23 de abril de 2007

Las mariposas que hablan bajito

Por Eduardo Mesa www.lacasacuba.com Mi hijo me cuenta que las mariposas hablan bajito, que las abejas hablan alto y yo le pido a Dios que me dé tiempo para seguir aprendiendo de su inocencia. Hoy, cuando probablemente el tirano agoniza, yo prefiero pensar en el futuro que pasa por los ojos limpios de mi hijo que no tendrá que aprender a mentir. Un niño de mi generación, no podía repetir lo que escuchaba en casa, lo bueno era malo, lo malo era bueno, y en esa partida terminó ganando lo que convenía decir, un ejercicio de supervivencia que embota la libertad hasta dejarla inerte. Un niño no debe soportar el peso de unas verdades "que no se pueden decir", ningún niño debe ser entrenado para tener dos vidas, dos respuestas, dos caras. Recuerdo cuando me enseñaron en la escuela que sólo éramos materia evolucionada, una materia sin antes ni después. ¿De qué vale vivir si venimos de la nada y vamos hacia la nada? No sé cómo le pueden enseñar estas cosas a un niño, un niño sin esperanza es un hombre enfermo. Llegó la adolescencia en el "paraíso socialista" que se pretendía eterno, un paraíso sin alternativas, sin espacios, el lugar ideal para que las familias y las personas se fragmenten como granadas de película rusa. Yo pensaba que alguien vendría en mi ayuda y mi padre se atrevió a hablarme por primera vez de Dios, lo hizo como un acto de clandestinaje, como quien ensaya un remedio con poca fe. La mención de un Dios abstracto, que ahora me convenía conocer, no podía salvarme. De aquellos años tengo una sensación de cansancio, de calor sofocante, de días que amanecen en vano. Es un tiempo que no tiene cronología, porque el dolor no se ajusta a medidas de espacio-tiempo. Una vida sin futuro y sin presente, esperando a salir de Cuba todos los años, todos los meses, con la ingenuidad de que la familia podía empezar otra vez. Sin capacidad de concentración en ningún estudio fue también una época de expulsiones y rebeldías. He hablado alguna vez de estas cosas, pero es la primera vez que puedo escribir someramente de ellas, aún así estas palabras sólo son un esbozo, un tímido acercamiento a una zona oscura. A pesar de todo, en el fondo de mi existencia me aferraba a la esperanza de que algo bueno iba a suceder; entonces vino Dios a mi encuentro, no era una nueva conveniencia, ni un escape, era algo diferente que me empujaba a vivir. Si me preguntaran por lo mejor de mi vida hasta aquel momento, tendría que decir que es el encuentro con Dios en la Iglesia Católica. Una Iglesia que tenía los brazos abiertos en un tiempo de gracia. Mucho se debate sobre el papel de la Iglesia en Cuba, sobre sus cartas pastorales, su compromiso social o su profetismo, yo puedo escribir de estas cosas como uno más, pero no puedo olvidar que la Iglesia es la parte visible de una roca donde me aferré para vivir una vida más digna. La Iglesia en Cuba anuncia la Esperanza en un lugar que muere, yo vivo porque mucha gente escogió anunciar esa Esperanza, ofrecer su vida y no es una exageración decir que a muchas de esas personas yo les debo la mía. Han pasado más de veinte años desde que me acogieron en la iglesia de Reina, dedicada al Sagrado Corazón de Jesús, en estos años han sanado las heridas de muchos cubanos, el espíritu de aquellos eventos ha dado frutos, algunos de ellos son cuantificables, otros, los mejores, no lo son. Mi hijos se divierten en la misa, son pequeños pero asocian la iglesia con un lugar en donde se está bien, ya saben de Dios y rezan en la mesa con nosotros, yo no tuve esa suerte y ellos la tienen. De niño yo veía las iglesias como lugares raros de los que nadie se atrevía a hablar. Pasaba por la iglesia de San Nicolás camino de mi escuela y me asomaba a las puertas entreabiertas y veía a la gente rezar, yo decía que era la casa de los locos, o no sé ahora si alguien me lo dijo. Tuve que crecer y buscar mis propias respuestas hasta llegar a una "casa de los locos" y atreverme a entrar. Mis hijos, con el favor de Dios, no tendrán que pelear tanto para existir, ellos son el futuro, y yo veo la vida en sus ojos limpios. En estos días de incertidumbre mi hijo de tres años parece decirme que escuche a Dios en las mariposas que hablan bajito y en las abejas que hablan alto.

13 de abril de 2007

Las palomas

Por Eduardo Mesa
www.lacasacuba.com

En el vecindario nadie recuerda quién trajo la dichosa costumbre de criar palomas. Balcones y azoteas constituyen los estratégicos soportes para las cajoneras, ahí se guardan los “bichos”, los “monstruos”. Los "bichos de cría" se mantienen casados la mayor parte del tiempo, ellos dan los pichones que al año ya están al robo. Hembras abiertas para robar los machos, machos al robo para traer hembras, pero a veces no basta que un animal bien entrenado traiga a su ocasional consorte, el palomero tiene que ayudar a que la hembra entre; en esta ayuda se evaporan los turnos de clase y las jornadas laborales se espantan. En el afán de “partir algo” comienzan las acrobacias, el bicho hace lo suyo pero la habilidad del palomero cuenta, saltar sobre el vacío de algún respiradero, correr por las cornisas, a menudo se estremece el suelo porque cayó una maceta y a veces porque cayó un muchacho.

