Cuba Plural
El blog de Eduardo Mesa
22 de mayo de 2013
21 de mayo de 2013
14 de noviembre de 2012
12 de noviembre de 2012
(13)
En lo social ninguna transformación debe hacerse mediante el sistema de
dictaduras, sean proletarias o fascistas, o bien de grupos privilegiados, sino
mediante métodos libres.
Orestes Ferrara (Memorias)
(12)
“No creo que los
políticos sean más corrompidos que los no políticos. Ni los apolíticos son
vírgenes virtuosos ni los opuestos, pútridos viciosos. La pasta humana es igual
en unos y otros. Las simplificaciones generalizadoras ofenden a la lógica y a la experiencia. Las acusaciones
frecuentes contra los hombres públicos casi siempre provienen de señorones muy
privados que son cómplices de los aurigas de la vida pública. Cuando alguien se
vende es porque alguien lo compra. El mercado ético también tiene su oferta y
demanda donde los intereses públicos se vuelven secretos, en cualquier
república bananera o huérfana de plátanos.”
José Ignacio
Rasco “Huellas de mi cubanía”
(11)
“Mi deber
pastoral y mi preocupación de cubano, me hacen sentir el imperativo de indicar
un aspecto fundamental de toda construcción o reconstrucción, sea de la nación,
de los grupos o partidos, o de la vida personal: este es la dimensión moral de
toda empresa humana.”
“Una palabra más
fuerte. Los escritos de Monseñor Agustín Román”
(ed. Julio Estorino)
5 de noviembre de 2012
(10)
La América Latina, tierra fértil y ambiente propicio a las inversiones, por
culpa de estos juegos de dar y quitar que dicta la pasión del abuso, a veces ha
obligado al capitalista honrado a retirarse de su suelo, dejando solo al especulador
que liquida rápidas ganancias en juegos malabares.
Orestes Ferrara (Memorias)
(9)
El principio de no intervención en sentido absoluto, me ha venido después a probar
que aumenta el número de dictadores, deja manos libres a las turbas ignorantes
y agresivas, momentáneamente mayoritarias, y permite que todas las infamias se perpetúen
haciendo víctimas a los mejores, y victimarios impunes a los facciosos.
Orestes Ferrara (Memorias)
31 de octubre de 2012
Como un manantial
por Eduardo Mesa
El periodista Julio Estorino ha compilado los escritos de Mons. Agustín Román. “Una palabra más fuerte” es el título de esta obra que recoge una parte significativa de la obra escrita por este santo obispo. El autor nos confiesa que el orden cronológico de los escritos se debió a la imposibilidad de ordenarlos por temas específicos, pues no se puede separar el amor a Cuba y el amor a la Iglesia en los textos de Mons. Román.
“Una palabra más fuerte”, publicado bajo el sello de Ediciones Universal, constituye un regalo para los fieles de la Arquidiócesis de Miami y muy en particular para los cubanos. La vida de Mons. Román ha dejado honda huella en esta comunidad, pero es poco conocida para los cubanos que habitan en la Isla. Creo que el primer acierto de este libro es que permitirá a nuestros compatriotas más jóvenes asomarse a los desvelos de este pastor por el bien de los cubanos en cualquier parte del mundo.
Los que lean estas páginas comprenderán que el corazón de Mons. Román nunca se fue de Cuba, que sus manos trabajaron con ahínco por la reconciliación, que su vida convidaba a la virtud porque él procuró una vida virtuosa, cultivada en la excelencia del espíritu. Los que lean con atención este libro descubrirán que este hombre no perdió nunca a Cristo de vista porque veía al Señor en el rostro sufriente de sus hermanos y estaba listo a compartir la cruz. Este era el talante del sacerdote que confortó a las víctimas del castrismo en todas las épocas, del obispo que defendió los derechos del preso común que llegó por el Mariel en una sucia jugada del tirano, del párroco que acogió a los balseros y al “sin papeles” de cualquier nación.
Los escritos de Mons. Román reflejan su vocación por la justicia, un compromiso sostenido en la búsqueda de la Verdad y en la práctica de la misericordia, por eso no es posible encasillar su pensamiento en los intereses particulares de grupo alguno. Su voz profética nos pone en la presencia de una Verdad que nos cuestiona a todos por igual, que nos incita a ser personas auténticas y a ejercitar esa fraternidad que tanto necesitamos para alcanzar la unidad. Una unidad en el amor a Cuba que él creía posible, sin renunciar a la diversidad que es innata a cualquier grupo humano.
No tuve la dicha de ser amigo de amigo de Mons. Román, no coincidimos en el tiempo y en las experiencias comunes que hermanan a los hombres; esto no evitaba que su estampa me resultara familiar y que en mis visitas a la Ermita de la Caridad, al escuchar su prédica, saliera esperanzado; era un hombre de Dios y Dios habla con meridiana claridad a través de los hombres como Agustín Román.
Pocos días antes de su muerte bendijo a mis hijos. Mi esposa, que tiene una fe infinitamente mayor que la mía, no quiso que nos fuéramos sin que Mons. Román bendijera a nuestra familia. Ese día lo tengo grabado de forma indeleble en mi memoria.
Quiero terminar este comentario agradeciendo al periodista Julio Estorino por este regalo, no siempre he coincidido con sus juicios pero respeto su rigor, admiro su prosa, su raigal cubanía y su amor a la Iglesia. Guardaré este tesoro que Estorino me ha dado, este libro, de cuidada edición, que es como un manantial.
Les recomiendo a todos su lectura y de un modo especial a los compatriotas más jóvenes, dondequiera que vivan; ellos tienen en sus manos nuevas el futuro de la Iglesia y de la Patria, dos amores, que como bien dice el editor de este libro, son imposibles de separar en la vida y en la obra de Mons. Agustín Román, santo obispo, pastor perseverante en el largo exilio.
El periodista Julio Estorino ha compilado los escritos de Mons. Agustín Román. “Una palabra más fuerte” es el título de esta obra que recoge una parte significativa de la obra escrita por este santo obispo. El autor nos confiesa que el orden cronológico de los escritos se debió a la imposibilidad de ordenarlos por temas específicos, pues no se puede separar el amor a Cuba y el amor a la Iglesia en los textos de Mons. Román.
“Una palabra más fuerte”, publicado bajo el sello de Ediciones Universal, constituye un regalo para los fieles de la Arquidiócesis de Miami y muy en particular para los cubanos. La vida de Mons. Román ha dejado honda huella en esta comunidad, pero es poco conocida para los cubanos que habitan en la Isla. Creo que el primer acierto de este libro es que permitirá a nuestros compatriotas más jóvenes asomarse a los desvelos de este pastor por el bien de los cubanos en cualquier parte del mundo.
Los que lean estas páginas comprenderán que el corazón de Mons. Román nunca se fue de Cuba, que sus manos trabajaron con ahínco por la reconciliación, que su vida convidaba a la virtud porque él procuró una vida virtuosa, cultivada en la excelencia del espíritu. Los que lean con atención este libro descubrirán que este hombre no perdió nunca a Cristo de vista porque veía al Señor en el rostro sufriente de sus hermanos y estaba listo a compartir la cruz. Este era el talante del sacerdote que confortó a las víctimas del castrismo en todas las épocas, del obispo que defendió los derechos del preso común que llegó por el Mariel en una sucia jugada del tirano, del párroco que acogió a los balseros y al “sin papeles” de cualquier nación.
Los escritos de Mons. Román reflejan su vocación por la justicia, un compromiso sostenido en la búsqueda de la Verdad y en la práctica de la misericordia, por eso no es posible encasillar su pensamiento en los intereses particulares de grupo alguno. Su voz profética nos pone en la presencia de una Verdad que nos cuestiona a todos por igual, que nos incita a ser personas auténticas y a ejercitar esa fraternidad que tanto necesitamos para alcanzar la unidad. Una unidad en el amor a Cuba que él creía posible, sin renunciar a la diversidad que es innata a cualquier grupo humano.
