Por Eduardo Mesa
www.lacasacuba.com
Parece que Fidel, antes de morirse, dijo que la Base Naval de Guantánamo nos hería como un cuchillo en el corazón y la dignidad de los cubanos. Mi socio el Válvula no conoce esta frase, a él la herida se la hicieron intentando llegar a la Base, nunca me enteré bien de los detalles, pero sé que está vivo de milagro.
Después, en el Maleconazo se desquitó a su gusto. Yo no estaba en la Habana, pero la vieja me contó que el Válvula llamó a la casa para decirme que fuera para allá, que él estaba con otros volcando unas patrullas.
Mi socio el Válvula se fue con Ariel el Beluga y el Mapo en unas cámaras de camión que les conseguí. Nunca se imaginó que aquella Base, donde quiso entrar – y que según el Cadáver de Fidel es una herida- iba a ser su casa durante un par de años. Ahora vive en Miami, pero hace mucho que le perdí el rastro.
No sé cómo será el Válvula hoy en día, pero el de antes, se hubiera encabronado con la gente que quiere que los americanos suelten la Base. Y eso que nunca habló con Momblant, aquel viejito guantanamero que vendía cigarros al menudeo en el portal de la Iglesia del Carmen. Según Momblant la base trajo prosperidad a Guantánamo y más que quitarla -si él fuera el Comandante o el Presidente- lo que haría es alquilarla. Parece que Momblant, además de vender cigarros al menudeo, fungía como asesor de los alemanes, esos que le guapearon al gobierno de Bush para que no se llevara una de aquellas bases que se instalaron cuando la Guerra Fría. A lo mejor no fueron los consejos de Momblant y esos alemanes que protestaron eran unos entreguistas, y unos plattistas, y unos materialistas; pero en aquel pueblo de Alemania la Base era el sustento de miles de familias.
Visto lo visto no sé qué será lo mejor, si quitar esa Base Naval de Guantánamo para lavar la honra del Ejército Libertador –como me dijo un día el fallecido Agapito Menéndez- o alquilar más terreno para otras Bases y sacar un dinero, que falta nos va a hacer.
Habrá que ver, habrá que consultar a los estudiosos del Derecho Internacional para que dictaminen sobre materia tan farragosa y hacer un referendo donde decidiremos, soberanamente, qué hacer con la Base; aunque lo más probable es que cuando llegue ese momento tan democrático los americanos salgan corriendo de allí sin esperar a que se lo pidamos, ahorrándonos la jurisprudencia y la polémica.
En fin, compatriotas, cualquiera sabe lo que nos tiene reservado el futuro, lo que si me gustaría mucho es saber del Válvula; si alguien lee estas líneas y sabe de él, que por favor me avise.
31 de enero de 2010
21 de enero de 2010
Tarzán y Luis
Por Eduardo Mesa http://www.lacasacuba.com/Tarzán era bajito, el tipo chiquitico que hace pesas para ponerse fuerte, que aprende artes marciales para que no lo abofeteen cada dos cuadras. Cuando lo conocí manejaba un montacargas y vestía como un ranger, era un Rambo cubano con botas "Centauro" que descargaba una rastra cargada de bovinas en tres cuartos de hora.
Tarzán "explotó" porque tenía una fábrica de velas con unos socios, lo agarró un patrullero descargando dos toneladas de parafina en un solar. Se pasaba el día ofreciendo las velas en el trabajo: “oye tengo velas, para los santos y los apagones”.
Le echaron varios años para cumplirlos en el Combinado. Se destacó pronto en el “Tanque” repartiendo estrallones. Lo sacaron de allí porque el MININT buscaba entrenadores para la PNR. Tarzán terminó trabajando en la Unidad de Zanja.
Luis era diferente, era un hombrón que imponía respeto con su presencia. Vino muy joven para La Habana y desde entonces fue carnicero. Un día me reveló uno de los secretos de su oficio: el truco de la merma. Los carniceros pesaban el rollo de papel para envolver la carne, 30 libras de papel, 30 libras de carne que sobran.
Luis siempre quiso tener un Chevrolet, se compró el modelo del 52, no había pasado un mes cuando llegaron con la orden de registro. Aunque no le pudieron probar nada, lo condenaron por "convicción", tuvo suerte y fue a dar a una "Granja". Lo sacaban a cortar caña, pero no estaba en régimen de cárcel, su mujer le llevaba una "jaba" cada 15 días. A los pocos meses Luis tenía rendimiento de machetero millonario, al año era Vanguardia Nacional del Trabajo.
