29 de junio de 2011

Evocación

Miami-Junio del 2007

Hoy se celebra la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, recuerdo que me levantaba muy temprano y caminaba hasta la Catedral de La Habana, mi parroquia, para preparar las cosas y ultimar todos los detalles de esa celebración. En un día así es inevitable que recuerde a mi amigo el P. Salvador Riverón, que se paraba en el atrio para ver si estaban los bancos y candelabros en perfecta simetría, si la raída alfombra no dejaba escapar una curva. Un santo celoso de la geometría y de la Iglesia como de una novia, un obispo que muere joven y nos deja con el sabor de la orfandad.

Cuando llegué a la Catedral tenía dieciséis años y se acababa de celebrar el ENEC, es un recuerdo vago porque a veces me parece que fue un poco antes. No era el lugar que un joven escogería, iba muy poca gente y la mayoría eran esas viejitas que se han ido del mismo modo que caen los pétalos. Esas señoras que no se amedrentaron ante las bestias rezaban un rosario, te regalaban una estampa y cuidaban la Fe; a mí rezar me parecía una pérdida de tiempo, pero ellas sabían que el tiempo de Dios es otro y también rezaban por mí.

Allí crecí, crecimos, un grupo que nunca fue grande, que intentaba sobrevivir en un ambiente de socialismo eterno. Recuerdo aquellas tardes de sillón con el parróco adusto, hablando de mil cosas que nos llevaban inexorablemente al tema de la Verdad, a la urgencia de la búsqueda, al Misterio, y después de tanta hondura yo me sentía el mismo, con las mismas miserias, pero la paciencia de los santos hace que el agua pueda horadar la roca y hacerle al menos una pequeña marca.

De aquellas tardes me ha quedado para siempre la alegría de un gran descubrimiento: yo podía ser, existía otro mundo al margen de ese mundo obligado. Ser en Cuba, existir en Cuba, y luego descubro que es difícil en todas partes, que a todos nos toca sufrir el anonimato, la indiferencia, la desconfianza, la soledad y todo lo que ronda cualquier exilio; pero nadie, nada me puede quitar que respire profundo y diga: estoy aquí mi Dios, ante ti.

Hoy trabajé todo el día y me hubiera gustado ir a misa, hoy en la Catedral entonarán "Pueblo de Reyes, Asamblea Santa, Pueblo de Dios, Bendice a tu Señor" y el turiferario esparcirá el incienso. Recuerdo que el Padre Salvador tenía guardado una cajita de incienso del Monte Athos para las grandes celebraciones y se enojaba si lo ponían en una celebración ordinaria, pero nunca se enojó tanto como el día que nos robaron el copón del sagrario con el Santísimo Sacramento. Qué enojo y desesperación en aquel hombre que no podía recuperar el pan consagrado, perdido bajo su custodia y la mía. Varios años después en el 1998 cuando tuvo lugar la visita del Papa logré resarcirlo en alguna medida por aquel disgusto. En una de las tiendas de campaña que se colocaron en la Plaza quedaron abandonados varios cálices con formas consagradas, llegué a la Casa Sacerdotal con una caja llena de aquellas copas y quiero pensar que el alivio que vi en su rostro al entregarle aquel tesoro compensaba el pesar por el copón perdido.


El día que supe de su nombramiento como obispo auxiliar de La Habana me alegré mucho, al mediodía fui a felicitarlo y estaba contento, tenía luz en el sereno rostro. Nunca olvidaré su consagración episcopal y esa sensación que aquello que estaba sucediendo era algo que debía ocurrir y ocurría para bien. No me atrevo a preguntarle a Dios por qué le llamó así, tan duro, tan pronto.