No tuve la dicha de ser amigo de amigo de Mons. Román, no coincidimos en el tiempo y en las experiencias comunes que hermanan a los hombres; esto no evitaba que su estampa me resultara familiar y que en mis visitas a la Ermita de la Caridad, al escuchar su prédica, saliera esperanzado; era un hombre de Dios y Dios habla con meridiana claridad a través de los hombres como Agustín Román.
Pocos días antes de su muerte bendijo a mis hijos. Mi esposa, que tiene una fe infinitamente mayor que la mía, no quiso que nos fuéramos sin que Mons. Román bendijera a nuestra familia. Ese día lo tengo grabado de forma indeleble en mi memoria.
Quiero terminar este comentario agradeciendo al periodista Julio Estorino por este regalo, no siempre he coincidido con sus juicios pero respeto su rigor, admiro su prosa, su raigal cubanía y su amor a la Iglesia. Guardaré este tesoro que Estorino me ha dado, este libro, de cuidada edición, que es como un manantial.
Les recomiendo a todos su lectura y de un modo especial a los compatriotas más jóvenes, dondequiera que vivan; ellos tienen en sus manos nuevas el futuro de la Iglesia y de la Patria, dos amores, que como bien dice el editor de este libro, son imposibles de separar en la vida y en la obra de Mons. Agustín Román, santo obispo, pastor perseverante en el largo exilio.
12 de octubre de 2012
9 de octubre de 2012
3 de octubre de 2012
Crónica de Septiembre
por Eduardo Mesa
Ha muerto en España el dirigente comunista
Santiago Carrillo a la edad de 93 años. En sus apariciones públicas lucía como
un abuelo bonachón o el típico viejete divertido que se bebe una caña en un bar
de Madrid. A pesar de su imagen, mimada por los unos y los otros, el simple hecho de ver a Santiago Carrillo en el televisor
me provocaba cierta inquietud.
Puede decirse a su favor que fue un
sinvergüenza pragmático, en esa transición que asombró al mundo ahorró la
sangre de los suyos y la de todos. No lo hizo por bondad, pero el sentido común es algo bueno a pesar
de nosotros y Santiago Carrillo garantizó la supervivencia del PCE en la
democracia que se avecinaba. Dicho sea de
paso, también logró que se pasaran por alto sus innumerables deudas con la
justicia. Gracias a muchas voluntades que se movieron en el sentido correcto llegaron
tiempos mejores para España y el mal humor del comunismo se disolvió en el
estado de bienestar. “Los Rojos” ahora
son una secta condenada a encontrar una identidad nueva, con el inconveniente
de que la maldad no puede deshacerse de sí misma.
Con Santiago Carrillo muere el último
estandarte del comunismo internacional, el camarada de la vieja guardia leal a
Moscú, el penúltimo cacharro de la
Guerra Fría. Le sobreviven el heterodoxo camarada Fidel y su hermano Raúl, definición
que en la práctica resulta una entidad.
Hoy, cuando algunos malgastan los recursos de
la Iglesia Católica en publicar debates sobre el “pasado, presente y futuro de la Revolución”,
yo me pregunto por qué recordaremos a
Fidel y a Raúl, por qué recordaremos a esa pesadilla que a falta de otro
denominador común continuamos llamando Revolución. Busco en cualquier etapa de
este largo camino algún bien por el Bien y sólo encuentro el mal, profundo y
sistemático, que han hecho a la nación en cada uno de nosotros.
Quizás lo único bueno que nos depare la
Revolución es la certeza de que ha sido un mal. Como el olvido es una forma de sobrevivir,
un día venturoso será arrinconada en la
memoria colectiva que identifica y rechaza cualquier subversión o revolucionario de
oficio. Fidel y Raúl, que no tuvieron un
ápice de compasión con su pueblo, que no
intentaron el bien común ni siquiera como estrategia de supervivencia, compartirán
este destino de olvido que recuerda.
A diferencia de un personaje como Carrillo, Fidel
y Raúl no contribuirán a una transición
que asombre al mundo. Ellos tratan la
historia como si esta les perteneciera y en componenda con sus herederos y sus
cómplices eternizan el tira y afloja represivo
sin dar espacio alguno a la posibilidad de un cambio auténtico.
Los españoles consiguieron superar su pasado
desde la concordia; a nosotros el castrismo, con su ejercicio de cinismo
constante, nos va acercando a la posibilidad de que la solución se vislumbre en
el camino de la violencia. Con frivolidad “Mariegénica’ se burlan de nuestros compatriotas en la Isla
y de todos los cubanos, olvidan que ninguna policía política ha logrado
conjurar del todo la hora del cansancio final, peligroso preámbulo de la ira y
de la muerte.
Ha fallecido Santiago Carrillo en este mes de
Septiembre, que otros lloren su muerte, ojalá haya dispuesto con tiempo
suficiente su conciencia ante Dios, si es que creía en Él.
De Fidel, Raúl, herederos y cómplices aún no sabemos el final, a estas
alturas es bastante improbable que se conduzcan con generosidad. Cuando el mundo conozca la magnitud de sus
crímenes conseguirán que la humanidad sienta por ellos un hondo asco moral,
para muchos cubanos no es necesario que les llegue el fin, ese asco por lo que
representan lo sentimos ya.
1 de septiembre de 2012
Sobre “Doce mensajes a Hércules” una novela de Elvira de las Casas
Me leí de un tirón la más reciente entrega de
la Editorial Silueta, una novela titulada “Doce mensajes a Hércules” de la
escritora cubana Elvira de las Casas. En
su lectura me parecía que alguna vez estuve en Hormiguero del Campo, que me atendió
del sarampión el Dr. Mendoza o me curó el mal de ojo la Sra. Leonor, esposa del funerario. Del mismo modo, sentí el gusto de pelear a las órdenes del comandante Cabargas y me he sentido orgulloso de
la gente que dibuja con trazo firme la autora. Al terminar de leer el libro y escribir estas líneas
me ha costado cumplir con el precepto, en la niñez aprendido, de que no deben llorar los hombres.
Elvira de las Casas nos regala una novela
llena de vida y nos acerca a un doloroso pasado, aún reciente, que la historia oficial ha falsificado sin el
menor pudor. Esta novela nos cuenta la resistencia de un pueblo a ese proyecto
de envilecimiento colectivo que conocemos como Revolución cubana. Uno de los valores
de este relato radica en la verosimilitud
de su épica, en el parto de unos personajes
que nos contagian su ética y sus valores desde lo cotidiano de sus vidas, sin
aspaviento literario, ni panfleto alguno.
En la novela “Doce mensajes a Hércules” se reivindica a las víctimas del Escambray,
aquellos hombres y mujeres que se rebelaron al castro comunismo asumiendo la lucha
armada con el apoyo de sus familiares y amigos. Un esfuerzo bélico que fue
derrotado en una lucha desigual, donde no hubo escrúpulos en los métodos empleados
por los vencedores, ni piedad con los vencidos. Es esta, sin lugar a dudas, una
de las páginas más oscuras y dramáticas de nuestra historia, una etapa que quizás
por su cercanía no había trascendido a nuestra literatura con el peso debido.
Esta reivindicación literaria de los héroes poco
conocidos y en gran medida anónimos del Escambray consuma los esfuerzos de tantísimos
cubanos que han atesorado durante décadas
los testimonios de su lucha con la esperanza, a veces incierta, de que un día serán
escuchados.Más allá de la justicia que se pueda conseguir en los tribunales de una Cuba democrática existe la necesidad imperiosa de poner las cosas en su sitio: los hombres y mujeres que se alzaron contra la tiranía en el Escambray y otras regiones del país no eran bandidos. Lucharon, la mayoría de ellos, por un ideal de justicia y unos valores que aún permanecen secuestrados por los que gobiernan en Cuba.
