16 de septiembre de 2007

Opción, actitud, propósito

Por Eduardo Mesa

Alguien me enseña unas fotos, son rostros anónimos con el esbozo de una sonrisa. La gente luce su mejor ropa, busca la pared mejor pintada y algún adorno al fondo, pero aún así las fotos son la imagen del desaliento, del cansancio sin límite.

Esa sensación generalizada de que no hay futuro provoca una depresión permanente, una melancolía que se desvanece ante la estampida migratoria o algún estímulo mundano y forzosamente pasajero.

El daño antropológico de cinco décadas de tiranía supera las posibilidades de cualquier imagen o relato, es un daño tangible e inconmensurable. Los que hemos vivido en ese sistema hasta la edad adulta con frecuencia descubrimos heridas nuevas que han dejado en nosotros. El comunismo no te prepara para confiar en tus posibilidades, su andamiaje se sustenta en obligarte a creer en la imposibilidad de vivir al margen del Estado Todopoderoso. El sistema ha logrado personas tristes y aparentemente moldeables con una notable inclinación al suicidio. Ha conseguido que el pesimismo dejara de ser un pasatiempo snob, una obsesión de élites ilustradas. Ahora es un sentimiento popular, una carga pesada para el cubano de a pie que sale cada mañana a resolver algo para inventar un magro almuerzo.

La recuperación del alma cubana llevará algo de tiempo, bastante más que el de recuperar la economía y las infraestructuras necesarias; no obstante la recuperación de la esperanza, el restablecimiento de los valores tradicionales y la inclusión de valores nuevos es fundamentalmente cuestión de opción, de actitud, de propósito.

Hace algunos años descubrí a Víctor Frankl y la narración de sus experiencias en varios campos de concentración me conmovió profundamente, el eminente médico vienes pudo percibir que en aquel infierno no sobrevivían los más jóvenes y fuertes sino aquellos que tenían la esperanza de reunirse con seres queridos o que sentían la imperiosa necesidad de concluir algún proyecto, o aquellos que tenían una gran fe. Así sobrevivieron madres famélicas que tenían el firme propósito de recuperar a sus hijos, frágiles ancianos empeñados en encontrar a sus nietos, hombres de profunda fe religiosa y hombres de ciencia como Víctor Frankl que se aferraron a la vida porque tenían el deber de sobrevivir para contar al mundo aquellos horrores y conjurar con su pensamiento a los demonios del fascismo.

Probablemente no todos los que optaron por vivir sobrevivieron, pero todos los que sobrevivieron hicieron una fuerte opción por la vida para llegar al final del camino. La experiencia de Víctor Frankl testimonia el valor de un propósito firme, de una actitud de esperanza. Esa actitud es cuestión de opción, de opción personal y de opción comunitaria. Y es que los cubanos, a pesar de todo, podemos optar entre un proyecto realizable que nos conduzca a la normalidad democrática y ese pesimismo real a la vez que inútil, siempre presente de un modo u otro en nuestra breve historia nacional. Podemos optar por el protagonismo mesurado, pero activo del hombre común o contemplar apáticos desde la platea la sucesión de actos. Tengamos por seguro que no hay acciones neutras, que estamos en un camino que se bifurca hacia la fatalidad o la esperanza, esta última, es imprescindible para superar el castrismo y vital en cualquier escenario posterior.

He vivido en Cuba la mayor parte de mi vida adulta, he presenciado las fugaces aperturas que ha ensayado el régimen en el campo económico y he visto la energía creadora que estas mínimas aperturas han desatado. He presenciado el paulatino auge de la oposición aún cuando la hostilidad del régimen ha ido en aumento. He visto las iglesias llenas de penitentes pidiendo paz y la Plaza Cívica, hoy de la Revolución, bendecida por el Corazón de Jesús. Esto me invita a pensar el futuro, ese eterno presente que se hace cada día; a constatar que existe una reserva moral que la tiranía no ha conseguido agotar. Que no tenemos ningún condicionamiento genético que nos conduce al masoquismo y que podemos hacer efectivo cualquier proyecto que consensuadamente nos propongamos.