A finales de Abril la mujer de Luis, amiga de mi madre, llamó a mi casa. Luis, por ser Machetero Millonario, iba a estar en la Tribuna del Primero de Mayo en la Plaza. Aquel Primero de Mayo vimos a Luis en la Televisión, con sombrero de guano, un pullover naranja con la efigie de Lázaro Peña, en su pecho brillaba una medalla de Vanguardia. Después del acto regresaría a la “Granja”, se le veía tranquilo como siempre.
En la silla de al lado se sentó un joven oficial del MININT, algo pequeño para su oficio. Cualquiera afirmaría que aquellos hombres tenían poco en común, así también lo pensarían ellos que apenas se saludaron. Aquel oficial del MININT era Tarzán, un Rambo cubano fabricante de velas, que por otra sinrazón del destino, también estuvo en la Tribuna de aquel Primero de Mayo en la Plaza.
14 de enero de 2010
Jochimón (Segunda Parte)
Por Eduardo Mesa
http://www.lacasacuba.com/
En Febrero hará un año que llegó Jochimón, ya no piensa en traer a la novia políglota que se quedó en la Habana y se mueve por todo Miami en un Honda del 99 que pagó cash con sus ahorros. El otro día lo vi con la vecinita Hana Montana por Main Street en Miami Lakes, pero seguí de largo porque alguna vez aprendí que el onceno mandamiento es “no pasmar”. Sé que le manda dinero a su madre y que piensa viajar pronto a la Isla, siempre le causa asombro mi temor al regreso.
Jochimón ya domina los términos, los tópicos, las nuevas frases hechas y repite consignas del mercado con la misma indolencia con que una vez…. ya saben. El hombre nuevo, es el nuevo cliente de los vendedores, por eso a la semana ya tenía trabajo en la televisión Carlos Otero, no es cierto que en inglés los programas de entretenimiento sean mejores, los mercaderes han encontrado el queso que gusta a estos ratones. De cualquier forma, a él nadie le ha mostrado otra cosa; para una buena parte de esta gente que llega, ser cubano es ser chévere, resolver, buscar el billete y en el primer chance que tengan volver, allá están la familia, los socios y una novia políglota que espera en la estación.
Aquí hay quien se pregunta qué hacer para llegar a Cuba, pero Cuba llega a aquí todos los días y preferimos ignorarla. No es fácil la cosa porque Jochimón no está solo, en Miami están la mayor parte de los socios de la escuela y del barrio, tienen su propio ambiente, su propia nostalgia y les da lo mismo tomarse una Heineken con Max Lesnik que con Pérez Roura. Nadie quiere coger el toro por los cuernos, que es entrarle a esta parte de la nación cubana con algo más que los conciertos que prepara Hugo Cancio o con discursos que no les dicen nada.
Ni la Iglesia sabe qué hacer con esta gente, que cree en la Caridad, en Santa Bárbara, que recibió el Bautismo en los ochenta y acaso sabe rezar el Padre Nuestro. Gente que no es católica a la usanza de aquellos que llevaron las antorchas en aquel Congreso del 59, aunque después la Iglesia quedó a oscuras, con Luz pero sin luces.
El pobre Jochimón no sabe que su estampa provoca este monólogo, debía preguntarme qué haría él si supiera mis elucubraciones. Mientras yo me decido a hablarle de estas cosas, Jochimón prepara su primer viaje a Cuba, de lo que lleva en sus maletas poco es nuestro, pero él no lo sabe, ni le importa. Su pasaporte azul llegó hace una semana, me explica que “cualquiera” puede viajar a Cuba, con este pasaporte “habilitado".
Adjunto Jochimón (Primera Parte) http://www.lacasacuba.com/2009/02/jochimon_6203.html
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En Febrero hará un año que llegó Jochimón, ya no piensa en traer a la novia políglota que se quedó en la Habana y se mueve por todo Miami en un Honda del 99 que pagó cash con sus ahorros. El otro día lo vi con la vecinita Hana Montana por Main Street en Miami Lakes, pero seguí de largo porque alguna vez aprendí que el onceno mandamiento es “no pasmar”. Sé que le manda dinero a su madre y que piensa viajar pronto a la Isla, siempre le causa asombro mi temor al regreso.
