Por Eduardo Mesa
http://www.lacasacuba.com/
Juan Francisco Pulido Martínez, Juanki, prometía un escritor, un brillante escritor. Él vivía en Cinfuegos, la ciudad que le gustaba al Benny, y no quiso votar en unas elecciones que no son elecciones y las barbaridades que por esto le hicieron amargaron su vida para siempre.
Cuando me fui de Cuba llegué a Madrid y trabajaba de noche en un bar de copas, que es algo parecido a una discoteca donde se bebe más de lo que se baila, un lugar de noches largas y anónimas; un día sonó el teléfono del bar a las tres de la mañana, era Juanki desde Miami, me decía nombretes y reía, lo encontré con el ánimo de una vida nueva, cuanta alegría me dio esa llamada. Después supe que comenzó a estudiar en una universidad, que tenía novia y parecía que la vida le iba a dar un respiro.
Juanki era un niño que escribía como un hombre, un muchacho devoto de Salinger que jugaba a fabular. Si aquellas elecciones no lo hubieran matado hoy estaría embromándonos con la invención de una amante rusa, un loro y una lámpara para leer de noche. Nos diría cualquier cosa y le creeríamos sus personajes de espanto, le creeríamos un dolor que era cierto. Un amigo común me llamó una noche para decirme que Juanki había muerto, que se había suicidado en su cuarto de la universidad, fue un manotazo duro, un golpe helado, una noche en Madrid que sólo tiene preguntas y plegarias truncas. Cuando le dieron la visa me alegré, si seguía en Cuba iba a tener más problemas, él no soportaba el sistema y el sistema no lo soportaba, Juanki partió al fin y todos los que le queríamos respiramos aliviados.
Unos días antes preferí no publicarle un cuento en la revista Espacios, no se enojó conmigo, él ya tenía suficientes problemas y yo tenía los míos. Unos meses antes de marcharse ganó un premio literario en Vitral y en la misma revista le publicaron un libro de cuentos, al recibir los libros me dedicó un ejemplar, tenía una prosa que se dejaba querer, que auguraba una obra mayor, aunque la lectura de aquel primer libro, acaso el único, me dejó el sinsabor de un laberinto.
Aquellas elecciones no le perdonaron su abandono del acto ante el castrismo y los sicarios se esmeraron para que Juanki no tuviera descanso. Con sus ademanes de monaguillo bueno llegó y les dijo que no iba a votar, que se quitaba la máscara y ellos vieron que era un muchachón, que tenía la vida por delante y por eso le alargaron la muerte. Sólo hay una justicia que puede juzgar tanto mal, sólo una misericordia que puede perdonar. El domingo 21 de octubre se celebraron otras elecciones, otra mascarada que hizo vomitar a mucha gente cuando llegó a su casa. Dios permita que esa pesadilla termine, Dios nos ayude a todos.
28 de octubre de 2007
25 de octubre de 2007
Un perro mediano
Por Eduardo Mesa
Los niños siempre quieren un perro y yo quise uno. Los niños siempre prometen que lo cuidarán y mi hermano y yo lo prometimos. Los niños nunca cuidan del perro y los padres lo saben pero nos permitieron aquella perrita medio amarilla; los adultos a veces comprenden la felicidad de un niño.
Mis hijos también quieren un perro, todavía son pequeños y no es un deseo pujante; dentro de un tiempo nos abordarán en el desayuno y la cena, y antes de la bendición, en la noche, pedirán un perrito con voz quejumbrosa y yo no tendré voluntad para negarme por mucho tiempo.
Es inevitable que uno se vea reflejado en sus propios hijos y de algún modo vuelva a ser niño. La infancia es la luz de los hombres y cuando no lo es hay un dolor muy grande, hay días en que uno quiere volver a aquella casa y de puntillas asomarse otra vez a la ventana o al muro prohibido. Hay días en que el mundo se te viene encima y entonces recuerdas que alguna vez fuiste un niño y te cuidaban.
Mis hijos juegan, el varón ya comenzó la escuela y la pequeña corre, baila, yo los veo reír con risa pícara y me digo: Dios mío como crecen y el tiempo transcurrido te parece un instante y acaso es un instante. ¿Cómo cuidarlos Dios mío? ¿Cómo hacer que sean vidas felices las suyas?
La madre se desvela, ella entiende la felicidad y el dolor de los niños mejor que yo, su comprensión profunda es un privilegio de la maternidad, una intuición que nos ha sido negada. Me deleito cuando ella los abraza, me embarga su risa y experimento por qué es sagrado el amor.
