26 de diciembre de 2008

Ante el Amor que congrega y libera

Por Eduardo Mesa

Una de las primeras veces que oí hablar sobre la intercesión de los santos fue en una charla que ofreció el sacerdote jesuíta Bartolomé Vanrell en la Anunciata de la Iglesia de Reina: él contaba que era una hermana suya, fallecida con seis años de edad, su mayor intercesora. "¿Quién puede hacerlo mejor?" se preguntaba el P. Vanrell para luego agregar: "ella, que me quería tanto, me sigue queriendo tanto o más ante Dios." Lo creía firmemente el sacerdote, habló con tanta convicción de las experiencias en las que había sentido la intervención de su hermanita que, a pesar del tiempo transcurrido, aún lo recuerdo.

En aquel entonces, a pesar de las charlas del P. Vanrell, yo consideraba que hacer cosas era lo más importante, las cuestiones de orden espiritual me parecían un pretexto para no actuar. Dios, que es Padre de todos, hizo por mí lo mejor que podía hacer; dejarme sin acción, dejarme al margen de cualquier acontecimiento.

En esta realidad de quedar al margen que es el exilio no me he convertido en un hombre espiritual, pero poco a poco voy ganando confianza en Dios y cuando tengo esa confianza puedo mirar los acontecimientos con la esperanza de que Él obra para salvarnos, por encima de nuestras ansiedades y empeños. Hoy, por fin acepto, que Dios quiere que primero sea y luego que haga, pues mis acciones poco pueden lograr si no pasan por Él.

Es que soy cubano y comparto con mis compatriotas un desmedido aprecio por la acción, el intelecto, la fuerza, el carisma. Quizás por eso Dios ha permitido que los primeros beatos cubanos en el camino a los altares sean aquellos que no se distinguieron por realizar grandes cosas. Dios pone ante nosotros el ejemplo de López Piteira y Olallo, dos hombres sencillos que confiaron en Él, dos hombres que nos dejan con sed de Dios. Ese es quizás el mayor auxilio que recibimos de nuestros santos, ése es el mayor auxilio que he recibido de personas que he conocido y que ya no están entre nosotros.

No me extraña que la misa para la beatificación del P. Olallo, tan querido entre los camagüeyanos, congregara a tantos de ellos. Una santidad que congrega a miles de personas después de dos siglos debe inquietarnos a todos. ¿Será que hemos subestimado la capacidad de concertación de nuestros santos? ¿Será su bondad la mejor herramienta para la Paz? Cuando veo los vaivenes de la política y todo lo que anda siempre oculto en ella, comprendo que no quiero poner mi esperanza en apariencias.

El Arzobispo de Camagüey le ha dicho a Raúl Castro que podemos "hacer de Cuba la tierra más hermosa por la paz, la justicia, la libertad y la caridad y así constituir una gran familia de hermanos donde nadie dañe a nadie y todos seamos felices." Confío en Dios sobre todas las cosas para que se haga realidad este empeño. No sé qué lectura harán de esas palabras los que detentan el poder en Cuba, pero ningún poder debe ignorar indefinidamente los anhelos de paz de un pueblo.

Monseñor Felipe Esteves, cubano y obispo auxiliar de Miami, estuvo presente en la celebración, también recibió reliquias del P. Olallo que previsiblemente serán veneradas en Miami, esta debida excepción permitirá otro espacio de sanación y encuentro, signo premonitorio del abrazo definitivo de nuestro pueblo.

Hoy puedo decir, como el P. Vanrell en aquella tarde en la Anunciata de la Iglesia de Reina, que siento la intercesión de aquellos que me quisieron y me dejaron con sed de Dios. Puedo decir que confío en ellos, que creo en sus buenos oficios ante el Padre, que creo en los milagros grandes y pequeños de Piteira, de Olallo, de Varela y de tantos que han amado a Cuba y hoy están en el cielo. Ellos pueden hacer por nosotros mucho más que la medida de nuestros esfuerzos. Ellos, ante el Amor que congrega y libera también velan mi fe.