Por Eduardo Mesa
http://www.lacasacuba.com/
Trabajaba en los almacenes de una base de transporte del Ministerio Azúcar cuando comenzó el juicio del general Ochoa, los hermanos La Guardia y los otros militares, recuerdo los testimonios de culpabilidad más o menos creíbles, la expresión de Ochoa, mitad escéptica, mitad cínica, recuerdo el desempeño de rottweiler del fiscal Escalona, pero sobre todo recuerdo que el pueblo no quería que los mataran.
¿Cómo íbamos a matar a los héroes de Etiopía y Angola, a los David con música de Vitier, a los santones de una sociedad impoluta? La gente entendía que serían castigados, pero no que los matarían, eran héroes hasta ayer por la tarde y la revolución se decía magnánima.
Pero los mataron, y la noticia de que habían sido condenados a muerte nos sorprendió a todos. Fueron días difíciles para los cuadros y los militantes, que andaban apesadumbrados porque los que morían eran ellos.
Fidel Castro mató con Ochoa al último héroe, la ultima ilusión de los ilusionados. Desde entonces, la pena de muerte no apunta a los opositores, ni a los infiltrados, ni a los que han puesto bombas según ellos. La pena de muerte es para los fieles que traicionan, para los que vaticinan reformas, para los pies y brazos de una revolución errante que bordea el precipicio. La pena de muerte continúa vigente como herramienta útil para la supervivencia del régimen; visible, aunque nadie la use, como la metralleta de los matones.
Los Castro tienen una moratoria de hecho sobre la pena máxima, una realidad que nos alegra porque la vida siempre es una, pero esta moratoria no ha sido formulada de forma legal, es por tanto un frágil compromiso, una entre tantas promesas y palabras.
La pena de muerte es injusta en Cuba, en Estados Unidos, en China o en Irán. Un grupo de cubanos estamos proponiendo que se derogue definitivamente en nuestra patria, aunque nos gustaría su fin en todas partes. A la Plataforma por la Abolición de la Pena de Muerte en Cuba ahora, mañana y siempre la han apoyado con su firma un centenar de personas, representativas de muy diferentes orientaciones políticas.
La vigencia de esta pena en el código penal cubano funciona como la más peligrosa amenaza y refuerza el inmovilismo de los que quieran propiciar el cambio en las filas castristas. Y es que ese militante comunista, ministro, general de las FAR y del MININT, compositor o gerente sabe que corre el peligro de caer ante las balas si se descubre su apuesta por la libertad, la prosperidad y el futuro.
La pena de muerte debe ser abolida por el bien de la nación cubana, para que nadie la utilice, ni hoy, ni mañana, como arma política, como coartada para la venganza.
Raúl Castro no se decide abolir la pena máxima, aunque no están las cosas para condenas a muerte y proclamar la abolición es como entregar un revólver marcado que ya no sirve para cometer impunemente un crimen. La derogación de esta pena sería saludada por la oposición, por las cancillerías de occidente y por líderes religiosos del mundo entero; no está de más decir que contribuiría a crear una percepción de confianza que el país necesita y que resultaría muy provechosa para el fomento de las inversiones y el turismo, pero a pesar de esto, el viejo general no se decide.
Si los cubanos exigiéramos la abolición de la pena de muerte actuaríamos como ciudadanos, que desean la vida como piedra angular de su futuro. Si Raúl Castro se decidiera a realizar las reformas que el país precisa actuaría como un líder, pero a un señor que ha participado por cincuenta años de un poder absoluto, la libertad debe parecerle una cosa muy ajena. La pena de muerte continúa vigente aunque no se utilice por el momento. La Plataforma por la Abolición de la Pena de Muerte en Cuba ahora, mañana y siempre es un hecho. El general que mató a sus amigos se esconde de este tiempo, y no se atreve a dar la cara al día.