Unos días antes de su repentina enfermedad y muerte, en el Primer Encuentro Nacional de Comunicadores Católicos el Padre pronunció una conferencia titulada "La Cuestión de la Verdad" y sin quererlo, dejaba escrito su testamento intelectual. Recuerdo que le regalé un temprano ejemplar de la Veritatis Splendor (El brillo de la verdad), porque yo regresaba de España y en esos días el diario ABC la había publicado, Juan Pablo II y él coincidían en la misma obsesión. "Si la libertad se transforma en un absoluto, si no está referida y subordinada a la verdad, desaparece como libertad y se convierte en arbitrariedad absoluta (...) es el imperio de la fuerza... ¨ Esas palabras de Juan Pablo II destacaban en su último esfuerzo pedagógico, las escuché mil veces en el aula, en el pulpito, y regresan a mi memoria con asentimiento, tenía razón el párroco misericordioso, una razón que compruebo día a día y me salva.

A veces sueño que estoy sentado en un banco de la Catedral en la tarde, cuando la luz cae desde los vitrales y se queda quieta en los bancos de caoba, va a comenzar la misa del martes o del jueves a las ocho, la misa de unos pocos y rezo al fin, como aquellas señoras que no perdían el tiempo. Todos los días le encomiendo a mi amigo, a mi párroco, que no me pierda de vista cuando salgo en el carro, casi siempre le digo: mira por los niños, que no sea nada la erupción, la fiebre, mira por nosotros, pon ante Dios estas cosas que me inquietan, que estemos bien, que no falte el trabajo, que se haga ( y ayúdame a aceptarlo) la voluntad de Dios.


(Eduardo Mesa www.lacasacuba.com)


26 de junio de 2011

Una historia de Nicolaítas

Los Nicolaítas son unos seres que habitan en La Habana, Miami o cualquier parte. Tienen en común una parroquia dedicada a San Judas y San Nicolás. Se reúnen varias veces al año y reafirman, que donde quiera que estén son Nicolaítas, una filiación que a todas luces parece inextinguible.

Algo debe tener esa iglesia de La Habana extramuros, en la Plazoleta de San Nicolás, cerca de la calle Monte. Un barrio al que llegaron inmigrantes libaneses, sirios -creo que también había palestinos-, un pedazo de Oriente en La Habana de otrora, cuando la gente de todas partes llegaba a Cuba. Allí tuvieron el rito Maronita por muchos años, esa liturgia larga y hermosa, pródiga en incienso, cantos; comprensión de que el Misterio es importante, distancia de la obsesión por explicarlo todo. Queda la imagen de San Marón, Apóstol del Líbano, un santo lejano en la distancia y el tiempo.

La Iglesia de San Nicolás es pequeña, nada es fastuoso en ella, los grupos de catequesis se distribuían en el templo porque no había, como en otras iglesias, suficientes salones para la catequesis. Una parroquia viva gracias a los a Nicolaítas, esos seres persistentes que no la abandonaron ni en los tiempos más difíciles.

Mi esposa, que es Nicolaíta, recordaba esta Semana Santa que en su iglesia conservaron la costumbre del Descendimiento de la Cruz, del Santo Entierro. Ella me contaba con qué cuidado se preparaban los monaguillos para que no sufriera daño alguno la imagen del Cristo yaciente. Me contaba también con lujo de detalles todo lo concerniente a aquellos Viernes Santos y Sábados de Gloria, cuando el Padre Jaime Manich, el párroco de callada sabiduría, impulsaba lo mejor de los otros.

Quien lo viera no podía imaginar que se quedó escondido en Pinar del Río cuando expulsaron a muchos de sus hermanos en el Covadonga. Salió de su escondite varios días después esperando lo peor, era un escolapio catalán y sabía los crímenes cometidos en la guerra civil española. Afortunadamente no le ocurrió nada, se quedó a vivir en el obispado, atendía los pueblos cercanos, la cancillería, hacía la comida, operaba un viejo mimeógrafo y a veces limpiaba. Tenía la capacidad de planificar la pastoral y al mismo tiempo preparar los telones de una obra de teatro, nunca quiso ir a España hasta no tener la garantía de que lo dejaran regresar a Cuba.

