20 de marzo de 2011

El Dientuso

Lo conocí de seminarista en la Catedral, era flaquito, desgarbado, con espejuelos en cara de ratón y dientuso. En cualquier barrio de la Habana difícilmente habría podido recorrer tres cuadras sin coger dos galletas, parecía inofensivo y al principio quizás lo era.

Los seminaristas de primer año iban los domingos a la Catedral para ayudar con la catequesis y por un año tuvimos al Dientuso de catequista; a mí se me antojaba ridículo su aspecto y un crucifijo grande que llevaba, pero no era pesado, ni adoptaba esa pose de santurrón didáctico que suele abundar entre los seminaristas. A pesar de su indumentaria y sus modales el Dientuso terminaba por resultar simpático.

Contrario a mis pronósticos este aprendiz de cura superó el primer año de propedéutico y paso a segundo, a tercero de filosofía, a cuarto… Todo iba bien, la vida de seminarista le resultaba grata, pronto se convirtió en un personaje habitual en las celebraciones, seguía usando la cruz grande y siempre que podía se enganchaba la sotana. Contrario a mis pronósticos el Dientuso se convirtió en un prometedor estudiante. Así estaban las cosas cuando me fui de Cuba.

Por el email de un amigo supe que la carrera eclesiástica del Dientuso terminó abruptamente en algún curso de teología, próximo a ordenarse de diácono. Era un infiltrado y sus condiscípulos y maestros se enteraron por la prensa. Aunque el Dientuso no estaba quemado los oficiales a cargo decidieron sacarlo y mandar el clásico mensaje de que los chivatones están por todas partes.

Las razones para relevarlo de su “misión” solo ellos las saben, especular sobre los motivos del mal no es mi fuerte, si tengo alguna certeza sobre este asunto es que el sujeto hizo daño, personas que le fueron cercanas, con el tiempo, resultaron dañadas. Es sabido que parte del trabajo de estos chivatones consiste en elaborar perfiles sicológicos de sus objetivos, tengo razones para pensar que el Dientuso fue muy eficaz en esto. Hay quienes opinan que lo reclutaron por el camino, que al principio era solo un muchacho, un neo converso que quería ser cura, puede que fuera así pero a ciencia cierta nadie lo sabe, ni importa demasiado a etas alturas.

El Dientuso vive por la zona de Regla o Guanabacoa, que es uno de esos lugares donde todo el mundo se conoce y la carrera de chivatón confeso puede ser peligrosa; hay gente de la Iglesia que afirma haberlo visto y que el Dientuso se hace el loco y nos los mira a la cara.

Desde que tengo uso de razón he sabido que los chivatones andan por todas partes, la única defensa contra ellos, si es que la hay, es ser uno mismo. La última vez que vi la película El hombre de Maisinicú los muchachos en el cine chiflaron cuando aparecía Sergio Corrieri, que hacía de chivatón en esa película y era chivatón en la vida real; esos mismos muchachos, por el contrario, aplaudían cuando irrumpía en escena el alzado Cheíto León, interpretado de un modo magistral por Reinaldo Miravalles. Después de esto no me volví a tropezar con El Hombre de Maisinicú en ninguna otra muestra del cine cubano, una oda a la chivatería se había convertido en un film subversivo por las preferencias del público.

Mi abuelo me contaba que el capitán mambí Esteban Delgado, al llegar a Bauta con la invasión, había colgado en los flamboyanes que rodeaban la iglesia a un buen número de guerrilleros y colaboradores de los españoles, todos eran cubanos, chivatones de entonces. Mi abuelo también me contó que en la llamada Revolución del 33 a los chivatos los arrastraron en carretones de mulas y caballos; los ahorcaban, porque abundaba la opinión de que con esa gente no se debían gastar balas.

En la última Revolución, esa que padecemos todavía, también mataron a muchos chivatos, tipos que habían servido de informantes a personajes tan tenebrosos como Pilar García y Esteban Ventura. En todas estas matanzas de nuestra historia cayeron hombres que no eran delatores pero que fueron señalados como tales en el festín de la violencia. El chibatiente que inspira esta crónica estudió historia de la buena en el Seminario, podemos afirmar que conoce estos antecedentes.

El Dientuso todavía vive en algún lugar en la frontera entre Regla y Guanabacoa, anda de verde olivo aunque su aspecto gótico no se aviene con ningún uniforme; reza, con la fe que le queda, para no encontrarse con el fantasma del capitán mambí Esteban Delgado, ese que se adelantó a un superior más dado a la clemencia y colgó a los traidores de su pueblo en los flamboyanes del parque, unos flamboyanes que rodean la iglesia y todavía florecen.

Por Eduardo Mesa

www.lacasacuba.com

4 comentarios:

  1. Si no sale pronto de la frontera llegará el día en que lo llamen "el desdentado."

    PD: Muy bueno el texto.

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  2. Recuerdo cuando la serie de día y noche del puri, el tabo (supuesto héroe) etc; todo el mundo en la calle quería ser como el puri en la habana, en cambio decirle a alguien que era un tabo era ofenderlo, porque no era más que un chivato. Por mucho que se concibió de otra manera no se logró el efecto deseado....

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  3. Conocí en Cuba un ex seminarista…, también algo dientuso, compartí más de una experiencia con este sujeto que era profesor de idiomas..., pero antes había pasado por el Seminario católico. 15 años después supe que siempre había sido chivato, entonces comprendí muchos de sus comportamientos. Se metió en la Iglesia Bautista, en el Consejo de Iglesias, en los Amigos Cuáqueros, etc. Ahora anda por África…, creo.

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  4. EDDY, QUE BUENO QUE LO RELATASTE, AUN HAY PERSONAS QUE SE PRESTAN A TODO ESO. TRISTEMENTE HE TENIDO UNA EXPERIENIA HACE UNOS AÑOS DE ALGO SEMEJANTE QUE ME HA MARCADO, PUES REALMENTE COSTO MUCHO DESENREDAR LA MALLA EN QUE ESTABA OCULTA SU FINALIDAD.

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