Más temprano que tarde esta novela se leerá libremente en nuestra Patria. Como arte verdadero contribuirá al mejoramiento humano. “La verdad nos hará libres” dice el Evangelio y también la bondad y la belleza, todo eso transmite la novela titulada “Doce mensajes a Hércules”.
26 de agosto de 2012
23 de agosto de 2012
17 de agosto de 2012
28 de julio de 2012
En memoria de Oswaldo Payá Sardiñas
por Eduardo Mesa
Oswaldo fue uno de los que se resistió a un excesivo “aggiornamento” que se propuso en el ENEC, porque hay hombres que saben dónde está la verdad y permanecen aferrados a ella. Los entusiastas de este excesivo “aggiornamento” eran en general buenas personas, muchos de ellos amigos comunes, que con el paso del tiempo renunciaron a ese espejismo de hallar puntos de encuentro entre la Iglesia y la Revolución. Es justo recordar que esto sucedió en un contexto de “socialismo real” que se presumía eterno, como es justo honrar a los que no olvidaron en esas circunstancias tan difíciles el viejo refrán que dice: “de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno”.
Oswaldo supo articular un movimiento nacional en una época en la que el castrismo ya había aniquilado cualquier vestigio de resistencia organizada, me consta la amplia simpatía que sentían por él en todas las diócesis además de La Habana. En las Jornadas Sociales en las que participé la palabra de Oswaldo era escuchada con beneplácito y respeto. Nunca utilizó estos eventos como tribuna para los proyectos del Movimiento Cristiano Liberación, para Oswaldo la Iglesia era un lugar sagrado. Por eso me pareció un gravísimo error que no se le invitara a la última Jornada Social, de la que se excluyó también a Dagoberto Valdés, fundador de las mismas. Me parece oportuno recordar a los organizadores de estos eventos que en el caso de Dagoberto todavía se puede enmendar el error.
Debo reconocer que soy
un tanto ingenuo, siempre pensé que no matarían a Oswaldo, pensé que no se
atreverían con su entereza, con su gigante estatura moral. No tengo duda alguna
de que lo mataron, si al final de esa tiranía se descubre que fue un accidente
pediré perdón por este post, pero sólo al final, cuando se abran los archivos
de la ignominia y me desmientan.
Payá era un líder que
entusiasmó a los jóvenes católicos de mi generación, recuerdo que se hablaba
entre susurros de algunos hombres que a finales de los ochenta reimpulsaron el compromiso
cívico de los católicos cubanos: Santiago Cárdenas y Oswaldo Payá eran los
nombres que más se mencionaban, nombres
que provocaban nuestra admiración y respeto.Oswaldo fue uno de los que se resistió a un excesivo “aggiornamento” que se propuso en el ENEC, porque hay hombres que saben dónde está la verdad y permanecen aferrados a ella. Los entusiastas de este excesivo “aggiornamento” eran en general buenas personas, muchos de ellos amigos comunes, que con el paso del tiempo renunciaron a ese espejismo de hallar puntos de encuentro entre la Iglesia y la Revolución. Es justo recordar que esto sucedió en un contexto de “socialismo real” que se presumía eterno, como es justo honrar a los que no olvidaron en esas circunstancias tan difíciles el viejo refrán que dice: “de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno”.
Oswaldo supo articular un movimiento nacional en una época en la que el castrismo ya había aniquilado cualquier vestigio de resistencia organizada, me consta la amplia simpatía que sentían por él en todas las diócesis además de La Habana. En las Jornadas Sociales en las que participé la palabra de Oswaldo era escuchada con beneplácito y respeto. Nunca utilizó estos eventos como tribuna para los proyectos del Movimiento Cristiano Liberación, para Oswaldo la Iglesia era un lugar sagrado. Por eso me pareció un gravísimo error que no se le invitara a la última Jornada Social, de la que se excluyó también a Dagoberto Valdés, fundador de las mismas. Me parece oportuno recordar a los organizadores de estos eventos que en el caso de Dagoberto todavía se puede enmendar el error.
Oswaldo Payá Sardiñas
fue un laico católico que buscó la Libertad para Cuba desde una ética cristiana,
desde esa perspectiva coordinó esfuerzos, concibió proyectos, estrategias,
propuestas, en una reflexión y acción
constante por el bien general de la Patria. Combinó este quehacer con la fundación de una hermosa familia
en un país donde esto es singularmente difícil.
Oswaldo Payá Sardiñas amó a su Iglesia y nunca la utilizó, porque
como he dicho antes para él la Iglesia era un lugar sagrado. Con esta reiteración
termino mi pequeño tributo a un hombre grande, no vaya a ser que me gane el
enojo y diga, lo que no debo decir, en este homenaje.
No tengamos la tentación
de exclamar “pobre Payá”, porque Payá ha cumplido de un modo ejemplar la obra
de la vida. “Bienaventurados los perseguidos por causa de la Justicia, porque
de ellos es el Reino de los Cielos.”
16 de julio de 2012
24 de junio de 2012
22 de junio de 2012
¿Qué nos dice el Papa a los cubanos del destierro? (1)
por Eduardo Mesa
Este trabajo, en su versión original, fue presentado en un panel auspiciado por el Comité Organizador de las Semanas Sociales de la Arquidiócesis de Miami, que tuvo lugar en St Brendan Catholic Church el 26 de mayo de 2012. El tema del panel era analizar los “Retos de la visita Papal a Cuba”. En aras de ese objetivo se formularon las siguientes consideraciones que ahora comparto. (1)
Y dijo el Papa:
“Vengo a Cuba como peregrino de la caridad, para confirmar a mis hermanos en la fe y alentarles en la esperanza, que nace de la presencia del amor de Dios en nuestras vidas. Llevo en mi corazón las justas aspiraciones y legítimos deseos de todos los cubanos, donde quiera que se encuentren, sus sufrimientos y alegrías, sus preocupaciones y anhelos más nobles.” (Benedicto XVI, Ceremonia de bienvenida)
Estas palabras del Santo Padre y el discurso de bienvenida pronunciado por el Arzobispo de Santiago de Cuba, Mons. Dionisio García Ibáñez no dejan lugar a dudas de que el mensaje magisterial no estaba dirigido de un modo exclusivo a los cubanos de la Isla. En este contexto resulta muy significativa la peregrinación realizada por cubanos de Miami, así como la misa oficiada por nuestro arzobispo Mons. Tomas Wenski en la Catedral de La Habana para estos peregrinos y los feligreses de la Catedral.
El propósito inclusivo, evidente en la peregrinación del Santo Padre por el cuatrocientos aniversario del hallazgo de la bendita imagen de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, me anima a señalar los siguientes aspectos o desafíos:
I-El ejercicio de la solidaridad
II-El cultivo de la espiritualidad
III-El camino de la comunión
El
ejercicio de la solidaridad
Muchas veces me pregunto si soy suficientemente solidario con mi familia y mis hermanos de la Isla. Mas allá del tema del Embargo, que es un asunto donde casi siempre nos empantanamos, prefiero hablar de una solidaridad para el cambio que también puede ser asumida por muchas personas que creen en la factibilidad del Embargo.
Una solidaridad para el cambio, que en la perspectiva de la Iglesia, supera al simple cambio de los poderes establecidos, porque la Iglesia cree en la posibilidad de un cambio más profundo.
¿Nos hemos planteado en el ámbito de la Iglesia, de otras denominaciones cristianas y de la sociedad civil de esta ciudad de Miami la posibilidad de ofrecer a los cubanos que viajan a la Isla una debida formación cívica que los disponga a convertirse en eficaces motivadores del cambio? Es verdad que este desafío supera las posibilidades de estos actores por separado, ¿pero entre todos no se pudiera realizar algún esfuerzo en este sentido?