20 de febrero de 2011
15 de febrero de 2011
El Cóndor
El Cóndor llamó ayer, tarde en la noche, para preguntarme el nombre de la mujer de Hatuey, le respondí que la mujer de Hatuey se llama Guarina y hace quinientos años que nadie habla con ella, no pude evitar preguntarle por qué coño me llamaba a esa hora para una pregunta como esa. Imperturbable, me respondió que al día siguiente tenía cita en una gestoría para constituir una corporación y que ya tenía decidido el nombre de su nuevo negocio: Guarina Mulas Company.
Es que el Cóndor es mula y un mula profesional es una cosa muy seria y lucrativa, hay que recoger los paquetes, pesarlos y revisarlos de un modo minucioso, poner las respectivas etiquetas, tener la lista de entregas bien ordenada para llamar a los clientes el mismo día que llegas y salir pronto de los encargos, cosa de que sobre el tiempo para el asueto y la visita.
El Cóndor viaja a Cuba cada dos semanas por su oficio de mula, empezó llevando cualquier cosa pero como es tan serio en su trabajo ya tiene clientes fijos, es por eso que ha pensado en formalizar su negocio y forma de lucha. Sí, su forma de lucha, porque aunque usted no lo crea el Cóndor se define como un anticastrista moderado. Aunque quizás conviene precisar que el adjetivo de moderado no tiene fundamento ideológico para el Cóndor, la moderación es – según él- inherente a su personalidad campechana, a su modo de entender las cosas. El Cóndor une su vocación de negociante al deseo de ayudar y al buen carácter, por eso me extrañé el otro día cuando perdió la paciencia en el aeropuerto y por poco lo arrestan. Todo porque su empresa precisa del ahorro y el mismo se prepara los embalajes de plástico que cubren las maletas, entrando en contradicción con las autoridades aduanales que prefieren los embalajes de una compañía certificada para estos fines. Esa es la única vez que el Cóndor ha perdido la tabla en su desempeño profesional, la única vez que se le ha inflamado la aorta en ese aeropuerto donde ya le conocen.
Aunque yo creo que al Cóndor le importa tres pepinos la libertad de Cuba, él insiste en que no es así y adopta un tono profesoral y me explica que él pretende contribuir a la libertad Cuba con el mulismo, una nueva estrategia, diferente a las ya conocidas y agotadas. ¿En qué consiste la estrategia del Cóndor? En crear un ejército de mulas al servicio de la libertad, las mulas corroerán las cimientos del terror castro fascista con sus relatos de lo bien que se vive en Hialeah, seducirán a las hijas de los pinchos, propondrán negocios a las autoridades locales, llenarán la isla de celulares y laptops, traficarán con códigos de Comcast y Direct TV para que los isleños puedan ver el programa de Haza sin Haza y las bailarinas de Fernando Hidalgo. Este es el sueño onírico del Cóndor, esto me cuenta mientras Marvelis, su jevita, pesa los paquetes, que ya no caben en el apartamentico rentado de un condominio en Kendall.
Lo cierto es que el Cóndor no es fácil de derrotar y Guarina Mulas Company tiene muchas posibilidades de crecer. Si en vez de contratar a Alan Gross, o a cualquier otro americano rubio y despistado, hubieran contratado a Guarina Mulas Company ya la comunidad judía en Cuba tendría un canal de televisión clandestino vía satélite y no habría nadie preso. Pero al Cóndor la gente no lo acaba de tomar en serio, porque lo ven engominado, con sus tenis de la NBA y sus pullovers de cruces y letras como esos que usan los adolescentes. Lo subestiman porque es un balsero y no saben que la estrategia del mulismo puede ser la antítesis del foquismo, derrota definitiva de la demencia revolucionaria en el continente, tan duradera y contagiosa.
Mientras el Cóndor fundamenta teórica y prácticamente la tesis del mulismo yo apago el teléfono, porque puede llamarme a las dos de la mañana si se le ocurre otra idea; con el lío de cortar la conversación y acostarme al fin se me olvidó decirle que se acuerde de mis tabacos, esos que me trae de sus excursiones a Pinar del Río, donde tiene una amante y ha comprado una casa, para ese día que esperamos todos, en que cambien las cosas.