Jochimón ya domina los términos, los tópicos, las nuevas frases hechas y repite consignas del mercado con la misma indolencia con que una vez…. ya saben. El hombre nuevo, es el nuevo cliente de los vendedores, por eso a la semana ya tenía trabajo en la televisión Carlos Otero, no es cierto que en inglés los programas de entretenimiento sean mejores, los mercaderes han encontrado el queso que gusta a estos ratones. De cualquier forma, a él nadie le ha mostrado otra cosa; para una buena parte de esta gente que llega, ser cubano es ser chévere, resolver, buscar el billete y en el primer chance que tengan volver, allá están la familia, los socios y una novia políglota que espera en la estación.
Aquí hay quien se pregunta qué hacer para llegar a Cuba, pero Cuba llega a aquí todos los días y preferimos ignorarla. No es fácil la cosa porque Jochimón no está solo, en Miami están la mayor parte de los socios de la escuela y del barrio, tienen su propio ambiente, su propia nostalgia y les da lo mismo tomarse una Heineken con Max Lesnik que con Pérez Roura. Nadie quiere coger el toro por los cuernos, que es entrarle a esta parte de la nación cubana con algo más que los conciertos que prepara Hugo Cancio o con discursos que no les dicen nada.
Ni la Iglesia sabe qué hacer con esta gente, que cree en la Caridad, en Santa Bárbara, que recibió el Bautismo en los ochenta y acaso sabe rezar el Padre Nuestro. Gente que no es católica a la usanza de aquellos que llevaron las antorchas en aquel Congreso del 59, aunque después la Iglesia quedó a oscuras, con Luz pero sin luces.
El pobre Jochimón no sabe que su estampa provoca este monólogo, debía preguntarme qué haría él si supiera mis elucubraciones. Mientras yo me decido a hablarle de estas cosas, Jochimón prepara su primer viaje a Cuba, de lo que lleva en sus maletas poco es nuestro, pero él no lo sabe, ni le importa. Su pasaporte azul llegó hace una semana, me explica que “cualquiera” puede viajar a Cuba, con este pasaporte “habilitado".
Adjunto Jochimón (Primera Parte) http://www.lacasacuba.com/2009/02/jochimon_6203.html
5 de enero de 2010
El libro de Juanita Castro

Por Eduardo Mesa
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Después de leer una biografía del Papa Alejandro VI asumí para siempre una de las conclusiones de su autor, ese genio olvidado que fue Orestes Ferrara: la historia de una familia no debe ser construida solo con testimonios de sus enemigos. Es por eso que me animé a comprar el libro de Juanita Castro “Fidel y Raúl, mis hermanos”.
Es cierto que este relato de familia contribuye a demoler lo poco que va quedando del mito fidelista. En el libro de Juanita, Fidel Castro aparece tal cual es: un narcisista capaz de cualquier cosa por alcanzar el poder y permanecer en él, un sujeto con una manifiesta incapacidad de amar a nadie que no sea él mismo, alguien insalvable ante el juicio de la historia. Con Raúl, sin embargo, no ocurre lo mismo, el querido “Muso” se presenta como alguien sensible, tierno con la familia, razonable, práctico, arrastrado por el Máximo Líder a esa locura de poder y de sangre llamada Revolución. El Raúl de Juanita es alguien que torció el rumbo por culpa de su hermano, alguien recuperable si condujera una transición democrática en la Isla, una visión coincidente con la que se ofrece en el libro “Después de Fidel: La Historia Íntima del Régimen de Castro y el Próximo Líder de Cuba” escrito por Brian Latell, quien fuera hasta hace unos años el máximo oficial de inteligencia a cargo de Cuba y Latinoamérica.
Juanita nos describe el matrimonio de sus padres y la vida en Birán de un modo idílico, algo que contrasta con lo que comúnmente se ha contado de ese lugar y de los personajes que lo habitaron; no soy quien para desmentirla, pero me inclino a pensar que la verdad debe andar extraviada en un término medio entre la habitual descripción de su padre Ángel Castro como un terrateniente español sin escrúpulos y la definición franciscana “de que Ángel era el hombre más bondadoso del mundo” que nos reitera la protagonista de este largo relato.