No tenemos que esperar a que Cuba sea libre para plantearnos el tema de la solidaridad, Cuba llega aquí todos los días. El futuro de la Iglesia en Miami y el futuro de esta comunidad no van a ser ajeno al tipo de acogida y evangelización que seamos capaces de ofrecer a esos compatriotas. Estas personas que tienen una peculiar experiencia de Fe y de Patria son hermanos nuestros y constituyen un sector numeroso y en gran medida desconocido, un sector que tiene y tendrá una creciente influencia en nuestro destino como Nación.
En lo personal me niego a propiciar la desesperación como camino para el cambio. Creo en el camino de la solidaridad y la Esperanza, porque en la Esperanza el hombre sueña su futuro, sienta con sus actos la base de este y abandona el miedo para el bien.
Queridos amigos,
estoy convencido de que Cuba, en este momento especialmente importante de su
historia, está mirando ya al mañana, y para ello se esfuerza por renovar y
ensanchar sus horizontes, a lo que cooperará ese inmenso patrimonio de valores
espirituales y morales que han ido conformando su identidad más genuina, y que
se encuentran esculpidos en la obra y la vida de muchos insignes padres de la
patria, como el beato José Olallo y Valdés, el siervo de Dios Félix Varela o el
prócer José Martí. La Iglesia, por su parte, ha sabido contribuir
diligentemente al cultivo de esos valores mediante su generosa y abnegada
misión pastoral, y renueva sus propósitos de seguir trabajando sin descanso por
servir mejor a todos los cubanos. (Benedicto XVI, Ceremonia de Bienvenida)
Caminemos a la luz de Cristo, que es el que puede destruir la tiniebla del error. Supliquémosle que, con el valor y la reciedumbre de los santos, lleguemos a dar una respuesta libre, generosa y coherente a Dios, sin miedos ni rencores. (Benedicto XVI Misa de La Habana)
Algo que he venido observando, tanto en mi participación en la Iglesia como en el ámbito de la sociedad civil, es que los cubanos no valoramos suficientemente las cuestiones del espíritu. En mi humilde opinión seguimos arrastrando esa limitación que nos señalaba Jorge Mañach en su “Indagación del Choteo” al señalar que “Por modo general pudiera decirse que el choteo ha tendido a infundir en nuestro pueblo el miedo a todas las formas nobles de distinción –el miedo a ser “demasiado” intelectual, demasiado espiritual, demasiado cortés y hasta demasiado sensato o elegante.”
No sé si hemos superado el miedo a ser demasiado intelectuales, corteses, sensatos o elegantes, ese sería otro tema.
Pero de lo que sí estoy convencido es que no hemos perdido el miedo a ser demasiado espirituales. De quien se presenta como alguien espiritual casi siempre pensamos “este quiere hacerse el espiritual ”.
Esto no es asunto menor.
Para alcanzar “el valor y la reciedumbre de los santos” que nos permita responder a Dios de un modo coherente y generoso, necesitamos una vida espiritual y una mística. En este esfuerzo necesitamos redescubrir a nuestros santos, a Varela, a Olallo, a López Piteira y a muchos otros que hemos tenido el privilegio de conocer personalmente. Redescubrir en ellos no sólo sus virtudes heroicas y sus obras sino Aquello que los llevó a vivir de esa manera.
Quizás debíamos preguntarnos por qué los primeros beatos cubanos en el camino a los altares han sido precisamente los dos últimos, que no se distinguieron por realizar grandes cosas. Dios pone ante nosotros el ejemplo de Varela, pero también el de estos dos hombres sencillos que confiaron en Dios.
No en balde el eje central de esta visita pastoral es la celebración del cuatrocientos aniversario del hallazgo de la bendita imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre. El Papa no pierde la ocasión de ahondar en el Misterio de la Encarnación, en el “sí’ sin reservas de María a la voluntad del Padre.
“Sólo cuando la Virgen respondió al ángel, «aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), a partir de ese momento el Verbo eterno del Padre comenzó su existencia humana en el tiempo. Resulta conmovedor ver cómo Dios no sólo respeta la libertad humana, sino que parece necesitarla. Y vemos también cómo el comienzo de la existencia terrena del Hijo de Dios está marcado por un doble «sí» a la voluntad salvífica del Padre, el de Cristo y el de María. Esta obediencia a Dios es la que abre las puertas del mundo a la verdad, a la salvación. En efecto, Dios nos ha creado como fruto de su amor infinito, por eso vivir conforme a su voluntad es el camino para encontrar nuestra genuina identidad, la verdad de nuestro ser, mientras que apartarse de Dios nos aleja de nosotros mismos y nos precipita en el vacío. La obediencia en la fe es la verdadera libertad, la auténtica redención, que nos permite unirnos al amor de Jesús en su esfuerzo por conformarse a la voluntad del Padre. La redención es siempre este proceso de llevar la voluntad humana a la plena comunión con la voluntad divina (cf. Lectio divina con el clero de Roma, 18 febrero 2010). (Benedicto XVI, Misa en la Plaza Antonio Maceo de Santiago de Cuba)
Las palabras de Benedicto XVI nos invitan a estas preguntas ¿Confiamos nosotros en Dios? ¿Confiamos en la intercesión de nuestros santos y la Santísima Virgen María de la Caridad del Cobre? ¿O acaso ponemos demasiada confianza y energía en la medida de nuestros afanes, en la eficacia de nuestras estrategias?
“Queridos
hermanos, ante la mirada de la Virgen de la Caridad del Cobre, deseo hacer un
llamado para que den nuevo vigor a su fe, para que vivan de Cristo y para
Cristo, y con las armas de la paz, el perdón y la comprensión, luchen para
construir una sociedad abierta y renovada, una sociedad mejor, más digna del
hombre, que refleje más la bondad de Dios.”
Discurso de despedida en el Aeropuerto de La Habana.
El camino de la Comunión es un camino a menudo difícil, pero es el camino del cristiano. La Comunión invita a mirar lo que nos une, y desde esas cosas, a veces mínimas, que nos unen, abordar otras que nos diferencian o nos separan.
El Santo Padre nos invita a caminar en Comunión con nuestros hermanos, a estar en actitud de escucha y a expresar nuestras opiniones con respeto.
Yo creo que los cristianos cubanos en el destierro (2) debemos propiciar espacios sagrados donde podamos conocernos de un modo más profundo e intimo, lugares donde aprendamos a escucharnos. Porque si queremos propiciar cambios, nosotros también debemos cambiar y aprender a discrepar sin juzgar a priori las motivaciones ajenas.
Aquí en el destierro, donde tenemos el privilegio de la libertad a veces es imposible dialogar porque las pasiones se apoderan de nosotros con excesiva facilidad y los egos desmesurados se imponen al sentido común.
Creo que si conseguimos articular nuevos espacios sagrados de encuentro y comunión además de aumentar la participación en los que ya existen estaremos brindando un inapreciable servicio a la Nación Cubana. Una Nación que necesita, cada vez con mayor urgencia, lugares de encuentro fraterno.