En La Habana vivió del mismo modo, cerca de la gente, ejercitaba una espiritualidad sin aspavientos y un dinamismo sanador desde lo pequeño. Tuvo gran influencia en dos hombres, que a pesar de llevar caminos diferentes y a veces encontrados, tienen gran peso en la Iglesia cubana: Dagoberto Valdés y Jaime Ortega.

Los Nicolaítas de la diáspora no pierden de vista a su antigua parroquia, acaso la única. En sus reuniones confluyen las oleadas de este largo exilio, todos son bienvenidos. Se reza, se reúne dinero para socorrer algunas de las necesidades de los que están allá, se comentan las buenas o las malas nuevas y no saben si la despedida es en el Tropical Park o en la verja que se abre a la calle Manrique.

No pasará mucho tiempo hasta que recibamos otra carta invitándonos al próximo encuentro; mi esposa, como siempre, se pondrá muy contenta. Siento el deber de decir que si en algún lugar he sentido la comunión de la Iglesia cubana es en las reuniones de estos parroquianos de San Nicolás, seres persistentes como hay pocos, hermandad de los Nicolaítas a ambos lados del mar.

21 de junio de 2011

Confesiones del Panga sobre su ecobio Guasabito Miranda y un barbecue en la casa de Cliteria Fresnillo

Ahora sí hemos perdido a Guasabito, lo que escuché de sus labios el otro día me confirmó que lo hemos perdido quizás para siempre. Yo sabía que Cliteria con su onda de maceíta irredenta lo iba embaucar pero nunca imagine las proporciones del embauque. El número que metió Guasabito en medio del barbecue que ofrecieron en honor de Anturio El Afiebrado, un académico muy amigo de Cliteria, me dejó loco.

El barbecue marchaba a las mil maravillas, las costillas olían a una exquisita salsa que trajo el invitado y se asaban los deliciosos chorizos del Sedano junto a tiernos maíces, las botellas de Heineken se dejaban agarrar sin miedo en la nevera y charlábamos apaciblemente sobre el precio de los cárnicos cuando Guasabito, sin ton ni son, se puso a decir que él le sabía un mundo a la carne porque en Cuba había trabajado para la policía económica en un matadero. Yo, sobrio todavía, me reí con mesura y le dije: Guasa nos conocemos hace un montón de años y el único contacto que tú has tenido con la policía es cuando te ponían las esposas. Pero Guasabito ignoró el comentario, Anturio y Cliteria también lo ignoraron.

Me callé la boca, porque no suelo andar entre académicos y desconozco la onda de esa gente. Seguí ingiriendo Heineken a la par de crujientes frituras de malanga. Hasta ese punto no me puse bravo porque Guasabito quizás se siente menos con su noveno grado y quería impresionar a Cliteria y Anturio. Pero la cosa no terminó ahí, el Guasa volvió a la carga con el tema de los “cinco héroes” que deben regresar a Cuba canjeados por el “espía” Alan Gross antes que sea demasiado tarde, aunque no quedó claro que significaban en ese contexto las palabras “tarde” y “demasiado”. Anturio asentía en silencio, Cliteria callaba y yo miraba, atónito, a los tres personajes a través del color de la Heineken en la jarra helada.

Entonces, Anturio El Afiebrado rompió su silecio: “Lleva usted la razón amigo Guasabito, por suerte queda gente como usted en esta ciudad de Miami, infestada de plattistas. El presidente Raúl necesita pruebas de buena voluntad y estaría bien para empezar que liberaran a esos cinco cubanos cuyo único delito es defender los intereses de la nación”. Ahora era Guasabito el que asentía mientras Anturio hablaba. “Si compatriotas, haremos caminar por el desfiladero de la humillación a todos los plattistas, anticastristas, extremistas, liberales, democristianos y socialistas que no firmen contra el Embargo y la libertad de Gerardito y los otros prisioneros ”. “Vamos a joder a todos los que no hagan una crítica bondadosa al general Raúl” “ Vamos a construir alianzas para que nunca gobierne la derecha” “¡Porque no van a gobernar coño…!” “Y entiéndase por derecha a cualquiera que no se ponga ahora mismo a mi izquierda”, apostilló con tono desafiante Anturio El Afiebrado.