De cualquier modo, lo que seguirá alimentando la curiosidad de profesionales de las ciencias sociales, periodistas y escritores del mundo entero es el hecho histórico que de allí, de Birán, salieron dos sujetos capaces de secuestrar un país entero y cometer sin el menor asomo de pudor o de duda tantos crímenes. No obstante, es comprensible que al final de su vida Juanita se decida a contar su verdad, a contrarrestar lo que ella asume como un escarnio a la memoria de sus padres y abuelos. Es una pena que varios de los aludidos en su libro – que pudo ser publicado antes según su autora- no vivan para leerlo, me hubiera gustado conocer la reacción de algunos, en especial la de Orlando de Cárdenas a quien se deja en el papel de “chivato” sin otro fundamento que el rumor y la sospecha. Alguien que reclama respeto para los suyos debió tener cuidado con estos detalles.
Un dato curioso es que en estas memorias se contradice la versión del comandante Hubert Matos de que Camilo Cienfuegos no era comunista, de que Fidel sintiera celos de este o lo percibiera como una amenaza que al fin le costaría la vida. Juanita afirma que Camilo estaba influenciado por la ideología de sus padres a quienes identifica como militantes del Partido Socialista Popular; para ella, según su experiencia y conocimiento, Camilo se hubiera plegado a cualquier deseo de Fidel y nunca lo hubiera enfrentado, por eso se inclina a pensar que la muerte del comandante Cienfuegos se debió a un accidente fatal.
Su retrato del Che, de Almeida, de Celia y de otros que han sido presentados como héroes de gesta, nos revela la verdadera naturaleza de estos personajes, algo de agradecer para el provecho de las generaciones presentes y las venideras. Su forma de narrar los acontecimientos, escritos con oficio por la periodista María Antonieta Collins, alcanza la verosimilitud necesaria para un libro como este, donde debe ser muy difícil para su autor -como reza el refranero popular- ser juez y parte.
Amparada, en la verosimilitud que el libro alcanza, se concita la idea de que todos los Castro no son malos, o para ser más exacto, que uno solo es el malo y que las nuevas generaciones nada tienen que ver con las anteriores: que la “musita” Mariela es rebelde como su tía, que hay muchos Castro dispersos por el mundo y que son honrados y prósperos. Esta es una reflexión oportuna cuando el cadáver de Fidel se demora en escoger mortaja y se terminan de atar los cabos para una sucesión que se enfoca peligrosamente en los más jóvenes, quienes participan cada vez más activamente en la dictadura de sus padres. Para Fidel y Raúl pocas cosas serian más gratificantes que una dinastía de longevidad borbónica.
No creo que la justicia del futuro alcance a los hijos de Fidel y Raúl, les agradecería que un día no muy lejano se vayan para siempre, que gasten el dinero en Ibiza, que se construyan hermosas mansiones en la Coruña, que vivan como príncipes, eso sí, lejos de nosotros. Ni un ápice de mí se molestará en ellos, ni creo que a mucha gente le interese seguir el rastro de sus fortunas. Los próximos gobiernos democráticos no querrán gastar lo poco que habrá en sus arcas en perseguir el escurridizo rastro que dejan los millones perdidos por los hermanos Castro y sus descendientes.
Los esfuerzos de Juanita Castro por liberar a Cuba de una dictadura encabezada por sus dos hermanos merecen nuestra admiración y respeto, su testimonio resultará valioso para historiadores y bibliógrafos. Yo conservaré su libro como conservo otros, no lo extrañaré si lo pierdo, no tanto al menos como esa biografía de Orestes Ferrara sobre Alejandro VI que leí hace años, un libro con hermosas capitulares, encuadernado en piel, como era usual en esos libros viejos.
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Después de leer una biografía del Papa Alejandro VI asumí para siempre una de las conclusiones de su autor, ese genio olvidado que fue Orestes Ferrara: la historia de una familia no debe ser construida solo con testimonios de sus enemigos. Es por eso que me animé a comprar el libro de Juanita Castro “Fidel y Raúl, mis hermanos”.
Es cierto que este relato de familia contribuye a demoler lo poco que va quedando del mito fidelista. En el libro de Juanita, Fidel Castro aparece tal cual es: un narcisista capaz de cualquier cosa por alcanzar el poder y permanecer en él, un sujeto con una manifiesta incapacidad de amar a nadie que no sea él mismo, alguien insalvable ante el juicio de la historia. Con Raúl, sin embargo, no ocurre lo mismo, el querido “Muso” se presenta como alguien sensible, tierno con la familia, razonable, práctico, arrastrado por el Máximo Líder a esa locura de poder y de sangre llamada Revolución. El Raúl de Juanita es alguien que torció el rumbo por culpa de su hermano, alguien recuperable si condujera una transición democrática en la Isla, una visión coincidente con la que se ofrece en el libro “Después de Fidel: La Historia Íntima del Régimen de Castro y el Próximo Líder de Cuba” escrito por Brian Latell, quien fuera hasta hace unos años el máximo oficial de inteligencia a cargo de Cuba y Latinoamérica.
