24 de septiembre de 2010

Una máquina

Por Eduardo Mesa

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Mayito era instalador de alarmas, subía a los techos primero que nadie, llegó recomendado por uno de los jefes. La gente al principio le cogió miedo, pero a los pocos días ya estaba jaraneando con todos. Mayito no era chiva, ni le tenía miedo al trabajo. Pasado un tiempo ya nadie reparaba en él, pero a mí me seguía intrigando su habilidad para subir tan rápido a las alturas y superar cualquier obstáculo.

Un día le pregunté si había sido trapecista o ladrón de palomas en Centro Habana y entonces me contó que estuvo en Tropas Especiales: era paracaidista, experto en artes marciales y en manejar varios tipos de armas. También le pregunté qué tiempo le tomaría matarme con sus manos y sonriendo me respondió que poco. Mayito dejó la compañía en donde trabajábamos porque le hicieron una mejor oferta, antes de que se fuera hablamos varias veces sobre la vida en las Tropas Especiales, de la arrogancia del general José Abrantes y los hermanos La Guardia, que se vestían como los “rangers” y portaban armas muy distintas a las que usaba la tropa. Mayito era sincero, ante cualquier pregunta hablaba claro; por eso quise saber que hubiera hecho ante la orden de matar civiles, me dijo muy sereno que él habría disparado: “Mesa, en aquella época, yo era una máquina”.

El Willy es otro socio que trabajó conmigo aquí en Miami. En Cuba fue ayudante de un general borracho y cuando se cansó del aliento etílico de su jefe y de trapichear carne rusa, pidió salir de aquello; no recuerdo los detalles pero el Willy, que ya era teniente, salió de las FAR rumbo al DTI con la “sagrada misión” de custodiar los bienes de la Revolución en la Aduana del Puerto. Muy pronto comenzó el negocio de la leche en polvo, escondían los sacos de leche en polvo en una alcantarilla dentro de la aduana y después los sacaban en un carro del DTI. Todo el equipo estaba de acuerdo, la fiesta les duró algo más de un año y al final los cogieron. El Willy estuvo detenido varias semanas, su jefe inmediato era un capitán que consiguió que ninguno del grupo cayera preso. El Willy fue expulsado deshonrosamente de las FAR, del MININT y de todas partes. Al Willy le pregunté qué hubiera hecho ante la orden de matar civiles, me dijo que nunca se vio en la disyuntiva de dispararle a alguien, pero probablemente, ante la orden de hacerlo, hubiera disparado.

Asdrúbal era mi amigo en la secundaria, los padres de Asdrúbal eran pinchos, cuando terminamos noveno grado él fue a los Camilitos y yo me fui a un Pre Universitario en el campo. Por un tiempo tenía noticias de Asdrúbal, pero después comenzaron a escasear los encuentros y a faltar las noticias. Siempre me acompañó el pensamiento “qué será de la vida de Asdrúbal”. Después de veintitantos años volvimos a encontrarnos aquí en Miami, a los dos nos alegró el encuentro. El es un hombre felizmente casado, próspero empresario, practica en alguna Iglesia y sus hijas van a la escuela dominical.

Asdrúbal llegó a ser piloto de combate, me aseguró que volando en su MIG nadie se le hubiera escapado. “Las órdenes las dan en el aire y son simples: gira tanto a tu izquierda o tu derecha, localiza el objetivo y dispara”.

Estos tres hombres tienen en común la elección que un día, por su propia voluntad, hicieron; también comparten el hecho de que se fueron de Cuba cuando la crisis de los Balseros, era su única oportunidad de escapar y la aprovecharon. Todos tienen una vida nueva en Miami con sus familias y ahora son cubanoamericanos ejemplares.

Los tres se atreven a mirar su pasado y comparten la certeza de que habrían cumplido sus órdenes. Cada uno era, de algún modo, como una máquina

16 de septiembre de 2010

Por cuenta propia

Por Eduardo Mesa
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Llegué de la escuela y salí a la azotea para jugar un rato, mi casa daba a un costado de la Segunda Unidad de la Policía Nacional Revolucionaria que está en la calle Dragones mirando a Zanja; yo solía asomarme para ver, por las ventanas de la Unidad, a los guardias que practicaban judo y otras artes marciales. Aquella tarde en el colchón del judo, en vez de guardias dándose empujones, dormían varias mujeres, otras sentadas en el tatami conversaban en pequeños círculos. Nadie me dijo lo que ocurría, pero a fuerza de escuchar lo supe: la policía había hecho una redada entre los artesanos de la Catedral, estas personas aunque estaban autorizadas a vender sus productos no podían justificar el origen de las materias primas que utilizaban, los camiones grises venían llenos de gente, cayeron como moscas.

