Por Eduardo Mesa En la noche del sábado, vísperas de la Fiesta de Cristo Rey, me escribe el entrañable Luis Casacó para decirme que ha muerto en un accidente su primo hermano, el sacerdote salesiano, Hector Casacó.
No recuerdo cuando conocí a Héctor, pero es casi seguro que fue en algún encuentro o alguna convivencia, lo que sí es seguro es que han pasado veinte años o más. Que buena gente los Casacó, el gordo Pepe que después no es tan gordo, el gordo Héctor que ya tenía un no sé qué de cura y el primo Luis, flaco entonces y ahora, con aire bohemio y deseos de ver el mundo. Desde el principio nos unió la amistad, una amistad en común con otros jóvenes de la Vicaría Víbora-Calabazar que tenía entonces merecida fama de tener muy buen grupo de jóvenes.
Recuerdo a Héctor en el Seminario, llegando en bicicleta, con su gorrita de pelotero y una inalterable sonrisa. Lo recuerdo en las convivencias de adolescentes, jugando con los muchachos para luego decirme con discreción: "Mesa a esa tropa que trajiste de la Habana Vieja hay que cansarla, si no cualquiera duerme esta noche". Los cansaba jugando a la pelota, corriendo, pero los muchachos se la pasaban en grande con él, tenía ese don envidiable de divertir a los demás; nunca me pregunté si la vocación de Héctor era auténtica, él expresaba con su vida que quería ser sacerdote salesiano.
Cuando regresó de República Dominicana estuvo un tiempo en la Habana, quedamos a almorzar varias veces y hablamos largamente. Su franqueza y buen juicio se combinaban con un gran sentido del humor. Tenía ideas claras y sabía –algo que con frecuencia olvido- que en la Iglesia no hay que hacer grandes cosas, sino cosas pequeñas y hacerlas bien.
Héctor tenía una buena experiencia familiar y había sido católico desde niño; era también, como nos gusta decir en Cuba, hombre y amigo. Me dio gran alegría saber que lo tenían de formador en el noviciado salesiano en Santiago de Cuba, un hombre con su formación y carácter habría prestado un inestimable servicio en el trabajo con los jóvenes y en especial con las vocaciones de su congregación. Me escribió desde el noviciado hará cosa de un año, me contaba de sus nuevos avatares en Santiago de Cuba y me hacía reír otra vez, como siempre.
Su partida me deja una sensación de orfandad que no es nueva, que se agrava por la distancia insólita que nos separa de nuestra tierra. Tengo muy presente a su mamá que le sobrevive, a su hermano Pepe que es padre de una bonita familia y a su primo Luisito que es otro hermano; me pasan por la mente los nombres de muchos amigos comunes que sería imposible nombrar. Hoy tenemos otro amigo en el cielo, no debía estar triste pero lo estoy, la tristeza que tengo es mi falta de fe.