Perdónenme que insista: el futuro existe, la recuperación de los valores y de la esperanza es cuestión de opción, de actitud, de propósito.

6 de septiembre de 2007

Cuando los inviernos eran más largos


Por Eduardo Mesa

Leo en primera plana del Nuevo Herald que comienza a gestarse un ciclón, luego encuentro las profecías de Al Gore sobre el cambio climático. No me interesan las tesis del vice presidente y los dinosaurios que entusiasman a mis hijos desaparecieron antes que las plantas nucleares irrumpieran en el paisaje y los bosques fueran maldecidos por la lluvia ácida, pero es cierto que el clima no es el mismo en ninguna parte; el tiempo ha cambiado y nosotros hemos cambiado en él.

Estoy seguro que los inviernos de antes eran más largos y alguno de ustedes, sonriendo, me dirá que los mangos también eran más dulces; pero no es una idea traída por la nostalgia, sé bien que el frío duraba más y a mí me embutían en un abriguito de corduroi amarillo para ir a la escuela y en toda la mañana no me lo quitaba porque el frío pelaba en aquella casona de Jesús María donde hice la escuela primaria.

Yo aún no sabía que el invierno era un agente de la uniformidad, la tela de mi abrigo la había por donde quiera y en la calle encontrabas camisas, pantalones, chaquetas con motivos idénticos. Eran inviernos de corduroi y laster, unos tejidos que se perpetuaron hasta un verano sin muro de Berlín.

No obstante, fue en la secundaria cuando el clima propició la lucha de contrarios, el sentimiento del clan o la tribu. Dos modelos de abrigo en todas las tiendas, uno era de paño a cuadros, bolsillos diagonales, botones de resina y el forro interior como de seda, creo que lo he visto en alguna película que recrea las calles de Belfast en los años sesenta. El otro modelito era el de los llamados impermeables, mangas rectángulares, botonadura en broches de cortina o cremallera plástica y una costura que le hacía los dibujos. Este modelo conquistó su espacio en el capitalismo y es de uso obligatorio para entrar a los frigoríficos de Burger King y Walt Mart.

En la "William Soler", mi secundaria, el invierno engendraba dos grupos visibles: los cuadrados y los impermeables, yo pertenecí con honra a los primeros, mi abrigo de paño llegó a gustarme y me acompañó a fiestas y escuelas al campo hasta que mi abuela, desde Hialeah, comenzó a mandar paquetes subversivos con la peor propaganda enemiga: polos de Ralph Lauren, zapatillas de Nike, pullovers del pulguero con letreros de Miami Beach y abrigos distintos y nuevos, que me duraron hasta que los cambié por viandas o por carne en el agobio de los años 90.

Y en el 92 llegó el dolar y los compañeros se deprimían en masa al comprobar que había tiendas desiertas y tiendas surtidas, y en las tiendas surtidas sólo valían los méritos de Lincoln y de Hamilton, catarsis de un capitalismo subterráneo que ha resistido con éxito los cíclicos amagos de apertura y las inevitables represiones. Ese fue un tiempo sin abrigos porque el frío duraba muy poco y yo tenía una enguatada Guess y un suéter que me trajo de Portugal la Hermana Socorro.

Luego recuerdo navidades sin frío y veranos muy largos, y un cumpleaños compartido entre La Habana y Madrid, ausencia definitiva en inviernos felices y epifanías propias de un sueño.

Sí que ha cambiado el tiempo, aunque en Bainoa sigue haciendo frío y en Jaruco y Tapaste el mercurio se pega al cero, los inviernos no son lo que eran antes cuando todas las tiendas tenían el mismo abrigo y habitábamos la uniformidad sin saberlo.