19 de noviembre de 2007

Los venezolanos

Por Eduardo Mesa

Los venezolanos tienen un dictador en ciernes y un remedo del café Versalles que se llama Arepazo, el lugar ideal para un discurso, para un festín de arepas.

Los venezolanos, muy a su pesar, nos imitan; pierden su tiempo en discusiones formales, en la agotadora tarea de criticar a Chávez y conceptualizar el chavismo. Se enredan en desacreditar a los posibles líderes y no comprenden que los esquemas de la política tradicional no sirven para enfrentar a esa marea de camisas rojas.

Los escucho, los veo y no logro salir de mi asombro: "que las fuerzas armadas van a dar un golpe", "que no vamos a ser tan cobardes de permitir eso", "que los estudiantes tomaron las calles" y en el exilio, como si fuera un juego, se suponen gobiernos.

Ellos tienen un monstruo que no merecen y se resisten a aprender de la historia, poco a poco, desde la nostalgia ignorarán las grietas de aquella sociedad que un día alumbró al chavismo. Dentro de veinte años (ya falta poco) habrá una Venezuela perfecta en la memoria y en esa ciudad arrecha de Miami que se llama Doral comenzarán a aparecer las avenidas clónicas de Caracas.

Los venezolanos todavía poseen algunas libertades, pero es cuestión de tiempo, la enfermedad del totalitarismo concita complicidades y deshace en multitud de hombres cualquier escrúpulo, conoce a fondo las miserias humanas y juega con lo peor de ellas.

También están los pobres, los que creen que emergerán en este mundo nuevo, los que parecen tener por primera vez un espacio en una realidad que aparentemente los dignifica: hay un salario mínimo para estudiar y un consultorio médico y una escuela; los pobres serán los primeros en ceder una libertad que hasta ahora les ha servido de poco.

Los venezolanos aún pueden quitarse a Chávez de encima; será un gran esfuerzo posponer las diferencias, los intereses de cualquier índole y concentrarse en derrotar al déspota de manera pacífica; para esto necesitan de una unidad sin fisuras, necesitan consensuar liderazgos de prestigio y trabajar a deshora por fortalecer la sociedad civil y cualquier vestigio de democracia. Los exiliados pueden apoyar esos esfuerzos e influir en Washington, en la U. E. , en la O. N. U y en cualquier foro que lo amerite, y es que el exiliado poco más puede hacer, tiene ante sí el desafío de establecerse y esto le ocupa la energía y el tiempo. No obstante, lo que vayan a hacer unos y otros deben hacerlo pronto, mientras puedan.

Los venezolanos y muchos otros que no lo son subestiman a Chávez, sólo ven al personaje esperpéntico que canta rancheras, al petrodictador ansioso de luminarias. Yo no creo que un tonto pueda llegar tan lejos, creo que tiene un proyecto obvio y maligno, realizable a corto o mediano plazo para nuestra desdicha.

Los venezolanos, a pesar de todo, tienen varias ventajas, no están convencidos de que los americanos resolverán "el problema" y los americanos ya han dejado claro que "el problema" es de Lula, de Bachellet, de Uribe, de todos los vecinos del basto condominio al sur de Río Grande. No habrán de batallar con el mundo en su contra, recibiendo los peores epítetos mientras gobiernos, instituciones y personas aplauden al tirano; no tendrán, además, ley de ajuste ni una frontera cerrada por el mar.

Mientras todo sucede fluyen las transacciones, el Doral crece de un modo impresionante a pesar de la crisis inmobiliaria y en una esquina de la 58 street se encuentra el Arepazo, open las 24 horas del caluroso día floridano, con variedad de arepas, mesas de dominó y una tribuna ajena al tiempo, ese señor que tiene la última palabra.