El camino de la Comunión busca la unidad en la diversidad y nosotros tenemos la necesidad de buscar, (y cito las palabras del laico Dagoberto Valdés en el editorial del último número de la Revista Convivencia) “una ética de mínimos que nos acerque.” Todo esto teniendo en cuenta que el camino de la comunión es el camino a la verdad, que este camino sería falso si hiciéramos silencio sobre lo que consideramos esencial para no molestar al otro. También en este sentido resultan esclarecedoras las palabras del Santo Padre:
“Todo ser humano ha de indagar la verdad y optar por ella cuando la encuentra, aun a riesgo de afrontar sacrificios. Además, la verdad sobre el hombre es un presupuesto ineludible para alcanzar la libertad, pues en ella descubrimos los fundamentos de una ética con la que todos pueden confrontarse, y que contiene formulaciones claras y precisas sobre la vida y la muerte, los deberes y los derechos, el matrimonio, la familia y la sociedad, en definitiva, sobre la dignidad inviolable del ser humano. Este patrimonio ético es lo que puede acercar a todas las culturas, pueblos y religiones, las autoridades y los ciudadanos, y a los ciudadanos entre sí, a los creyentes en Cristo con quienes no creen en él.” (Benedicto XVI, Misa en la Plaza José Martí de La Habana)
Para concluir quiero expresar con suficiente claridad que estos tres ejes o desafíos no tendrían sentido si se agotaran en dimensiones comunitarias como Nación, Iglesia, Destierro y no tuvieran un significado profundo en lo personal. “Nadie da lo que no tiene” y de nada nos vale ser “candil de la calle y oscuridad de la casa”. De igual modo, creo que del Magisterio expresado en esta visita se pueden hacer muchas otras consideraciones, estaría más que satisfecho si esta reflexión contribuye a propiciar la indagación y el debate respetuoso sobre el Magisterio de Benedicto XVI en nuestra querida Patria.
Que la Virgen de la Caridad del Cobre nos ampare con su sagrado manto, que encontremos en su maternal cobijo el valor, la piedad y la confianza en el Dios de la Historia que tanto necesitamos.
Este trabajo, en su versión original, fue presentado en un panel auspiciado por el Comité Organizador de las Semanas Sociales de la Arquidiócesis de Miami, que tuvo lugar en St Brendan Catholic Church el 26 de mayo de 2012. El tema del panel era analizar los “Retos de la visita Papal a Cuba”. En aras de ese objetivo se formularon las siguientes consideraciones que ahora comparto. (1)
Y dijo el Papa:
“Vengo a Cuba como peregrino de la caridad, para confirmar a mis hermanos en la fe y alentarles en la esperanza, que nace de la presencia del amor de Dios en nuestras vidas. Llevo en mi corazón las justas aspiraciones y legítimos deseos de todos los cubanos, donde quiera que se encuentren, sus sufrimientos y alegrías, sus preocupaciones y anhelos más nobles.” (Benedicto XVI, Ceremonia de bienvenida)
Estas palabras del Santo Padre y el discurso de bienvenida pronunciado por el Arzobispo de Santiago de Cuba, Mons. Dionisio García Ibáñez no dejan lugar a dudas de que el mensaje magisterial no estaba dirigido de un modo exclusivo a los cubanos de la Isla. En este contexto resulta muy significativa la peregrinación realizada por cubanos de Miami, así como la misa oficiada por nuestro arzobispo Mons. Tomas Wenski en la Catedral de La Habana para estos peregrinos y los feligreses de la Catedral.
El propósito inclusivo, evidente en la peregrinación del Santo Padre por el cuatrocientos aniversario del hallazgo de la bendita imagen de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, me anima a señalar los siguientes aspectos o desafíos:
I-El ejercicio de la solidaridad
II-El cultivo de la espiritualidad
III-El camino de la comunión
El
orden establecido para esta exposición
es meramente formal y no supone la prevalencia de alguno de estos aspectos
sobre los otros.
“El camino que Cristo propone a la humanidad, y a cada
persona y pueblo en particular, en nada la coarta, antes bien, es el factor
primero y principal para su auténtico desarrollo. Que la luz del Señor, que ha
brillado con fulgor en estos días, no se apague en quienes la han acogido y
ayude a todos a estrechar la concordia y a hacer fructificar lo mejor del alma
cubana, sus valores más nobles, sobre los que es posible cimentar una sociedad
de amplios horizontes, renovada y reconciliada. Que nadie se vea impedido de
sumarse a esta apasionante tarea por la limitación de sus libertades
fundamentales, ni eximido de ella por desidia o carencia de recursos
materiales. Situación que se ve agravada cuando medidas económicas restrictivas
impuestas desde fuera del País pesan negativamente sobre la población.” (Benedicto XVI, Ceremonia de Despedida)
El arzobispo Tomas Wenski ha pedido en reiteradas ocasiones “Esperanza para
Cuba” y esta frase del arzobispo se me ha quedado grabada. Es muy difícil, por
no decir imposible, alentar cambios donde no hay esperanza y es muy difícil
alentar la esperanza sin solidaridad.Muchas veces me pregunto si soy suficientemente solidario con mi familia y mis hermanos de la Isla. Mas allá del tema del Embargo, que es un asunto donde casi siempre nos empantanamos, prefiero hablar de una solidaridad para el cambio que también puede ser asumida por muchas personas que creen en la factibilidad del Embargo.
Una solidaridad para el cambio, que en la perspectiva de la Iglesia, supera al simple cambio de los poderes establecidos, porque la Iglesia cree en la posibilidad de un cambio más profundo.
¿Nos hemos planteado en el ámbito de la Iglesia, de otras denominaciones cristianas y de la sociedad civil de esta ciudad de Miami la posibilidad de ofrecer a los cubanos que viajan a la Isla una debida formación cívica que los disponga a convertirse en eficaces motivadores del cambio? Es verdad que este desafío supera las posibilidades de estos actores por separado, ¿pero entre todos no se pudiera realizar algún esfuerzo en este sentido?
No tenemos que esperar a que Cuba sea libre para plantearnos el tema de la solidaridad, Cuba llega aquí todos los días. El futuro de la Iglesia en Miami y el futuro de esta comunidad no van a ser ajeno al tipo de acogida y evangelización que seamos capaces de ofrecer a esos compatriotas. Estas personas que tienen una peculiar experiencia de Fe y de Patria son hermanos nuestros y constituyen un sector numeroso y en gran medida desconocido, un sector que tiene y tendrá una creciente influencia en nuestro destino como Nación.
En lo personal me niego a propiciar la desesperación como camino para el cambio. Creo en el camino de la solidaridad y la Esperanza, porque en la Esperanza el hombre sueña su futuro, sienta con sus actos la base de este y abandona el miedo para el bien.
El
cultivo de la espiritualidad
Caminemos a la luz de Cristo, que es el que puede destruir la tiniebla del error. Supliquémosle que, con el valor y la reciedumbre de los santos, lleguemos a dar una respuesta libre, generosa y coherente a Dios, sin miedos ni rencores. (Benedicto XVI Misa de La Habana)
Algo que he venido observando, tanto en mi participación en la Iglesia como en el ámbito de la sociedad civil, es que los cubanos no valoramos suficientemente las cuestiones del espíritu. En mi humilde opinión seguimos arrastrando esa limitación que nos señalaba Jorge Mañach en su “Indagación del Choteo” al señalar que “Por modo general pudiera decirse que el choteo ha tendido a infundir en nuestro pueblo el miedo a todas las formas nobles de distinción –el miedo a ser “demasiado” intelectual, demasiado espiritual, demasiado cortés y hasta demasiado sensato o elegante.”
No sé si hemos superado el miedo a ser demasiado intelectuales, corteses, sensatos o elegantes, ese sería otro tema.
Pero de lo que sí estoy convencido es que no hemos perdido el miedo a ser demasiado espirituales. De quien se presenta como alguien espiritual casi siempre pensamos “este quiere hacerse el espiritual ”.
Esto no es asunto menor.
Para alcanzar “el valor y la reciedumbre de los santos” que nos permita responder a Dios de un modo coherente y generoso, necesitamos una vida espiritual y una mística. En este esfuerzo necesitamos redescubrir a nuestros santos, a Varela, a Olallo, a López Piteira y a muchos otros que hemos tenido el privilegio de conocer personalmente. Redescubrir en ellos no sólo sus virtudes heroicas y sus obras sino Aquello que los llevó a vivir de esa manera.