De inmediato Guasabito y Cliteria se pusieron a la izquierda de Anturio, yo me puse entre el Guasa y Cliteria, porque pensé que Anturio se había vuelto loco y además quería ver como acababa aquello. Entonces Guasabito, enardecido por las palabras de Anturio propuso exigirle a la Casa Blanca, como prueba de buena voluntad, un juego de ropa interior presidencial para la colección privada de Raúl (que según informes de Juan Juan Almeida es ambivalente sexual) ahí mismo Cliteria, más enardecida aún ofreció un juego de los suyos voluntariamente, pero Anturio la miró de pies a cabeza y le dijo que no, que no era necesario.

Después de eso Anturio explicó el modo para lograr sus planes y el papel que jugarían Cliteria y Guasabito en la guerra contra los plattistas, extremistas, derechistas, marxistas….. Ya quedaban pocas chuletas porque se había pegado Yunisleidis la vecina de al lado con sus dos tías acabadas de llegar de la Isla y un primo segundo que entró por la frontera. Separé por si acaso dos chuletas y abrí otra Heineken. Yunisleidis también se ofreció para luchar contra los “fascistas” y Anturio le tuvo que explicar la diferencia entre plattistas y fascistas, entonces quedó desconcertado porque Yunisleidis con cara de boba le dijo que bueno, que la disculpara, pero que si eso era así ella era plattista y sus tías también, entonces Anturio le dijo que no importaba porque ya le había echado el ojo a Yunisleidis .

Seguimos conformando el nuevo gobierno y ya estábamos distribuyendo cargos en las provincias cuando tocaron a la puerta. Una de las tías de Yunisleidis fue abrir y en la terraza apareció Papaíto el Sociólogo. Entonces escondí dos cervezas que quedaban detrás de una maceta y pinche tres chorizos, porque Papaíto tiene la habilidad de hablar y comer al mismo tiempo.

Me quedé un rato más, Papaíto y Anturio terminaron de repartir los cargos a nivel nacional. El primo le pidió a Yunisleidis que le tirara un salve hasta su casa con el pretexto de que estaba mareao, ella asintió risueña. Me despedí de aquel nuevo gobierno y Anturio El Afiebrado me regaló un solemne abrazo, no había quedado definido qué cargo me darían pero yo le aclaré que me conformaría con cualquier cosa. Fue entonces cuando Anturio entornó los ojos y vio de refilón que Yunisleidis tenía en la mano las llaves de su carro para llevar al primo, comprendió en ese instante que la tarde moría con Papaíto el Sociólogo revisando la lista de los cargos, nos miró a todos con resignación y dijo adiós con gesto magnánimo. Anturio El Afiebrado es un guerrero antiplattista y un guerrero en su lucha renuncia a muchas cosas.

(Eduardo Mesa http://www.lacasacuba.com/)

14 de junio de 2011

Finca de Peñalver

Era en julio y agosto cuando se celebraban las Convivencias de Verano. No soy amante de los viajes y me tuvieron que dar mucha coba en la parroquia para que fuera, todavía en la parada de la guagua que iba hasta la Finca de Peñalver me preguntaba si merecía la pena ir. Yo estaba harto de campamentos, los campamentos eran sinónimo de malas noches y broncas, sabía que era en la iglesia pero mi desconfianza hacia la ecuación albergue-campo era innata.

La guagua salió y dejamos atrás el Cementerio de los Judíos, el Combinado del Este y los Camilitos de Guanabacoa. Extraño recorrido para llegar la Finca de Peñalver, una casa atendida por las Hermanas Salesianas que fieles a su vocación de trabajar con los jóvenes nos acogían.  Hice bien en ir a aquella Convivencia y a las posteriores, era un fin de semana al año pero te cambiaba la vida.