Una maestra, compañera de mami tenía licencia de artesana y la detuvieron, el esposo fue a preguntar por ella a la estación de policía y también lo dejaron preso, los dos cumplieron, ella varios meses y el varios años. Yo trataba de descubrir a la compañera de mami entre aquellas mujeres que abarrotaban el inmenso salón de los entrenamientos, podía ser aquella que fumaba en un rincón o alguna de las que no se levantaban nunca o aquella, que se asomaba nerviosa a las ventanas, buscando a alguien.

Durante varios días los familiares de los detenidos se agruparon en el parquesito frente a la Unidad, era la única forma de tener noticias y pasarles un poco de café y alguna pertenencia, los hombres estaban en las celdas de abajo, unas celdas tapiadas con planchas de acero que eran inaccesibles desde la calle. Poco a poco el salón de judo se fue vaciando y yo no supe más de aquellas mujeres y nadie en la casa volvió hablar de aquel suceso en mucho tiempo.

En los ochenta ya era un hombre, o un muchacho grande que se cree un hombre, entonces se inventó el cuento del cuenta propismo y cobró fuerza, porque los pedazos de ladrillo del muro de Berlín picaban cerca. El cardenal Ortega estaba entusiasmado con la idea de la pequeña empresa y hablaba de ese asunto con los jóvenes de las parroquias, la liberalización de algunas actividades se veía como un signo de cambio, como una pequeña brecha en el totalitarismo. Varios amigos nos animamos a proyectar una empresa de fumigación: Osvaldo Bernal, Pedro Romero (el Cuco), Raulito León y yo; en ese tiempo estábamos metidos en la Pastoral de Jóvenes Trabajadores, encontrar vías para independizarnos del Estado era el anhelo de muchos.

Conseguimos la ayuda de un Ingeniero que trabajaba en la fumigación de hoteles, el hombre también se entusiasmó con la idea y nos preparó un libro con todas los requerimientos técnicos. Osvaldo, Cuco y Raulito tenían experiencia en el tema (en realidad el único que nunca había matado bichos al por mayor era yo). Caritas Habana nos ayudó a terminar el proyecto, le dedicamos varios meses de trabajo y según los expertos que lo revisaron tenía grandes posibilidades de conseguir financiamiento.

Estábamos eufóricos, tendríamos nuestra pequeña empresa; el estado sólo otorgaba licencias individuales pero daba igual, nosotros lo habíamos soñado juntos y sentíamos que lo nuestro era una empresa. Cuando intentamos comprar los insumos el castillo empezó a desmoronarse, fuimos a un par de firmas extranjeras y nos recibieron amablemente, recuerdo lo que hablé con un representante de la Bayer: él fue quien me aclaró el procedimiento, sólo podían vender a través de CUBALSE, estaban atados por ese “requisito”, no tenían libertad para operar “por cuenta propia”.

El proyecto de nuestra empresa sirvió para explicarle a muchos visitantes porqué no funcionaba la alternativa del cuenta propismo, una ilusión que poco a poco comenzó a languidecer hasta que desapareció casi por completo.

La obtención de los insumos sigue siendo un gran escollo para cualquier actividad privada en Cuba, este “detalle” facilita la coartada que la policía necesita para detenerte cuando cambien las orientaciones.

El país debe andar muy mal cuando los que gobiernan se han decidido a abrir otra vez esta pequeña válvula. A pesar de que nos han engañado muchas veces, yo me alegro del regreso al cuenta propismo. El régimen anuncia sin recato que prescindirá de millares de trabajadores y al hacerlo renuncia a una parte importante del control sobre sus súbditos. El régimen, otrora poderoso, se sabe cada vez más débil y por eso acepta el pulso de esta mínima pero peligrosa liberalización.

Esta vez dicen que venderán libremente los insumos, que los cuenta propistas podrán operar en varias provincias, que podrán arrendar locales. Desde Miami, la ciudad que algunos se empeñan en caricaturizar, llegará la solidaridad de la familia y los amigos.

Aunque otras veces les ha salido bien la jugada de abrir para después cerrar, yo me inclino a pensar que en esta ocasión la gente no se dejará arrebatar fácilmente lo suyo, los cubanos de hoy saben que las pequeñas posesiones y espacios que alcancen serán cuestión de vida o muerte y tengo la idea de que se dejarán matar antes de perder aquellas cosas que significan su supervivencia. Cada vez hay menos lugares a donde huir y muchos de ellos saben que su vida no tiene otra opción para realizarse que el lugar donde les tocó nacer.

