Por Eduardo MesaAlguien me enseña unas fotos, son rostros anónimos con el esbozo de una sonrisa. La gente luce su mejor ropa, busca la pared mejor pintada y algún adorno al fondo, pero aún así las fotos son la imagen del desaliento, del cansancio sin límite.
Esa sensación generalizada de que no hay futuro provoca una depresión permanente, una melancolía que se desvanece ante la estampida migratoria o algún estímulo mundano y forzosamente pasajero.
El daño antropológico de cinco décadas de tiranía supera las posibilidades de cualquier imagen o relato, es un daño tangible e inconmensurable. Los que hemos vivido en ese sistema hasta la edad adulta con frecuencia descubrimos heridas nuevas que han dejado en nosotros. El comunismo no te prepara para confiar en tus posibilidades, su andamiaje se sustenta en obligarte a creer en la imposibilidad de vivir al margen del Estado Todopoderoso. El sistema ha logrado personas tristes y aparentemente moldeables con una notable inclinación al suicidio. Ha conseguido que el pesimismo dejara de ser un pasatiempo snob, una obsesión de élites ilustradas. Ahora es un sentimiento popular, una carga pesada para el cubano de a pie que sale cada mañana a resolver algo para inventar un magro almuerzo.
La recuperación del alma cubana llevará algo de tiempo, bastante más que el de recuperar la economía y las infraestructuras necesarias; no obstante la recuperación de la esperanza, el restablecimiento de los valores tradicionales y la inclusión de valores nuevos es fundamentalmente cuestión de opción, de actitud, de propósito.
Hace algunos años descubrí a Víctor Frankl y la narración de sus experiencias en varios campos de concentración me conmovió profundamente, el eminente médico vienes pudo percibir que en aquel infierno no sobrevivían los más jóvenes y fuertes sino aquellos que tenían la esperanza de reunirse con seres queridos o que sentían la imperiosa necesidad de concluir algún proyecto, o aquellos que tenían una gran fe. Así sobrevivieron madres famélicas que tenían el firme propósito de recuperar a sus hijos, frágiles ancianos empeñados en encontrar a sus nietos, hombres de profunda fe religiosa y hombres de ciencia como Víctor Frankl que se aferraron a la vida porque tenían el deber de sobrevivir para contar al mundo aquellos horrores y conjurar con su pensamiento a los demonios del fascismo.
Probablemente no todos los que optaron por vivir sobrevivieron, pero todos los que sobrevivieron hicieron una fuerte opción por la vida para llegar al final del camino. La experiencia de Víctor Frankl testimonia el valor de un propósito firme, de una actitud de esperanza. Esa actitud es cuestión de opción, de opción personal y de opción comunitaria. Y es que los cubanos, a pesar de todo, podemos optar entre un proyecto realizable que nos conduzca a la normalidad democrática y ese pesimismo real a la vez que inútil, siempre presente de un modo u otro en nuestra breve historia nacional. Podemos optar por el protagonismo mesurado, pero activo del hombre común o contemplar apáticos desde la platea la sucesión de actos. Tengamos por seguro que no hay acciones neutras, que estamos en un camino que se bifurca hacia la fatalidad o la esperanza, esta última, es imprescindible para superar el castrismo y vital en cualquier escenario posterior.
He vivido en Cuba la mayor parte de mi vida adulta, he presenciado las fugaces aperturas que ha ensayado el régimen en el campo económico y he visto la energía creadora que estas mínimas aperturas han desatado. He presenciado el paulatino auge de la oposición aún cuando la hostilidad del régimen ha ido en aumento. He visto las iglesias llenas de penitentes pidiendo paz y la Plaza Cívica, hoy de la Revolución, bendecida por el Corazón de Jesús. Esto me invita a pensar el futuro, ese eterno presente que se hace cada día; a constatar que existe una reserva moral que la tiranía no ha conseguido agotar. Que no tenemos ningún condicionamiento genético que nos conduce al masoquismo y que podemos hacer efectivo cualquier proyecto que consensuadamente nos propongamos.
Perdónenme que insista: el futuro existe, la recuperación de los valores y de la esperanza es cuestión de opción, de actitud, de propósito.