En las Convivencias hicimos amistades duraderas y más de un matrimonios salió de aquellos encuentros. Éramos pocos y la Iglesia encontró la forma de que no nos sintiéramos solos en medio de la adversidad. En esos encuentros se creaba un clima de concordia que no he vuelto experimentar y la vida se abría a una dimensión espiritual que a muchos de nosotros nos había sido negada. Disfrutamos de ponentes de muy buen nivel que hablaban de cosas distintas a las que  habíamos escuchado siempre. La formación que se impartía en esos días era más sólida de lo que sospechábamos.

Años más tarde estuve en el equipo diocesano de Jóvenes Trabajadores Católicos y colaboré en la preparación de Convivencias. Además de pensar los temas, de buscar las dinámicas apropiadas, de contactar los ponentes, había que conseguir comida y transporte. Fueron varios veranos agotadores porque con los rigores del Período Especial la logística de aquellos encuentros se “resolvía”, muchas veces, en los últimos momentos. Valió la pena tanto trabajo, lo percibo hoy, cuando examino mi vida y veo con claridad el bien que me hicieron aquellos encuentros.

Una semana antes de irme de Cuba regresé a la Finca de Peñalver, ahí estaban las monjas con los trajines de la casa, vestidas de blanco, con los hábitos inmaculados a pesar del trabajo diario. Repasé con la vista los albergues, la cancha de baloncesto, el comedor, los espaciosos pasillos con sus sillones que te invitaban a la conversación y al descanso. Visité la Capilla con su San Juan Bosco y su María Auxiliadora grande, que habían sido rescatados de algún colegio que les quitaron y entonces, en silencio, me despedí de mucha gente, de un tiempo generoso que siempre me acompañará.

A veces, en la noche, cuando mi esposa y yo aprovechamos para hablar un rato, concurren esos días que allí disfrutamos; con frecuencia, la conversación se apasiona y nos sorprendemos discutiendo otra vez alguna cosa que discutimos ya, cuando teníamos diecisiete o dieciocho años y no podíamos imaginar tanta bondad recibida.

Entonces, descubro que afortunadamente aún vive lo que fuimos, que aquellas Convivencias no fueron un evento más en nuestras vidas, que debía quejarme menos porque he tenido, en medio del espanto, mucha suerte y algunos privilegios que no merezco.

Ojalá podamos regresar un día a la Finca de Peñalver y juntar allí a nuestros hijos y contarles que con unas libras de arroz, espaguettis y unas latas de spam pasábamos tres días celebrando la vida.

 Nada teníamos y nada nos faltaba.

En la capilla que trasluce el campo, que deja ver las palmas, en otra Eucaristía volvamos a encontrarnos. Ojalá, algún día.





12 de junio de 2011

Reflexión del Panga sobre el hábito de comer mierda

Estaba a punto de entregar un delivery cuando sonó el teléfono, era un número restringido y las llamadas de Cuba entran así, después de varias acrobacias pude aguantar la caja con los muslos, el mentón y una mano. Respondí, no era mami desde Cuba, ni la maquinita del súper intendente Alberto Carvalho dejando un mensaje a todos los padres del Condado, ni el tipo del liquor storage en New Jersey que confunde mi número con el de su novia en Miami. El que llamaba con la identidad restringida a esa hora tan oportuna era Wilfredito Moncada, para preguntarme si sabía de algún lugar donde vendieran “completas de cumpleaños muy baratas” (1).

Estuve a punto de mandarlo a ponerse un enema con salsa teriyaki, pero me aguanté porque Wilfredito es mi socio desde la secundaria, respiré profundo antes de responderle:

-La Fe Bakery, vete a la Fe mi hermano, en Hialeah, en la 4 del West y la 29.

-¿Por dónde queda eso?

-¡En Hialeah brother! ¡En el West de Hialeah!