Juanita nos describe el matrimonio de sus padres y la vida en Birán de un modo idílico, algo que contrasta con lo que comúnmente se ha contado de ese lugar y de los personajes que lo habitaron; no soy quien para desmentirla, pero me inclino a pensar que la verdad debe andar extraviada en un término medio entre la habitual descripción de su padre Ángel Castro como un terrateniente español sin escrúpulos y la definición franciscana “de que Ángel era el hombre más bondadoso del mundo” que nos reitera la protagonista de este largo relato.
De cualquier modo, lo que seguirá alimentando la curiosidad de profesionales de las ciencias sociales, periodistas y escritores del mundo entero es el hecho histórico que de allí, de Birán, salieron dos sujetos capaces de secuestrar un país entero y cometer sin el menor asomo de pudor o de duda tantos crímenes. No obstante, es comprensible que al final de su vida Juanita se decida a contar su verdad, a contrarrestar lo que ella asume como un escarnio a la memoria de sus padres y abuelos. Es una pena que varios de los aludidos en su libro – que pudo ser publicado antes según su autora- no vivan para leerlo, me hubiera gustado conocer la reacción de algunos, en especial la de Orlando de Cárdenas a quien se deja en el papel de “chivato” sin otro fundamento que el rumor y la sospecha. Alguien que reclama respeto para los suyos debió tener cuidado con estos detalles.
Un dato curioso es que en estas memorias se contradice la versión del comandante Hubert Matos de que Camilo Cienfuegos no era comunista, de que Fidel sintiera celos de este o lo percibiera como una amenaza que al fin le costaría la vida. Juanita afirma que Camilo estaba influenciado por la ideología de sus padres a quienes identifica como militantes del Partido Socialista Popular; para ella, según su experiencia y conocimiento, Camilo se hubiera plegado a cualquier deseo de Fidel y nunca lo hubiera enfrentado, por eso se inclina a pensar que la muerte del comandante Cienfuegos se debió a un accidente fatal.
Su retrato del Che, de Almeida, de Celia y de otros que han sido presentados como héroes de gesta, nos revela la verdadera naturaleza de estos personajes, algo de agradecer para el provecho de las generaciones presentes y las venideras. Su forma de narrar los acontecimientos, escritos con oficio por la periodista María Antonieta Collins, alcanza la verosimilitud necesaria para un libro como este, donde debe ser muy difícil para su autor -como reza el refranero popular- ser juez y parte.
Amparada, en la verosimilitud que el libro alcanza, se concita la idea de que todos los Castro no son malos, o para ser más exacto, que uno solo es el malo y que las nuevas generaciones nada tienen que ver con las anteriores: que la “musita” Mariela es rebelde como su tía, que hay muchos Castro dispersos por el mundo y que son honrados y prósperos. Esta es una reflexión oportuna cuando el cadáver de Fidel se demora en escoger mortaja y se terminan de atar los cabos para una sucesión que se enfoca peligrosamente en los más jóvenes, quienes participan cada vez más activamente en la dictadura de sus padres. Para Fidel y Raúl pocas cosas serian más gratificantes que una dinastía de longevidad borbónica.
No creo que la justicia del futuro alcance a los hijos de Fidel y Raúl, les agradecería que un día no muy lejano se vayan para siempre, que gasten el dinero en Ibiza, que se construyan hermosas mansiones en la Coruña, que vivan como príncipes, eso sí, lejos de nosotros. Ni un ápice de mí se molestará en ellos, ni creo que a mucha gente le interese seguir el rastro de sus fortunas. Los próximos gobiernos democráticos no querrán gastar lo poco que habrá en sus arcas en perseguir el escurridizo rastro que dejan los millones perdidos por los hermanos Castro y sus descendientes.
Los esfuerzos de Juanita Castro por liberar a Cuba de una dictadura encabezada por sus dos hermanos merecen nuestra admiración y respeto, su testimonio resultará valioso para historiadores y bibliógrafos. Yo conservaré su libro como conservo otros, no lo extrañaré si lo pierdo, no tanto al menos como esa biografía de Orestes Ferrara sobre Alejandro VI que leí hace años, un libro con hermosas capitulares, encuadernado en piel, como era usual en esos libros viejos.
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