Es que el Cóndor es mula y un mula profesional es una cosa muy seria y lucrativa, hay que recoger los paquetes, pesarlos y revisarlos de un modo minucioso, poner las respectivas etiquetas, tener la lista de entregas bien ordenada para llamar a los clientes el mismo día que llegas y salir pronto de los encargos, cosa de que sobre el tiempo para el asueto y la visita.
El Cóndor viaja a Cuba cada dos semanas por su oficio de mula, empezó llevando cualquier cosa pero como es tan serio en su trabajo ya tiene clientes fijos, es por eso que ha pensado en formalizar su negocio y forma de lucha. Sí, su forma de lucha, porque aunque usted no lo crea el Cóndor se define como un anticastrista moderado. Aunque quizás conviene precisar que el adjetivo de moderado no tiene fundamento ideológico para el Cóndor, la moderación es – según él- inherente a su personalidad campechana, a su modo de entender las cosas. El Cóndor une su vocación de negociante al deseo de ayudar y al buen carácter, por eso me extrañé el otro día cuando perdió la paciencia en el aeropuerto y por poco lo arrestan. Todo porque su empresa precisa del ahorro y el mismo se prepara los embalajes de plástico que cubren las maletas, entrando en contradicción con las autoridades aduanales que prefieren los embalajes de una compañía certificada para estos fines. Esa es la única vez que el Cóndor ha perdido la tabla en su desempeño profesional, la única vez que se le ha inflamado la aorta en ese aeropuerto donde ya le conocen.
Aunque yo creo que al Cóndor le importa tres pepinos la libertad de Cuba, él insiste en que no es así y adopta un tono profesoral y me explica que él pretende contribuir a la libertad Cuba con el mulismo, una nueva estrategia, diferente a las ya conocidas y agotadas. ¿En qué consiste la estrategia del Cóndor? En crear un ejército de mulas al servicio de la libertad, las mulas corroerán las cimientos del terror castro fascista con sus relatos de lo bien que se vive en Hialeah, seducirán a las hijas de los pinchos, propondrán negocios a las autoridades locales, llenarán la isla de celulares y laptops, traficarán con códigos de Comcast y Direct TV para que los isleños puedan ver el programa de Haza sin Haza y las bailarinas de Fernando Hidalgo. Este es el sueño onírico del Cóndor, esto me cuenta mientras Marvelis, su jevita, pesa los paquetes, que ya no caben en el apartamentico rentado de un condominio en Kendall.
Lo cierto es que el Cóndor no es fácil de derrotar y Guarina Mulas Company tiene muchas posibilidades de crecer. Si en vez de contratar a Alan Gross, o a cualquier otro americano rubio y despistado, hubieran contratado a Guarina Mulas Company ya la comunidad judía en Cuba tendría un canal de televisión clandestino vía satélite y no habría nadie preso. Pero al Cóndor la gente no lo acaba de tomar en serio, porque lo ven engominado, con sus tenis de la NBA y sus pullovers de cruces y letras como esos que usan los adolescentes. Lo subestiman porque es un balsero y no saben que la estrategia del mulismo puede ser la antítesis del foquismo, derrota definitiva de la demencia revolucionaria en el continente, tan duradera y contagiosa.
Mientras el Cóndor fundamenta teórica y prácticamente la tesis del mulismo yo apago el teléfono, porque puede llamarme a las dos de la mañana si se le ocurre otra idea; con el lío de cortar la conversación y acostarme al fin se me olvidó decirle que se acuerde de mis tabacos, esos que me trae de sus excursiones a Pinar del Río, donde tiene una amante y ha comprado una casa, para ese día que esperamos todos, en que cambien las cosas.