Después de explicarle varios itinerarios y a punto de caérseme la caja del delivery Wilfredito concluyó que mejor le comprara yo los pasteles, él pasaría a buscarlos por mi casa cuando saliera de su trabajo:

-Panga te lo voy a agradecer, tú sabes que me pierdo en Hialeah.

-No hay lío Wilfredito.

Entre los comemierdas que conozco está de moda perderse en Hialeah, restringir la identidad en las llamadas y adquirir cafeteras de tres mil dólares con un treinta por ciento de rebaja. Quiero aclarar que no tengo nada contra los comemierdas, siempre y cuando no se metan conmigo; supongo además que habrá niveles de comemierdería aún mayores porque al fin y al cabo yo sólo conozco comemierdas sencillos. De lo que ya no tengo duda alguna es que la iniciación a la coprofagia (2) y la expresión atribulada “no voy a Hialeah porque me pierdo” son coincidentes.

No sé porque a la gente le da por repetir las mismas boberías. Wilfredito Moncada que se crió conmigo en el Barrio Chino también tiene la tesis de que él no quiere vivir entre cubanos, cuando me soltó ese numerito le dije un par de disparates, y no le dije más porque es mi socio y un socio de los años es un socio, aunque sea un comemierda.

A mí me gusta vivir en Hialeah, en el shopping que tengo en la esquina de casa conseguí el transfer del video de la boda, el veterinario de la perra, el barbero que te pela y te brinda un café de la colada, la mejor miel de abejas, el chapista. Resuelvo en Hialeah y resuelvo barato, los habrá que resuelven mejor en Broward o en Kendall, aunque Wilfredito vive en Kendall y hasta donde me cuenta nunca resuelve nada, sólo la renta, que dicho sea de paso es más cara que en la ciudad que progresa.

Tal como están las cosas no sería mala idea establecer la tabla de valores en comemierdería, pudiera ser la tabla de Mierdeleyev o algo así. En la Yuma, aún sin quererlo, nos vamos habituando a comer mierda y con frecuencia le endosamos a nuestros hijos esa mala costumbre; de ahí viene la variante del comemierdita cubano americano, para el que habría que establecer otra tabla en valores porque al crecer en un ambiente tan aséptico no conoce la mierda auténtica.

En fin, que le compré la completa a Wilfredito porque yo también soy medio comemierda. Ahora tengo que estar toda la tarde esperando a que pase y cuando esté cerca me llamará en cada four stop, porque siempre se pierde en Hialeah aunque ha venido aquí un millón de veces.

(1) En el argot miamense la “completa de cumpleaños” es una oferta que incluye el cake, pasteles, bocaditos y croquetas.

(2) Acción de comer mierda

Por Eduardo Mesa
http://www.lacasacuba.com/



7 de junio de 2011

Presentación del libro El bronce vale y otras crónicas (III)



Palabras de Eduardo Mesa

Hace algunos años un sacerdote español me regaló un libro que se titulaba, El hombre en busca de sentido, su autor Viktor Frankl era un neurólogo y siquiatra austriaco sobreviviente de varios campos de concentración. Este hombre descubrió que en aquellas circunstancias tan dramáticas los que sobrevivían no eran necesariamente los más fuertes, ni los más jóvenes, ni los mejor preparados. Descubrió que muchos de los sobrevivientes tenían algo en común: un propósito signado por la esperanza.

De este modo sobrevivieron madres famélicas que tenían la firme intención de buscar a sus hijos, ancianos empeñados en encontrar a sus familiares, hombres de profunda fe religiosa y hombres de ciencia que se aferraron a la vida porque se sintieron en el deber de sobrevivir para contar al mundo aquellos horrores y conjurar con su pensamiento y sus futuras acciones los demonios del fascismo.
Creo que mi vocación de escritor está íntimamente ligada a esa voluntad de sentido que descubrió Viktor Frankl, creo que el propósito de narrar, de escribir ha sido fundamental para mi supervivencia, primero en Cuba y con posterioridad en el exilio.