Los que gobiernan en Cuba no son amantes de las libertades, pero no se puede navegar contra la naturaleza humana indefinidamente; tendrán que liberar la actividad económica de un modo más amplio y los cuenta propistas podrán comprar libremente las cosas que necesitan. Si repiten el ejercicio de abrir un poco para volver a cerrar, si persisten en la estrategia del cinismo, no les quedará otra opción que enfrentar a estos hombres y mujeres en en las calles; esta vez, tendrán que matarlos a todos, ellos son los que ya no tienen nada que perder, ni lugar a donde huir; son los que han aprendido a vivir por cuenta propia, los que sellarán, de una vez y por todas, el final de ese triste régimen.

La mano

Por Eduardo Mesa
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Era verano, llegamos a casa de Landy con la promesa de unas limonadas y la conversación se extendió hasta muy tarde. Landy era devoto de Carpentier, él fue quien me recomendó “Viaje a la semilla” un cuento que empieza al revés. Yo no lograba separar al genial escritor de su imagen, un comunista que hablaba con la lengua enredada y vivía en París. Ignacio y Guillermito también metían la cuchareta de vez en cuando, al final acabamos hablando de teología, mis acompañantes eran seminaristas y los seminaristas siempre terminan por hablar de estas cosas.

La madre de Landy nos ofreció una limonada con hielo y unas croquetas, un verdadero manjar en aquellos días. Corría el fresco en aquella habitación que era un poco terraza por los ventanales grandes y las plantas que tenían allí, en una jaula había cacatúas y otros pájaros que chillaban a cada rato. Era un lugar adecuado para hacer una fiesta y el menos propicio para una aparición; por eso, cuando la mano entró por la ventana, pensamos que era una broma.

La mano blanca entró por la ventana que subía desde el suelo, pasó a la altura de nuestros talones, trataba de agarrar algún objeto inexistente, nos quedamos sentados, mirándola, y cuando reaccionamos ya era tarde, la mano no estaba. Salió del mismo modo que había entrado.

Pasaron unos instantes hasta que salimos al pasillo y nos asomamos, no había nadie abajo, ni escalera alguna que sirviera para llegar a aquella altura. Era una casa moderna, de dos plantas, con un pasillo lateral que daba al patio, la habitación en donde ocurrió el hecho tenía unas persianas Miami a ras de suelo. Después de mirar en el patio y hacer las primeras conjeturas Landy pensó en un primo que vivía cerca y llamó por teléfono a su casa, pero el primo no estaba, hacia un par de días que se encontraba en Cárdenas.

Salimos a la calle, mire el reloj y eran más de las diez, el perfume de los galanes estaba en el ambiente de aquella cuadra tranquila en el reparto Bahía. Miramos las casas de los vecinos, repasamos otra vez todas las posibilidades de subir por la pared exterior hasta la habitación en donde estábamos, pero no conseguimos una explicación lógica. Regresamos a la casa y seguimos charlando, a los veinte años nadie se inquieta demasiado por un espíritu, quedaba la posibilidad –algo improbable- de una broma.

En aquella época nos veíamos con frecuencia. Un mediodía, al terminar la misa, Landy nos comentó que se iba muy pronto para España. No nos sorprendió, la mayor parte de los amigos de entonces se dividían básicamente en dos grupos: los que podían irse y los que no podían.

A Landy lo encontré, al cabo de unos años, en Barcelona; parecía un lord catalán, tenía una novia aristócrata y me ofreció conseguirme un trabajo para que me quedara. Cuando partí hacia Valencia en cumplimiento de mi itinerario fue a despedirme con su novia, se movía a sus anchas en aquel mundo, en aquella ciudad hecha a su medida.

Ignacio dejó el seminario en el primero o segundo año de teología, al salir comenzó a dar los bandazos propios de los que dejan la vida religiosa y tienen que insertarse otra vez en la lucha por la supervivencia, con razón o sin ella quedó resentido con la Iglesia Católica y pasado un tiempo se metió a predicador por cuenta propia, predicaba un día con los pentecostales, otro día con los luteranos, por estos servicios lo proveyeron de un carro y una casa prestada. Lo veía poco pero no perdimos el contacto, quería irse de Cuba a cualquier parte, antes de mi partida quedamos a almorzar un par de veces, no he vuelto a saber de él.

A Guillermito lo encontré por casualidad en Miami, me alegró mucho verlo, tampoco se ordenó; ahora está casado y tiene un hijo. Le di mi teléfono pero no conseguí que me diera el de él, eso es algo que ocurre en el exilio, sucede a veces con los que llegaron antes y a veces con los llegaron después.