Quizás debíamos preguntarnos por qué los primeros beatos cubanos en el camino a los altares han sido precisamente los dos últimos, que no se distinguieron por realizar grandes cosas. Dios pone ante nosotros el ejemplo de Varela, pero también el de estos dos hombres sencillos que confiaron en Dios.
No en balde el eje central de esta visita pastoral es la celebración del cuatrocientos aniversario del hallazgo de la bendita imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre. El Papa no pierde la ocasión de ahondar en el Misterio de la Encarnación, en el “sí’ sin reservas de María a la voluntad del Padre.
“Sólo cuando la Virgen respondió al ángel, «aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), a partir de ese momento el Verbo eterno del Padre comenzó su existencia humana en el tiempo. Resulta conmovedor ver cómo Dios no sólo respeta la libertad humana, sino que parece necesitarla. Y vemos también cómo el comienzo de la existencia terrena del Hijo de Dios está marcado por un doble «sí» a la voluntad salvífica del Padre, el de Cristo y el de María. Esta obediencia a Dios es la que abre las puertas del mundo a la verdad, a la salvación. En efecto, Dios nos ha creado como fruto de su amor infinito, por eso vivir conforme a su voluntad es el camino para encontrar nuestra genuina identidad, la verdad de nuestro ser, mientras que apartarse de Dios nos aleja de nosotros mismos y nos precipita en el vacío. La obediencia en la fe es la verdadera libertad, la auténtica redención, que nos permite unirnos al amor de Jesús en su esfuerzo por conformarse a la voluntad del Padre. La redención es siempre este proceso de llevar la voluntad humana a la plena comunión con la voluntad divina (cf. Lectio divina con el clero de Roma, 18 febrero 2010). (Benedicto XVI, Misa en la Plaza Antonio Maceo de Santiago de Cuba)
Las palabras de Benedicto XVI nos invitan a estas preguntas ¿Confiamos nosotros en Dios? ¿Confiamos en la intercesión de nuestros santos y la Santísima Virgen María de la Caridad del Cobre? ¿O acaso ponemos demasiada confianza y energía en la medida de nuestros afanes, en la eficacia de nuestras estrategias?
El
camino de la comunión
El camino de la Comunión es un camino a menudo difícil, pero es el camino del cristiano. La Comunión invita a mirar lo que nos une, y desde esas cosas, a veces mínimas, que nos unen, abordar otras que nos diferencian o nos separan.
El Santo Padre nos invita a caminar en Comunión con nuestros hermanos, a estar en actitud de escucha y a expresar nuestras opiniones con respeto.
Yo creo que los cristianos cubanos en el destierro (2) debemos propiciar espacios sagrados donde podamos conocernos de un modo más profundo e intimo, lugares donde aprendamos a escucharnos. Porque si queremos propiciar cambios, nosotros también debemos cambiar y aprender a discrepar sin juzgar a priori las motivaciones ajenas.
Aquí en el destierro, donde tenemos el privilegio de la libertad a veces es imposible dialogar porque las pasiones se apoderan de nosotros con excesiva facilidad y los egos desmesurados se imponen al sentido común.
Creo que si conseguimos articular nuevos espacios sagrados de encuentro y comunión además de aumentar la participación en los que ya existen estaremos brindando un inapreciable servicio a la Nación Cubana. Una Nación que necesita, cada vez con mayor urgencia, lugares de encuentro fraterno.
El camino de la Comunión busca la unidad en la diversidad y nosotros tenemos la necesidad de buscar, (y cito las palabras del laico Dagoberto Valdés en el editorial del último número de la Revista Convivencia) “una ética de mínimos que nos acerque.” Todo esto teniendo en cuenta que el camino de la comunión es el camino a la verdad, que este camino sería falso si hiciéramos silencio sobre lo que consideramos esencial para no molestar al otro. También en este sentido resultan esclarecedoras las palabras del Santo Padre:
“Todo ser humano ha de indagar la verdad y optar por ella cuando la encuentra, aun a riesgo de afrontar sacrificios. Además, la verdad sobre el hombre es un presupuesto ineludible para alcanzar la libertad, pues en ella descubrimos los fundamentos de una ética con la que todos pueden confrontarse, y que contiene formulaciones claras y precisas sobre la vida y la muerte, los deberes y los derechos, el matrimonio, la familia y la sociedad, en definitiva, sobre la dignidad inviolable del ser humano. Este patrimonio ético es lo que puede acercar a todas las culturas, pueblos y religiones, las autoridades y los ciudadanos, y a los ciudadanos entre sí, a los creyentes en Cristo con quienes no creen en él.” (Benedicto XVI, Misa en la Plaza José Martí de La Habana)
Para concluir quiero expresar con suficiente claridad que estos tres ejes o desafíos no tendrían sentido si se agotaran en dimensiones comunitarias como Nación, Iglesia, Destierro y no tuvieran un significado profundo en lo personal. “Nadie da lo que no tiene” y de nada nos vale ser “candil de la calle y oscuridad de la casa”. De igual modo, creo que del Magisterio expresado en esta visita se pueden hacer muchas otras consideraciones, estaría más que satisfecho si esta reflexión contribuye a propiciar la indagación y el debate respetuoso sobre el Magisterio de Benedicto XVI en nuestra querida Patria.
Que la Virgen de la Caridad del Cobre nos ampare con su sagrado manto, que encontremos en su maternal cobijo el valor, la piedad y la confianza en el Dios de la Historia que tanto necesitamos.
(1) El panel que analizó los “Retos de la visita Papal a Cuba” contó además con la participación de Carlos Cabezas periodista de Radio y Televisión Martí; Andy Gómez, Vice-rector de la Universidad de Miami y Marcelino Miyares, Presidente del Partido Demócrata Cristiano de Cuba.
(2) Utilizo
el término destierro de acuerdo a esta definición del académico Juan Antonio
Blanco: “Para quienes anden en busca de un
concepto que resulte ampliamente aglutinador y albergue dudas sobre aquellos
términos que usualmente se manejan —diáspora, exilio, emigración, comunidad en
el exterior o cualquier otro— el de destierro podría resultarles bastante
abarcador. El destierro es una condición que se aplica por igual a todos los
cubanos, por muy simpatizantes que sean del Gobierno en la Isla, porque la
llamada habilitación del pasaporte no es sino un salvoconducto revocable para
visitar el país en que se nació.”
(2)
12 de junio de 2012
Elogio de Sor Victoria Benéitez Rodríguez
por Eduardo Mesa
A Sor Victoria se le iluminaba el rostro
cuando cargaba a un niño, tenía la capacidad de recibir a cualquier niño como
una madre. ¿Cuántos ahijados tendrá Sor Victoria en la Habana Vieja? Sólo Dios
lo sabe. Sólo Dios sabe a cuantos salvó de la miseria, de la prostitución, del
alcohol, de las drogas, del aborto. Sólo el Padre Eterno puede llevar la cuenta
de las personas que lo han encontrado gracias a ella.
Era feliz Victoria, con qué feliz
serenidad vivía. Hace unos meses estuvo en casa, pasaba por Miami camino a
California por asuntos de la Congregación. La persona que debía hospedarla
había sufrido un grave contratiempo en su casa y me pidió el favor de recibirla
en la mía. Pero recibir a Victoria en nuestra casa era un regalo. Qué alegría
tan grande tenerla con nosotros por unos días. Qué bendición para nuestra familia
su sola presencia, qué detalle de Dios
al permitirme retribuirle mínimamente tanta bondad recibida.
Victoria tenía un profundo sentido de la
justicia, su trabajo asistencial se fundamentaba en mostrar al prójimo la
dignidad arrebatada o perdida. Por su casa y por la oficina que abrió en el
Arzobispado desfilaron millares de personas con las necesidades más diversas.