6 de febrero de 2011
El general en la encrucijada
Por Eduardo Mesa
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Olivia viajó a Cuba en enero, tiene su madre allá y va cuando puede. A ella no le preocupa la política, no sabe quién es quién ni le interesa. Llamó ayer para contarnos sobre su viaje, para decirnos que le dijo a su madre “mírame bien porque yo aquí no vuelvo”. Dice que se metió en la casa porque los hombres la miraban con ferocidad, que nadie está conforme, que todo aquello que comió y bebió era peor que hace un año, que se respira inquietud en el ambiente, que gente conocida le habló de armas guardadas, de revancha y de sangre. Que los cuentapropistas están disgustados, y los militantes están disgustados, y los que tienen un trabajo, y los que no tienen cuentapropismo ni trabajo también lo están.
A Olivia le contaron que al dúo Buena Fe le tiraron cosas y les gritaron comunistas, esto ocurrió en Pinar y en La Habana y no en la calle 8. Olivia está asustada y no quiere volver: “Te mando lo que sea pero yo aquí no vuelvo” fueron sus palabras de despedida. Creo en su relato, porque Olivia siempre regresó bien de sus viajes, dispuesta a volver en un próximo enero cargada de paquetes para su madre.
Mal debe andar la cosa porque el general dice “que hay que tener los pies en la tierra y las orejas pegadas al suelo” como en las películas de indios y vaqueros que ponían en el cine de su hermana Juanita en Birán. Poco puede la retórica en un país que se hunde a plazos, el general lo sabe, pero no acaba de soltar las amarras o quizás no puede.
La Iglesia comienza a decir que se están agotando las horas, que no debemos temer a la riqueza, que las reformas no pueden ser tan lentas, que urge un nuevo pacto social y continúa con su labor humanitaria, y salen los presos a cuenta gotas, pero salen.
Se inician otras huelgas de aquellos que han perdido la esperanza. El general no sabe a dónde ir, no tiene que ofrecer y se perfila la triste convivencia de un capitalismo sin ética y sin ley con un socialismo sin garantías sociales, ni subsidios; un esperpento para la supervivencia de un régimen que será duramente juzgado por las generaciones venideras.
Nadie puede embridar al potro de la Historia, nadie mata a su sucesor, nadie deja las cosas bien atadas. El general tiene pesadillas borbónicas, no será Napoleón, ni Pétain, aunque aquellos que han deambulado por su despacho cuentan que es fan de los mariscales soviéticos, esos que indigestaron con sus medallas al cocodrilo de un cuento de Pepito. Malos ejemplos los del general, si en vez de venerar a los paladines soviéticos que combatieron en mal con el mal se fijara en los alemanes, esos señores sobrios y metódicos, que se inventaron la economía social de mercado y refundaron una nación en ruinas, pero los Castro nunca se han caracterizado por su responsabilidad y el modelo alemán implica libertad y la libertad es una incomoda compañera de viaje para estos discípulos de Markus Wolf.
Mientras el general fabrica expectativas con su nuevo congreso, la Isla duerme su rencor tranquilo y los que están en ese atolladero sueñan escapes, venganzas y suicidios. Para nosotros la vida es diferente, tenemos nuestras cuentas checking y de savings, la rutina del mortgage, por eso preferimos discutir el Embargo o el intercambio cultural charanguero que revuelve Miami, si en algo coincidimos es en el hábito es esperar.
El general no acaba de morirse, ni deroga la pena de muerte porque mata a plazos, y aunque no es increyente prefiere olvidar la hora de la llamada definitiva, ese regalo de Dios que nos iguala y libera.
El general no quita la tarjeta blanca y el pasaporte habilitado porque el temor se ha hecho costumbre y oficio en una Isla que prefiere marcharse.
El general está en la encrucijada y nosotros también, aunque de esta tragedia hay culpables prominentes, la responsabilidad por lo ocurrido será de todos.
Dice Olivia que hay gente que ya tiene armas y espera el momento de usarlas, puede que los cuentos que Olivia escuchó estén exagerados, pero aun así revelan una peligrosa fantasía. A Olivia no le importa si es verdad o es mentira, con lo que vio le basta, me dijo en serio que no vuelve a Cuba, porque allí puede pasar cualquier cosa.