El niño me explica las ventajas de un perro mediano, sabe dar sus razones, es un diplomático risueño y convincente. No sé de dónde sacó lo del perro mediano y quiero mostrarme severo, sé que el asunto tiene cola y ladra. La niña viene en su ayuda, sin palabras maneja los mismos argumentos y al fin me dice: papá un perro mediano es chiquito, es bueno; entonces me río y ellos me abrazan y se ponen a hacer otra cosa y se olvidan del perro mediano.
Yo los miro en su juego y hay un momento en que estoy a su altura, en que el sol y las nubes están conmigo; siento que viene un carro y me levanto, corretean por el jardín y son muchachos sin noción del peligro. Pasa el carro y me quedo tranquilo. Yo sabía que los niños siempre quieren un perro, ahora sé que es mediano, que mediano es chiquito y bueno, lo adultos a veces comprenden la felicidad de un niño.
Los niños siempre quieren un perro y yo quise uno. Los niños siempre prometen que lo cuidarán y mi hermano y yo lo prometimos. Los niños nunca cuidan del perro y los padres lo saben pero nos permitieron aquella perrita medio amarilla; los adultos a veces comprenden la felicidad de un niño.
Mis hijos también quieren un perro, todavía son pequeños y no es un deseo pujante; dentro de un tiempo nos abordarán en el desayuno y la cena, y antes de la bendición, en la noche, pedirán un perrito con voz quejumbrosa y yo no tendré voluntad para negarme por mucho tiempo.
Es inevitable que uno se vea reflejado en sus propios hijos y de algún modo vuelva a ser niño. La infancia es la luz de los hombres y cuando no lo es hay un dolor muy grande, hay días en que uno quiere volver a aquella casa y de puntillas asomarse otra vez a la ventana o al muro prohibido. Hay días en que el mundo se te viene encima y entonces recuerdas que alguna vez fuiste un niño y te cuidaban.
Mis hijos juegan, el varón ya comenzó la escuela y la pequeña corre, baila, yo los veo reír con risa pícara y me digo: Dios mío como crecen y el tiempo transcurrido te parece un instante y acaso es un instante. ¿Cómo cuidarlos Dios mío? ¿Cómo hacer que sean vidas felices las suyas?
La madre se desvela, ella entiende la felicidad y el dolor de los niños mejor que yo, su comprensión profunda es un privilegio de la maternidad, una intuición que nos ha sido negada. Me deleito cuando ella los abraza, me embarga su risa y experimento por qué es sagrado el amor.
El niño me explica las ventajas de un perro mediano, sabe dar sus razones, es un diplomático risueño y convincente. No sé de dónde sacó lo del perro mediano y quiero mostrarme severo, sé que el asunto tiene cola y ladra. La niña viene en su ayuda, sin palabras maneja los mismos argumentos y al fin me dice: papá un perro mediano es chiquito, es bueno; entonces me río y ellos me abrazan y se ponen a hacer otra cosa y se olvidan del perro mediano.
Yo los miro en su juego y hay un momento en que estoy a su altura, en que el sol y las nubes están conmigo; siento que viene un carro y me levanto, corretean por el jardín y son muchachos sin noción del peligro. Pasa el carro y me quedo tranquilo. Yo sabía que los niños siempre quieren un perro, ahora sé que es mediano, que mediano es chiquito y bueno, lo adultos a veces comprenden la felicidad de un niño.
El evangelio según Saramago
El evangelio de Saramago pasa por el hueco de mis manos.
El evangelio de Saramago me quitó la voz.
El evangelio de Saramago es la historia de nombres olvidados por el bien de todos.
El evangelio de Saramago cuenta medias mentiras a la barriga llena.
El evangelio de Saramago puede ser en Lisboa, en Milán, en París.
El evangelio de Saramago me aburre desde niño.
El evangelio de Saramago terminó felizmente en Berlín.
El evangelio de Saramago sigue escuchándose cerca de las brasas,
igual que una historia de súcubos
sirve para asustar a una muchacha.
El evangelio de Saramago me quitó la voz.
El evangelio de Saramago es la historia de nombres olvidados por el bien de todos.
El evangelio de Saramago cuenta medias mentiras a la barriga llena.
El evangelio de Saramago puede ser en Lisboa, en Milán, en París.
El evangelio de Saramago me aburre desde niño.
El evangelio de Saramago terminó felizmente en Berlín.
El evangelio de Saramago sigue escuchándose cerca de las brasas,
igual que una historia de súcubos
sirve para asustar a una muchacha.
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