Victoria ayudó a muchas de aquellas personas, quitándose con frecuencia lo poco
que tenía para sí misma.
El bien que hizo, el amor que dejó entre
nosotros como expresión precisa de su bondad no se perderá en el tiempo. Y si
la humanidad es hoy un poco mejor se debe a personas como ella.
Victoria quería regresar a Cuba, la
habían elegido Provincial con residencia en México y reelegido para este mismo
cargo con posterioridad, pero ella deseaba que fuera este el último mandato y
regresar al vecindario bullicioso de la Habana Vieja, a la Catedral y al
Arzobispado. Todo esto lo vivía con gran sosiego. Victoria era obediente, sabía
que la obediencia en la vida consagrada es sinónimo de disponibilidad y aunque
podía discrepar de algunas decisiones, su disponibilidad era inmensa. Había
experimentado que estar disponible a la voluntad de Dios, a pesar de los
criterios y deseos propios, la hacía más libre.
Hoy Victoria es más feliz que nunca, en
la presencia del Bien Supremo, de la Bondad Suprema, de la Verdad a quien quiso
darse y yo estoy triste en esta orfandad que les confieso. Sé que intercede ya por nosotros; sé que me
ayudó siempre y nos ayudará ahora. Sé que vendrá a mi encuentro cuando llegué
la hora.
(Foto tomada de Palabra Nueva)
25 de abril de 2012
Algunas consideraciones sobre un editorial de Espacio Laical y una conferencia de Roberto Veiga
por Eduardo Mesa
Acabo de
leer en el blog del escritor y ensayista Enrique del Risco (Enrisco) una
exhaustiva reseña sobre la conferencia
que ofreció el Sr. Roberto Veiga, editor de Espacio Laical, en el Bildner Center de Nueva York. Las consideraciones de Enrisco, que invito a
leer con detenimiento, me han hecho recordar que hace unos meses los editores
de Espacio Laical publicaron un editorial titulado “Rectificar el rumbo” donde
se abordaban los mismos tópicos que ahora
se reseñan.
En dicho editorial
los señores que se ocupan de Espacio Laical
invitaban al gobierno cubano a “rectificar el rumbo” desde una curiosa perspectiva: “sería inconveniente contener la esperanza en los grandes cambios y dejar pasar el tiempo para que otros, más adelante, sean quienes
los lleven a cabo”.
No quedaba
claro en el texto por qué sería “inconveniente” que “otros” hagan los cambios.
Inconveniente para quién, faltó por aclarar a los editores de Espacio, que se
expresaban como si tuvieran alguna garantía de que Raúl y sus allegados harían
los cambios y los harían bien. Garantía de unos
cambios hacia la “democracia” que emanaba de la
evidente confianza que estos editores tienen
en Raúl Castro, devenido en la “única” esperanza
para alcanzar dichos cambios.
Este enfoque
de Espacio Laical, que se reitera en la conferencia de Veiga, me produce cierta perplejidad, porque
si bien la Iglesia se ha dirigido a los que gobiernan en Cuba con
exigencias que evitaban el franco desafío, nunca antes ninguno de sus voceros
lo había hecho desde la perspectiva de que es el dictador el único
“conveniente” para realizar los cambios que conduzcan a Cuba
por el camino de la prosperidad y la democracia. La conferencia del Sr.
Veiga, que al ser el editor de una publicación de carácter eclesial privado,
habla también a nombre de la Iglesia, parece confirmar que esta confianza
ilimitada en Raúl Castro es el eje de una estrategia que ensayan algunos. Una
estrategia, que dicho sea de paso, no creo que compartan la mayoría de los
laicos, religiosas, sacerdotes y obispos de la Isla.
Es
preciso señalar que algunas de las ideas expresadas por estos editores en
“Rectificar el rumbo” indicaban, que además de “confiar” en el General Presidente, también persistía una relativa “esperanza” en el llamado sector
reformista (que probablemente existe pero que aún no conocemos) y en alguna
medida en ellos mismos, los editores de Espacio Laical, que de un modo impreciso
se incluían en la fórmula. Por eso, con un extraño lenguaje para una revista
católica, se apuntaba en aquella ocasión que “cualquier reforma
que aspire a trascender tiene que pasar por la innovación política, y esta
última no ocurrirá si no comienza por el PCC, organización llamada a liderar
los cambios que hemos de realizar”. (El subrayado es mío)
Pero esto no
es todo, los editores de Espacio Laical y el Sr. Veiga, también expresan con cierta frecuencia
una conmovedora confianza en la renovación de algo que llaman “Pacto Social”,
cosa que no sabemos si existió alguna vez, pero que ellos dan por cierto con
una fe casi religiosa. Según estos señores ese “Pacto Social”, que se forjó entre
la ciudadanía y la Revolución, ha permanecido con sus más y sus menos durante
estos fatigosos cincuenta y tres años. Como es natural, ese “Pacto Social” ya
está un poco maltrecho y tiene que renovarse por el bien de la nación. Aunque
la renovación de esa ficción política no ha ocurrido (nada hace pensar que la
nación o Raúl Castro quieran renovar el supuesto pacto) Veiga y sus colegas
están convencidos de la necesidad de hacerlo. No me asombra, por tanto, que el Sr. Veiga nos ofrezca la
certeza que los cubanos de la Isla preferirían una “solución de izquierdas”.
Estos
señores, que confían en tiranos como Raúl Castro y en abstracciones como la
supuesta renovación del Pacto Social, nunca
han confiado en los demócratas cubanos que se oponen de un modo pacífico a esa
tiranía. Esos sujetos “inoportunos” reclaman sus derechos ante un gobierno
totalitario y a veces, hasta se atreven a criticar a la Iglesia
Católica. Un grupo de “majaderos” que disgusta a estos editores y los
distrae de su “misión orientadora” en distintos foros eclesiales.
Su probada fe
en tantísimas cuestiones tampoco les alcanza para esa realidad heterogénea que
llamamos Exilio, porque los exiliados casi somos peores que el gobierno cubano,
de un tiempo a esta parte enfundado de “buenas intenciones”.
Y es que para
los editores de Espacio Laical los que vivimos de este lado del charco somos en
general una amalgama de nostálgicos pendencieros; una pandilla de plattistas
liberales, socialdemócratas y democristianos que hemos de purificarnos en la
humillación de las horcas caudinas auspiciadas por algún nuevo delirio.
Estos editores
de Espacio Laical también se han caracterizado por ensayar y exigir a los demás
la “crítica bondadosa” hacia el gobierno cubano. Esta modalidad crítica, que
ellos asumen con presteza, se pudiera resumir
con un “queremos echarte una mano
compatriota Raúl”. Algo que parecen anhelar desde sus páginas a menudo
difíciles y sus frecuentes alocuciones. Lo que sí es evidente es que ellos han
puesto grandes expectativas en la sucesión y han contribuido de un modo notable
a propagar el espejismo de unos cambios, que hasta el día de hoy, no pasan de
ser frágiles reformas revocables. Todavía ubican en un lugar indefinido la
trabazón de dichas reformas y el mismo Veiga insiste sin recato en la voluntad
reformista de altas instancias del gobierno cubano y en el mismísimo Raúl
Castro. Le zumba el mango.
No obstante,
se traslucía cierta frustración en aquel
editorial que invitaba a rectificar el rumbo pocas semanas antes de algún congreso
raulista. Es comprensible esa frustración, pasan los meses y no hay cambio
sustancial en la Isla, ni siquiera la visita del Papa marcó la excepción para los
déspotas que gobiernan en Cuba.
