
Por Eduardo Mesa
Leo en primera plana del Nuevo Herald que comienza a gestarse un ciclón, luego encuentro las profecías de Al Gore sobre el cambio climático. No me interesan las tesis del vice presidente y los dinosaurios que entusiasman a mis hijos desaparecieron antes que las plantas nucleares irrumpieran en el paisaje y los bosques fueran maldecidos por la lluvia ácida, pero es cierto que el clima no es el mismo en ninguna parte; el tiempo ha cambiado y nosotros hemos cambiado en él.
Estoy seguro que los inviernos de antes eran más largos y alguno de ustedes, sonriendo, me dirá que los mangos también eran más dulces; pero no es una idea traída por la nostalgia, sé bien que el frío duraba más y a mí me embutían en un abriguito de corduroi amarillo para ir a la escuela y en toda la mañana no me lo quitaba porque el frío pelaba en aquella casona de Jesús María donde hice la escuela primaria.
Yo aún no sabía que el invierno era un agente de la uniformidad, la tela de mi abrigo la había por donde quiera y en la calle encontrabas camisas, pantalones, chaquetas con motivos idénticos. Eran inviernos de corduroi y laster, unos tejidos que se perpetuaron hasta un verano sin muro de Berlín.
No obstante, fue en la secundaria cuando el clima propició la lucha de contrarios, el sentimiento del clan o la tribu. Dos modelos de abrigo en todas las tiendas, uno era de paño a cuadros, bolsillos diagonales, botones de resina y el forro interior como de seda, creo que lo he visto en alguna película que recrea las calles de Belfast en los años sesenta. El otro modelito era el de los llamados impermeables, mangas rectángulares, botonadura en broches de cortina o cremallera plástica y una costura que le hacía los dibujos. Este modelo conquistó su espacio en el capitalismo y es de uso obligatorio para entrar a los frigoríficos de Burger King y Walt Mart.
En la "William Soler", mi secundaria, el invierno engendraba dos grupos visibles: los cuadrados y los impermeables, yo pertenecí con honra a los primeros, mi abrigo de paño llegó a gustarme y me acompañó a fiestas y escuelas al campo hasta que mi abuela, desde Hialeah, comenzó a mandar paquetes subversivos con la peor propaganda enemiga: polos de Ralph Lauren, zapatillas de Nike, pullovers del pulguero con letreros de Miami Beach y abrigos distintos y nuevos, que me duraron hasta que los cambié por viandas o por carne en el agobio de los años 90.
Y en el 92 llegó el dolar y los compañeros se deprimían en masa al comprobar que había tiendas desiertas y tiendas surtidas, y en las tiendas surtidas sólo valían los méritos de Lincoln y de Hamilton, catarsis de un capitalismo subterráneo que ha resistido con éxito los cíclicos amagos de apertura y las inevitables represiones. Ese fue un tiempo sin abrigos porque el frío duraba muy poco y yo tenía una enguatada Guess y un suéter que me trajo de Portugal la Hermana Socorro.
Luego recuerdo navidades sin frío y veranos muy largos, y un cumpleaños compartido entre La Habana y Madrid, ausencia definitiva en inviernos felices y epifanías propias de un sueño.
Sí que ha cambiado el tiempo, aunque en Bainoa sigue haciendo frío y en Jaruco y Tapaste el mercurio se pega al cero, los inviernos no son lo que eran antes cuando todas las tiendas tenían el mismo abrigo y habitábamos la uniformidad sin saberlo.
Leo en primera plana del Nuevo Herald que comienza a gestarse un ciclón, luego encuentro las profecías de Al Gore sobre el cambio climático. No me interesan las tesis del vice presidente y los dinosaurios que entusiasman a mis hijos desaparecieron antes que las plantas nucleares irrumpieran en el paisaje y los bosques fueran maldecidos por la lluvia ácida, pero es cierto que el clima no es el mismo en ninguna parte; el tiempo ha cambiado y nosotros hemos cambiado en él.
Estoy seguro que los inviernos de antes eran más largos y alguno de ustedes, sonriendo, me dirá que los mangos también eran más dulces; pero no es una idea traída por la nostalgia, sé bien que el frío duraba más y a mí me embutían en un abriguito de corduroi amarillo para ir a la escuela y en toda la mañana no me lo quitaba porque el frío pelaba en aquella casona de Jesús María donde hice la escuela primaria.
Yo aún no sabía que el invierno era un agente de la uniformidad, la tela de mi abrigo la había por donde quiera y en la calle encontrabas camisas, pantalones, chaquetas con motivos idénticos. Eran inviernos de corduroi y laster, unos tejidos que se perpetuaron hasta un verano sin muro de Berlín.
No obstante, fue en la secundaria cuando el clima propició la lucha de contrarios, el sentimiento del clan o la tribu. Dos modelos de abrigo en todas las tiendas, uno era de paño a cuadros, bolsillos diagonales, botones de resina y el forro interior como de seda, creo que lo he visto en alguna película que recrea las calles de Belfast en los años sesenta. El otro modelito era el de los llamados impermeables, mangas rectángulares, botonadura en broches de cortina o cremallera plástica y una costura que le hacía los dibujos. Este modelo conquistó su espacio en el capitalismo y es de uso obligatorio para entrar a los frigoríficos de Burger King y Walt Mart.
En la "William Soler", mi secundaria, el invierno engendraba dos grupos visibles: los cuadrados y los impermeables, yo pertenecí con honra a los primeros, mi abrigo de paño llegó a gustarme y me acompañó a fiestas y escuelas al campo hasta que mi abuela, desde Hialeah, comenzó a mandar paquetes subversivos con la peor propaganda enemiga: polos de Ralph Lauren, zapatillas de Nike, pullovers del pulguero con letreros de Miami Beach y abrigos distintos y nuevos, que me duraron hasta que los cambié por viandas o por carne en el agobio de los años 90.
Y en el 92 llegó el dolar y los compañeros se deprimían en masa al comprobar que había tiendas desiertas y tiendas surtidas, y en las tiendas surtidas sólo valían los méritos de Lincoln y de Hamilton, catarsis de un capitalismo subterráneo que ha resistido con éxito los cíclicos amagos de apertura y las inevitables represiones. Ese fue un tiempo sin abrigos porque el frío duraba muy poco y yo tenía una enguatada Guess y un suéter que me trajo de Portugal la Hermana Socorro.
Luego recuerdo navidades sin frío y veranos muy largos, y un cumpleaños compartido entre La Habana y Madrid, ausencia definitiva en inviernos felices y epifanías propias de un sueño.
Sí que ha cambiado el tiempo, aunque en Bainoa sigue haciendo frío y en Jaruco y Tapaste el mercurio se pega al cero, los inviernos no son lo que eran antes cuando todas las tiendas tenían el mismo abrigo y habitábamos la uniformidad sin saberlo.
Muy interesante tu blog
ResponderEliminarte dejo un abrazo