar o colaborar con la otra parte de esa misma sociedad y de esa Iglesia. La confianza y la colaboración es con todas las partes o no son ni colaboración ni confianza creíbles. Lo que está en juego es la autenticidad y la credibilidad de todas las partes”.
 
Es mucho lo que está en juego y numerosas son las expectativas que se crean con cada actuación de la Iglesia. Es cierto que la normalidad democrática que Cuba necesita precisa de muchos pasos y el primero de los pasos no puede ser el último, pero en todos los pasos de la Iglesia debe haber absoluta magnanimidad, porque está llamada a ser “Madre de todos” y caminar los senderos de la historia con la luz de Cristo.

Centro Emmanuel Mounier

http://centromounier.com/

12 de noviembre de 2012

(13)


En lo social ninguna transformación debe hacerse mediante el sistema de dictaduras, sean proletarias o fascistas, o bien de grupos privilegiados, sino mediante métodos libres.
Orestes Ferrara (Memorias)

(12)


“No creo que los políticos sean más corrompidos que los no políticos. Ni los apolíticos son vírgenes virtuosos ni los opuestos, pútridos viciosos. La pasta humana es igual en unos y otros. Las simplificaciones generalizadoras ofenden a la  lógica y a la experiencia. Las acusaciones frecuentes contra los hombres públicos casi siempre provienen de señorones muy privados que son cómplices de los aurigas de la vida pública. Cuando alguien se vende es porque alguien lo compra. El mercado ético también tiene su oferta y demanda donde los intereses públicos se vuelven secretos, en cualquier república bananera o huérfana de plátanos.”

José Ignacio Rasco “Huellas de mi cubanía”

(11)


“Mi deber pastoral y mi preocupación de cubano, me hacen sentir el imperativo de indicar un aspecto fundamental de toda construcción o reconstrucción, sea de la nación, de los grupos o partidos, o de la vida personal: este es la dimensión moral de toda empresa humana.”

“Una palabra más fuerte. Los escritos de Monseñor Agustín Román”  (ed. Julio Estorino)