Quizás los
editores de Espacio Laical y sus auspiciadores lleguen a comprender alguna vez que
su excesiva confianza en los “cambios” de la Familia Castro los puede convertir
en parte de la farsa. Asistimos a la refundación de la tiranía. Raúl no manifiesta mayores señales de
necesitar la ayuda de nadie, ni siquiera de estos “intelectuales católicos” que
afirman con energía su voluntad de evitar a toda costa el derrocamiento, sea
por medios violentos o pacíficos, de esa tiranía que los desprecia. Es
probable que el tiempo regale a los editores de Espacio una lección al margen
de lo aprendido en el rigor de la academia: los Castro sólo rectifican el rumbo
los milímetros necesarios para mantenerse en el poder. Las reformas que anhelan
los impacientes editores implicarían la pérdida del poder absoluto y esa
variable no entra en el plan de la familia Castro-Ruz-Espín y allegados.
Así,
desde la opción que esta revista asume, y que el Sr. Veiga reitera en su
conferencia, no se percibe otro remedio
que alertar y esperar, esperar y alertar a las altas instancias del gobierno,
con infinita paciencia, hasta que el Partido –entiéndase Raúl Castro o su
sucesor dinástico- ejecute “el milagro”.
Mucha
confianza en un poder de este mundo expresan los editores de Espacio Laical con
el Sr. Roberto Veiga a la cabeza, olvidando acaso que sus palabras no sólo los representan a ellos sino al Consejo
de Laicos de la Arquidiócesis de La Habana y de algún modo a la Iglesia cubana;
aunque reitero, con base en más de una evidencia, que no creo que los planteamientos del Sr.
Veiga y Espacio Laical sean compartidos por la mayoría de los laicos,
religiosas, sacerdotes y obispos de la Isla.
La triste esperanza que ofrecen estos editores nada
tiene que ver con la Iglesia cubana. Una Iglesia que peregrina en Cuba
anunciando la Verdad y propiciando el encuentro de muchos cubanos con el Dios de la Historia;
ese que nos convida a la auténtica libertad,
perdona nuestra arrogancia y desmiente nuestras certezas con frecuencia.
Él tiene en sus manos misericordiosas el presente y el futuro. Él siempre
permite modificar el rumbo de nuestras vidas, más aún si se trata del rumbo de una
revista católica.
20 de marzo de 2012
8 de febrero de 2012
Tres acciones concretas para poner en práctica algunas ideas de Roberto Veiga
Después de leer un artículo del Sr. Roberto Veiga publicado por el Cuba Study Group se me ocurren, a modo de sugerencia, tres acciones concretas que ayuden a poner en práctica los propósitos enunciados en dicho artículo :
1- Invitar a Dagoberto Valdés y a Oswaldo Payá a la próxima Jornada Social y demás eventos que estén relacionados con el valioso trabajo que estos laicos realizan en el ámbito de la incipiente sociedad civil cubana. Este es un signo de inclusión que se echa de menos.
2- Invitar formalmente, a los eventos socio culturales que la Iglesia auspicia y a las celebraciones religiosas que corresponda, a los demócratas cubanos, blogueros y artistas que son reprimidos y marginados sistemáticamente por las entidades oficiales.
3- Abrir las páginas de Espacio Laical a la diversidad de opiniones políticas que hay en el seno de la Iglesia Católica, la sociedad cubana y el exilio.
1 de febrero de 2012
(8)
La soberanía, que siempre es un valor relativo, es la expresión de un consenso mayoritario y no la elección caprichosa de un tipo con vocación de historia, y es además, una postura coherente de independencia frente a todas las potencias. De lo contrario es una farsa.
Carlos Alberto Montaner, Informe secreto sobre la revolución cubana, SEDMAY EDICIONES, enero de 1976
29 de enero de 2012
25 de enero de 2012
Algunas consideraciones sobre la próxima visita del Papa a Cuba
La visita del Papa a Cuba, por su naturaleza esencialmente pastoral, constituye un bien en sí misma. Todos los cubanos perderíamos si esta visita no se llevara a cabo. El Santo Padre confirmará, Dios mediante, a los católicos cubanos en su fe y bendecirá en su 400 Aniversario la imagen de la Virgen de la Caridad que se venera en el Santuario del Cobre. Esta imagen presente otra vez en los hogares cubanos es el único símbolo de nuestra nación que el castrismo no ha podido vaciar de sentido, es la única conexión con lo mejor de nuestra historia y valores que ha quedado a salvo de la debacle castrista.
Más allá de la fe religiosa que profesemos, la devoción a la Virgen de la Caridad del Cobre es un elemento constitutivo de nuestra nacionalidad, es por tanto un regalo de Dios a nuestro pueblo, no solo a esa porción que se define como católica, sino al pueblo creyente en general e incluso a esos compatriotas que se proclaman agnósticos o ateos.
Sin embargo, el asesinato del opositor Wilman Villar Mendoza no puede ser ignorado porque el bien que se busca a largo plazo comienza también en lo inmediato, y lo inmediato es que los gobernantes cubanos han cometido un crimen, un crimen precedido de muchos crímenes, varios de ellos todavía recientes. La visita del Papa no puede separarse de ese contexto.
Sé que la Iglesia gana los espacios para todos, sé que hace un bien inmenso en el ámbito de la asistencia a los más desvalidos y que es la institución que más trabaja por impedir el envilecimiento definitivo de los cubanos de la Isla, sometidos todos a una deshumanización sistemática. Sé todas estas cosas y saberlas me produce un genuino orgullo; por eso, como católico orgulloso de la Iglesia que me ayudó a reconocer mi propia dignidad y derechos, me animo a pedir a los obispos cubanos otro bien para Cuba, que inviten al Santo Padre a tener un gesto público o privado con los demócratas cubanos, en especial con las Damas de Blanco.
Creo que ese gesto con los demócratas cubanos es un signo que necesitamos en la hora presente, cuando a veces parece que solo podemos esperar el bien que la nación necesita de parte de aquellos que hasta hoy solo han hecho el mal. Creo que es oportuno y necesario ese gesto de inclusión y de ánimo para aquellos que también han apostado a la Esperanza contra toda esperanza.
Hay compatriotas que no quieren esta visita y hay compatriotas que no creen necesario un gesto del Papa hacia aquellos que han escogido trabajar por la libertad y la justicia desde el pacífico ejercicio de sus derechos ciudadanos, son puntos de vista que respeto. Yo por mi parte, deseo vivamente que el Papa vaya a Cuba, que la Virgen sea bendecida, coronada, aclamada como Madre Santísima de todos los cubanos, pero creo con toda humildad que ese bien sería mayor si se hiciera evidente, por parte de su Santidad Benedicto VXI, el consuelo y la confirmación en la Esperanza que los demócratas cubanos justamente reclaman y necesitan. Creo además, que esa bendición que ellos anhelan, puede ser recibida dignamente por las Damas de Blanco a nombre de todos los demócratas cubanos, ellas han sido madres, esposas, hijas, atentas al sufrimiento de los suyos, como la Virgen de la Caridad del Cobre, Madre de Dios y Madre nuestra, que ha estado atenta a nuestros sufrimientos como pueblo, un pueblo que sabe de su amorosa intercesión y ora ante ella.
“A Jesús por María la caridad nos une” es el lema que los obispos cubanos han escogido. Sí, que la Caridad nos una; que tengamos esa unidad auténtica que incluya y respete a todos los cubanos, como quiera que piensen, donde quiera que vivan; sí, que la Caridad nos una; que así sea.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Entradas populares
- Algunas consideraciones sobre un editorial de Espacio Laical y una conferencia de Roberto Veiga
- El Dientuso
- Una carta, una respuesta y una declaración fallida
- Algunas consideraciones sobre la próxima visita del Papa a Cuba
- Predicciones sobre el futuro arzobispo de La Habana
- Como un manantial
- Elogio de Sor Victoria Benéitez Rodríguez
- ¿Ha capitulado la Iglesia cubana?