En estas ocasiones que les cuento, comenté con mis tres amigos aquel suceso de la mano blanca, que buscaba, algo inasible cerca de nuestros pies. Lo curioso del caso es que yo soy el único que se acuerda de aquello, ellos lo han olvidado o acaso lo recuerdan vagamente. Yo nunca he creído en fantasmas, ni aparecidos, si a algo le temo es a los vivos pero lo cierto es que no me atreví a tocar aquella mano que entró por la ventana, que buscaba quizás algo valioso, algo que había perdido.

2 de septiembre de 2010

Sí, que la Caridad nos una


por Eduardo Mesa
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El pasado lunes 23 de Agosto en la edición digital del Nuevo Herald se preguntaba a los lectores si la Festividades de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre provocarían un cambio en Cuba. A esta pregunta solo se podía responder con un Sí o un No; es por eso que me decidí a responderla de otro modo.

Si la pregunta del Herald se refiere exclusivamente a un cambio de régimen yo marcaria que NO; aunque para Dios no hay imposibles y es cierto que en otras épocas se atribuyó el éxito en alguna batalla a la inspiración divina o la devoción a la Virgen María; lo cierto es que la presencia de Dios en la historia se caracteriza por el cambio que provoca en nuestros corazones y no por derrocar gobiernos.

Dos de los últimos presos liberados por el régimen castrista, Juan Carlos Herrera Acosta y Fabio Prieto Llorente, llevaban en sus manos al llegar al aeropuerto de Barajas una estampa de la Virgen del Cobre y otra del Sagrado Corazón de Jesús; unas imágenes que fueron desterradas de la mayoría de los hogares cubanos y que han sido restituidas gracias al tesón evangelizador de la Iglesia. El regreso de esas imágenes a nuestros hogares es un signo de conversación, un signo de CAMBIO; un cambio no tan espectacular como el que presagiaba la pregunta en el Nuevo Herald, pero no por eso menos significativo. Si se trata de este tipo de cambio yo marcaría un Sí en la citada encuesta.

El gesto de estos opositores nos indica que hay símbolos que el castrismo no ha logrado pulverizar, referencias que apelan a lo mejor de nosotros y que contribuyen a la unidad de nuestra maltrecha nación. En coherencia con la fe de nuestro pueblo, con sus tradiciones y su cultura, la Virgen de la Caridad del Cobre es también un símbolo nacional, un símbolo que invita al amor, a la justicia y a la reconciliación.

Este año, la Fiesta del 8 de Septiembre, coincidirá con la peregrinación que conmemora el IV Centenario del hallazgo de la imagen venerada en el Santuario del Cobre. “La Caridad nos une” es el lema que los obispos cubanos han escogido para acompañar estas celebraciones. Un lema que invita a mirar por encima de las cosas que nos separan, un lema que supera lo confesional y sitúa la peregrinación, que ya recorre el país, en un acontecimiento espiritual por la vida, la esperanza y la libertad de todos los cubanos.

La peregrinación de la Virgen del Cobre a lo largo y ancho del territorio nacional puede propiciar muchos cambios pequeños, que antes o después, contribuirán a ese CAMBIO grande que desea la Iglesia y que va más allá de un cambio del poder establecido.

La peregrinación de la Virgen de la Caridad busca un CAMBIO en cada cubano, porque no somos mejores que nuestros padres y abuelos, porque de nosotros también puede alumbrarse cualquier horror.

Muchos cubanos en la Isla y en el Exilio no son católicos; entre nosotros hay formas distintas de apreciar lo trascendente, pero en el Santuario se amontonan ofrendas de muy diverso origen; tesis de grado, medallas, grados militares y otros objetos que nos permiten suponer el amplio espectro religioso y político de los peregrinos, sé que muchos de ellos, mirarán con generosidad el futuro y dirán: Sí, que la Caridad nos una.

Creo en los milagros de la Virgen, aunque nada me obliga a creer en ellos. Creo que la Virgen de la Caridad del Cobre puede cambiar el corazón de los cubanos; tengo la íntima convicción de que estamos listos para apreciar, como nunca antes, el tesoro de la libertad y la paz, para decir con confianza: Sí, que la Caridad nos una.

"Juan Carlos Herrera Acosta y Fabio Prieto Llorente, llevaban en sus manos al llegar al aeropuerto de Barajas una estampa de la Virgen del Cobre y otra del Sagrado Corazón de Jesús"
( FOTO AGENCIA EFE )