8 de marzo de 2009

La política heroica

por Eduardo Mesa

El cadáver de Fidel se resiste a morir, su alma de gánster no quiere abandonar el cuerpo agonizante, quizás intuye la desnudez del tránsito, la mirada de Dios.

Aunque no lo desee Fidel se muere, muere el viejo que deja a un pueblo acuchillado y muere el niño que vivió con rabia. Los jesuitas de Belén le dijeron que Dios nos quería como un padre, entonces Fidel pensó en el gallego Ángel Castro, prescindió de la teología y compró un revólver. Con el arma en la mano supo que no era valiente y comprendió la necesidad de una leyenda, fue entonces que escogió el oficio de revolucionario y declinó –no sabemos si amablemente- cualquier apetencia de santidad.

El comandante nunca simpatizó con Jesús, menos aún con Pedro, pero se aseguró desde el principio un panteón de mártires que él mismo condujo a la muerte. Mira que nos jodieron con las torturas de Abel Santamaría, de Renato Guitar; la épica revolucionaria del sargento torturador, esbirro-sudado-con-mocho-de-tabaco-que-aprieta-su-mocho-de-tabaco-encendido-en-el-pecho-del-joven-revolucionario-que-no-delata-a-su-célula.

Fidel mira a Cristo en la cruz y le parece un desperdicio, un Dios imbécil. Ninguno de sus seguidores llegará a Pontífice, ni siquiera Raúl, aunque lo niegue o lo afirme tres veces cada día antes del alba.

En la escuela nunca nos hablaron de Jesús, menos aun de Pedro, el hombre que sería el primer Papa, el que negó a su Maestro tres veces en la víspera de la Pasión. Nuestra historia está hecha de héroes, nuestra historia no cuenta que los héroes no siempre fueron leales a otros héroes, que a menudo se odiaron; héroes, que con la probable excepción de Martí, no escogerían a Pedro para nada.

En Cuba, el ejercicio de la política continúa teñido de heroísmo. A los opositores no les queda otro remedio que ser héroes y el cadáver de Fidel le reprocha a los penúltimos defenestrados su adicción a “la miel del poder por el cual no conocieron sacrificio alguno”.


Aquí, en el largo exilio, hay héroes verdaderos y falsos; la retórica heroica sobrevive a su rating y mucha gente tiene la tentación de construirse una leyenda.  Entre nosotros las ideas secundan al mérito, aquí por suerte nos ampara la democracia anglosajona que hace posible a Obama, allá no hay amparo posible, ni milagro que no venga de la mano de Dios.

Fidel se muere, Raúl se morirá antes o después de Fidel, la muerte de estos tipos será el signo visible del final de una época que morirá con ellos. Un tiempo de política heroica que dará paso a un tiempo diferente, donde nadie se sienta conminado a ser héroe, donde nadie tenga que callar por el miedo que tuvo o el valor que no alcanzó a tener.