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Olivia viajó a Cuba en enero, tiene su madre allá y va cuando puede. A ella no le preocupa la política, no sabe quién es quién ni le interesa. Llamó ayer para contarnos sobre su viaje, para decirnos que le dijo a su madre “mírame bien porque yo aquí no vuelvo”. Dice que se metió en la casa porque los hombres la miraban con ferocidad, que nadie está conforme, que todo aquello que comió y bebió era peor que hace un año, que se respira inquietud en el ambiente, que gente conocida le habló de armas guardadas, de revancha y de sangre. Que los cuentapropistas están disgustados, y los militantes están disgustados, y los que tienen un trabajo, y los que no tienen cuentapropismo ni trabajo también lo están.
A Olivia le contaron que al dúo Buena Fe le tiraron cosas y les gritaron comunistas, esto ocurrió en Pinar y en La Habana y no en la calle 8. Olivia está asustada y no quiere volver: “Te mando lo que sea pero yo aquí no vuelvo” fueron sus palabras de despedida. Creo en su relato, porque Olivia siempre regresó bien de sus viajes, dispuesta a volver en un próximo enero cargada de paquetes para su madre.
Mal debe andar la cosa porque el general dice “que hay que tener los pies en la tierra y las orejas pegadas al suelo” como en las películas de indios y vaqueros que ponían en el cine de su hermana Juanita en Birán. Poco puede la retórica en un país que se hunde a plazos, el general lo sabe, pero no acaba de soltar las amarras o quizás no puede.
La Iglesia comienza a decir que se están agotando las horas, que no debemos temer a la riqueza, que las reformas no pueden ser tan lentas, que urge un nuevo pacto social y continúa con su labor humanitaria, y salen los presos a cuenta gotas, pero salen.
Se inician otras huelgas de aquellos que han perdido la esperanza. El general no sabe a dónde ir, no tiene que ofrecer y se perfila la triste convivencia de un capitalismo sin ética y sin ley con un socialismo sin garantías sociales, ni subsidios; un esperpento para la supervivencia de un régimen que será duramente juzgado por las generaciones venideras.
Nadie puede embridar al potro de la Historia, nadie mata a su sucesor, nadie deja las cosas bien atadas. El general tiene pesadillas borbónicas, no será Napoleón, ni Pétain, aunque aquellos que han deambulado por su despacho cuentan que es fan de los mariscales soviéticos, esos que indigestaron con sus medallas al cocodrilo de un cuento de Pepito. Malos ejemplos los del general, si en vez de venerar a los paladines soviéticos que combatieron en mal con el mal se fijara en los alemanes, esos señores sobrios y metódicos, que se inventaron la economía social de mercado y refundaron una nación en ruinas, pero los Castro nunca se han caracterizado por su responsabilidad y el modelo alemán implica libertad y la libertad es una incomoda compañera de viaje para estos discípulos de Markus Wolf.
Mientras el general fabrica expectativas con su nuevo congreso, la Isla duerme su rencor tranquilo y los que están en ese atolladero sueñan escapes, venganzas y suicidios. Para nosotros la vida es diferente, tenemos nuestras cuentas checking y de savings, la rutina del mortgage, por eso preferimos discutir el Embargo o el intercambio cultural charanguero que revuelve Miami, si en algo coincidimos es en el hábito es esperar.
El general no acaba de morirse, ni deroga la pena de muerte porque mata a plazos, y aunque no es increyente prefiere olvidar la hora de la llamada definitiva, ese regalo de Dios que nos iguala y libera.
El general no quita la tarjeta blanca y el pasaporte habilitado porque el temor se ha hecho costumbre y oficio en una Isla que prefiere marcharse.
El general está en la encrucijada y nosotros también, aunque de esta tragedia hay culpables prominentes, la responsabilidad por lo ocurrido será de todos.
Dice Olivia que hay gente que ya tiene armas y espera el momento de usarlas, puede que los cuentos que Olivia escuchó estén exagerados, pero aun así revelan una peligrosa fantasía. A Olivia no le importa si es verdad o es mentira, con lo que vio le basta, me dijo en serio que no vuelve a Cuba, porque allí puede pasar cualquier cosa.
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