Desde siempre siento la necesidad de escribir y ya sé que ese sentimiento no me abandonará, esa imperiosa necesidad de escribir es quien justifica mis páginas ante la inmensidad de la literatura.
Mis escritos no los puedo explicar, sé que comparto con Borges la obsesión por la síntesis y el gusto por la luz con la Loynaz. Sé que leí muchas veces Las aventuras de Tom Sawyer, El llamado de la selva, Ivanhoe y Los tres mosqueteros, y no imagino la adolescencia sin ellos.

Mi aspiración es que este libro ofrezca una perspectiva diferente sobre acontecimientos y personajes aún vigentes, entre otras razones, por la cruel longevidad del castrismo. En última instancia serán los lectores quienes juzguen la verosimilitud de esta mirada sobre una época que me tocó vivir.

Quiero agradecer a la Editorial Silueta su apuesta por este libro, a su director Rodolfo Martínez Sotomayor y a Eva María Vergara por la edición tan hermosa que ha conseguido, han sido en todo momento profesionales solícitos, amigos cabales.

Al escritor y periodista Luis de la Paz por la presentación que hemos escuchado.

Al escritor Denis Fortún por la reseña de contratapa.

Al escritor y cineasta independiente Ernesto G. que anda por ahí con la cámara filmándolo todo.

Al Padre Rumín por acogernos en esta casa, bendecida por la presencia de la Virgen María de la Caridad del Cobre, madre de Jesús y de todos los cubanos.

Quiero agradecer a todos los que han venido hoy hasta aquí, en especial a la familia y amigos presentes.
Quiero, para concluir, agradecer a mi esposa Gilda y a mis hijos Eduardito y Eleonora, ellos me acompañan (y con frecuencia me soportan) en la aventura de la vida. Ellos son para mí los verdaderos protagonistas del relato que acoge a otros relatos, esa crónica de mi vida que Dios escribe en renglones derechos, a pesar de mí.

Muchas gracias a todos.


6 de junio de 2011

Presentación del libro El bronce vale y otras crónicas (II)



Palabras de Luis de la Paz
EL BRONCE VALE... O TODO VALE
Se ha escrito bastante sobre la llamada literatura sucia cubana, cuyos exponentes más conocidos son, en la isla, Pedro Juan Gutiérrez y en el exilio Zoé Valdés. Se trata de un modo expresivo desenfadado, crudo en las descripciones, con tendencias a lo escatológico y situaciones donde el sexo es significativamente el eje de la historia. Esta literatura, cuyos antecedentes más remotos se encuentran en los Cuentos del Decamerón, en Los diálogos de Pedro Aretino y en El satiricón, y más contemporáneos en el movimiento Beat, con Allan Ginsberg y Charles Bukowski, ha encontrado bajo el castrismo sus propias características, siendo la prostitución, denominada popularmente como jineterismo y la sordidez alrededor de ella, el marco principal de la literatura sucia cubana.
En los últimos tiempos, en particular después de los años noventa del pasado siglo, y del llamado "período especial", ha surgido una variante, o más bien un desprendimiento de este tipo de expresión literaria, que podríamos llamar literatura de supervivencia, cuyo primer indicador es un marcado distanciamiento de lo escatológico, inclinándose más hacia una atmósfera agónica, donde la corrupción y la falta de valores morales, para no decir a secas, la amoralidad, es lo que rige los textos, reflejo, desde luego, del modus vivendi que prevalece en la isla. En este grupo de literatura del supervivencia, citaré a tres escritores que en la actualidad residen en Miami: Gumersindo Pacheco con su novela Mañana es Navidad, Pedro Merino con sus relatos Pan con tomates verdes y otros cuentos, y el volumen que hoy nos convoca El bronce vale y otras crónicas de Eduardo Mesa.
Novela, cuentos y crónicas que se nutren de circunstancias muy particulares y en cierta medida comunes. En la pieza de Pacheco, una familia alimenta un cerdo en la bañadera de la casa. En ella, prima el diálogo crudo y el desamparo. El narrador describe el ambiente: "En contra de su voluntad estaba criando un puerco en el baño de su apartamento, cuya peste se cogía todas las habitaciones. Le parecía encontrar la peste a puerco en todas partes, y solía olerse las manos y los brazos. El pueblo entero estaba lleno de puercos y olía a cochiquera, a sancocho, a comida fermentada y a desperdicios...".
Por su parte en los cuentos de Merino, lo que marca la asfixiante atmósfera es la marginalidad, la jerga mundana y la picaresca, pero situada alrededor de un marco de miedo e inquietante inseguridad, donde las galimatías callejeras precisan las situaciones y siembran la incertidumbre.
Eduardo Mesa, en El bronce vale, no nos entrega una novela, ni tampoco irrumpe en el cuento, Mesa nos ofrece crónicas, con las que nos adentra también en la deshumanización a la que el castrismo ha llevado al cubano. Mesa también nos narra la sórdida realidad, la marginalidad y la lucha por la subsistencia.