En el barrio todos estaban para partir al palomo azul de barras negras, cogerle a Evelito su animal era una suerte de consagración, además el azul no da tregua, por cada tarde que sale a volar hay una hembra en la buchera. El azul no coge celo, se pasea por tu palomar, no cae en las trampas, no entra por las gateras, al fin algo se lleva.

Todo fue bien hasta que empezaron a caer una tras otra las hembras de los Cumbá. Nadie se atrevía con el palomarcito de estos negros porque eran muchos; los cuatro hermanos tenían su historia y nadie quiere complicarse tanto, pero Evelito también vivía lo suyo, un tatuaje en la mano, un colmillo de oro...

Las tardes de julio son excesivamente calurosas, parece real la fragmentación del concreto, los bodegueros tratan de escapar y el mostrador en cotidiana burla se ensancha un poco más, la calle es crónica de cotidianas tragedias y el sol se ríe de la ingenua resistencia del asfalto. Evelio y los Cumbá llegaron al unísono, contaban con la imparcialidad de los transeúntes, era el barrio, nadie podía meterse.Los Cumbá eran cuatro, había que emparejar; a ambos lados de Evelito se situaron Chachi Bencomo y Luis el pelotero, iban a transitar por los senderos de sus propios destinos. Cuando terminen, la ley los tratará de a hombre.

No había cuadre, se intercambiaron los insultos de siempre, las palomas no se devolverían. Los Cumbá dejaron de reclamar lo suyo, querían otra cosa. Evelito lanzó el escupitajo, se fueron a las manos, de las manos se fueron a las piedras... Alguien bajó del solar con un bate, una manguera, una cadena, no querían parar. Se dieron con sus vigorosos dieciocho o diecinueve años, pocos para darse tan duro. La policía llegó cuando debían llegar las ambulancias, la madre de Evelito, asustada, traía varios carnets de identidad en las manos.Al mayor de los Cumbá se lo llevaron inconsciente, un ojo le colgaba, se veía feo el negro, más que feo. Se podía decir que estaba muerto. A Luisi el pelotero le dieron un batazo, salió con la clavícula zafada - que ironía- le dieron con un bate al pelotero. Los demás, bien magullados, irían a entretener al personal de Emergencias.

Para las palomas nada es más importante que el cielo. La tarde se disfraza de tonos rosas, de pausados violetas, el barrio ha cambiado, hay puertas cercenadas, verjas que subrepticiamente cambiaron de lugar: aventuras de nuevos dédalos, esta vez naturales de Guantánamo. El barrio no es el mismo, la ciudad no es igual, es verdad que puedes besarla si se te antoja, pero peligras bajo cualquier balcón, aún así te imantan a sus fachadas los viejos edificios casi en ruinas y no deseas marcharte porque allí nadie es nadie y sin embargo, todos te conocen y te saludan.

A la madre de Evelio en tanto ir y venir se le torció el tobillo, "voy a la Unidad" me dijo y era tan lastimoso su estado que venciendo mi fobia policial la acompañé. Evelito y Chachi quedaron detenidos, Luis el pelotero debía esperar por el ortopédico de guardia. Mal de muchos, consuelo de tontos, pero al mayor de los Cumbá sólo le queda esperar por el forense, no hay remedio, el muerto, muerto está... Sus hermanos se recuperan en una sala del hospital, ya saben y callan.Por casi media hora esperamos al oficial de guardia, apareció secándose el sudor y se dirigió a la carpeta. En la Unidad hay que hablar despacio, mover poco las manos; entregamos los carnets y el oficial quiso saber quién comenzó la bronca; la madre de Evelito le explicó, nunca nos miró a la cara. Por suerte otro oficial que estaba allí era del barrio y dejó que pasaran un jarro de café y los cigarros. La secretaria levantaba el acta, la palabra homicidio quedó escrita.

La madre de Evelito sacó de un maletín las palomas, aún así era bonito el azul de barras, era noble su color entre los mármoles grises de la carpeta, del mismo bulto salieron la ceniza buchirroja, la mosaica, la negra aliblanca, aunque atontadas se dejaron cortejar por el azul todavía entre mis manos. "Todo por esa mierda" comentó el oficial y por primera vez me miró a los ojos; la secretaria se rascó la cabeza y la madre de Evelito lloró. Yo mismo recogí las palomas, el acta concluída quedó en el mostrador de la carpeta, me acerqué hacia la puerta, el guardia de la posta me miraba, las fui soltando una a una, en el aire no tienen dueño y en el barrio se mata y se muere por ellas.

(Este relato lo publiqué hace años en la revista Espacios)