Por Eduardo Mesawww.lacasacuba.com
La Navidad me trae una alegría serena con la nostalgia de navidades viejas. Llego a la Catedral, es 24 y ahí está el nacimiento que preparamos y el arbolito que se perdía en el templo inmenso, con las bolas contadas. Teníamos una imagen mediana de San José, pero faltaba la Virgen y arreglaba la Hna Socorro aquella Dolorosa que alguien salvó de los iconoclastas y que era un poco grande; con aquellas imágenes y un bendito niño se preparaba un nacimiento pobre, igual que el de Belén.
¡Qué nacimiento aquel! Había que ponerlo en perspectiva porque la Virgen era muy grande respecto a San José y el P. Salvador colocaba diez veces las imágenes hasta que se veían de la mejor manera en el establo que a duras penas fabricábamos con materiales viejos y con los palos que sobraron de alguna obra. La gruta se hacía con un papel cartucho que yo mismo “conseguía” en la imprenta en donde trabajaba y en alguna ocasión el P. Salvador me instó a que le explicara los detalles de aquel “conseguir” porque él quería predicar tranquilo en la Noche Buena.
La Hna Socorro donde quiera dejaba una flor, para ella un búcaro podía ser cualquier pomo y el Padre Salvador le decía: “Hermana, ésta es la Catedral, tenemos que buscar algo mejor para poner las flores”; pero ella siguió fiel a su costumbre de adornar los altares con búcaros improvisados, igual que en la capilla de su casa de Angola.
Socorro había sido misionera en Angola y creo que en Mozambique. En Angola conoció a los cubanos en los años de la ocupación, no tenía un mal recuerdo de ellos y más de uno, al sentirse en confianza, le contó sus tristezas. Esta experiencia la animó a irse a Cuba, su Congregación de Religiosas del Amor de Dios tiene una historia común con mi Patria. Era ya algo mayor cuando expresó el deseo de partir y sus superioras tenían grandes reparos por la edad, pero otra portuguesa, la Hna. Teresa Vaz, estaba en el gobierno de la Congregación e intercedió por ella y Socorro llegó en el primer grupo, en la avanzada de una monjas de azul que atenderían la Catedral de La Habana y el Arzobispado.
Las monjas trajeron otra vida a aquella Catedral y al mismo Arzobispado. En la Catedral la catequesis se llenó de niños con la Hna Victoria y comenzó a crecer el grupo de jóvenes. Muchos de esos niños y niñas eran adolescentes cuando cayó el muro de Berlín, comenzó el “período especial” y el auge de la prostitución. Ellas nunca lo dicen, pero su acompañamiento y ayuda material salvó a muchas de aquellas niñas, entonces adolescentes, de prostituirse, a veces presionadas por sus mismas familias. Y gracias a las monjas, aquel arzobispado estuvo más abierto al barrio y mejor custodiado por la bondad de Inmaculada y Pilar.
La Hna Socorro había sido maestra, como todas las monjas de su Congregación, y también fue formadora de novicias; tenía un gran sentido de la disciplina y trabajaba mucho, ordenó la sacristía y muchos pormenores de aquella iglesia, cosía albas, manteles, casullas; fundó en la Catedral la Legión de María (único movimiento católico que sobrevivió a la disolución del apostolado seglar y que en muchas parroquias de Cuba lleva cincuenta años de labor). Socorro no tenía para cuando acabar, se ocupaba de Caritas, de visitar a los viejos del barrio, de llevarles leche y comida; se metía en los solares, conocía a la gente y la gente la conocía a ella, no le tenía miedo a los pobres y miraba a los ojos.
Siempre la recuerdo, pero en esta Navidad me he acordado aún más de ella. Pronto se cumplirán diez años de la visita de Juan Pablo II a Cuba. Unos años antes, a principios de los noventa, se preparó una visita del Papa que luego se frustró y en aquella ocasión de todas las parroquias salimos de misión, a tocar puerta a puerta, y había que salir como los apóstoles de dos en dos y después de una oración se sortearon los acompañantes y a mí me tocó acompañarla a ella y nunca en mi vida he subido y bajado tantas escaleras. A finales de mes ya se cumplen diez años de la visita que sí se realizó, creo que para entonces Socorro ya no estaba, había regresado a Portugal, tengo entendido que más por obediencia que por voluntad; pero ella, como tantos misioneros anónimos, cubanos y extranjeros, le allanó el camino al sucesor de Pedro que solicitó al gobierno de Cuba que la Navidad volviese a ser celebrada como un día feriado.
Hace diez años que en Cuba se celebra de manera oficial la Navidad, para la Hna Socorro es mi recuerdo y para aquel nacimiento que el Padre Salvador ordenaba diez veces, hasta que conseguía que la Virgen no luciera tan grande, ni José tan pequeño.