La primera crónica que nos brinda Mesa, es la que le da título al libro. Un grupo de personas se dedica a la venta de chatarra, especialmente piezas de bronce hasta que caen en una redada policíaca: "Me quedé pasmao, el Bolo se atrevió por fin a facharse una estatua, una inmensa estatua del Che" [...] se metieron en una fundición, vieron las patas del Che que las tenían tiradas por ahí, el Bolo embulló a los otros con aquello de que el bronce vale, y se llevaron también la canana, la pistola y las balas de bronce". Este relato inicial marca de alguna manera la tónica del libro. Es un texto escrito muy a lo cubano tanto en la anécdota, como en el lenguaje.
Mesa recurre a la ironía sutil, a veces amarga, desdoblando personajes y hechos que en ocasiones parecen brotar del absurdo. Cada una de las 30 crónicas, estremecen al lector por alguna razón en particular. Ya sea un temido policía que de repente se convierte en un exiliado y habla por Radio Martí; un bizco (que por cierto no soy yo), al que le hacen un registro en la casa, o un tipo sin escrúpulos como Arsenio el chivatón.

El triste mecanismo de la doble moral en la Cuba de hoy, mete en un mismo saco a aquellos que se buscan la vida de la manera más inimaginables, hasta los represores del sistema, que también encuentran en la ilegalidad y el abuso, una manera de sobrevivir.
Eduardo Mesa con inteligencia describe en dos relatos distintos, a personajes diametralmente apuestos. Rememora con admiración la figura del desaparecido escritor Juan Francisco Pulido, que siendo un adolescente se enfrentó al régimen directamente al negarse a votar en unas elecciones que calificó de falsa; y la de otro ser, un marginal que sin miramientos llega a Miami, cuya meta es trabajar y abrirse paso lo más rápido posible para regresar de visita a la isla.
El bronce vale es un libro cuya solidez está en su conjunto, no en crónicas particulares. Al finalizar la lectura, hallaremos un eficaz retrato de la Cuba de hoy, pero entraremos también en contacto con la triste desintegración moral de una sociedad, que costará años, mucha voluntad y esfuerzo reconstruir. Un libro que recomiendo y que todos deberíamos leer.

5 de junio de 2011

Presentación del libro El bronce vale y otras crónicas (I)

 
Palabras de Rodolfo Martínez Sotomayor


En las afueras de la librería Barnes @ Noble en Coral Way, Joaquín Estrada, conocido como El Lugareño por su blog, esperaba entre bocanadas de humo de un extenso tabaco.

Miraba el reloj, vigilaba el parqueo a lo James Bond mientras me decía: "Es extraño que se demore, él es muy formal". Habíamos concertado la cita para presentarme a Eduardo Mesa, los prejuicios y el tiempo me llevaron a desconfiar de los escritores formales. Lo que me decía El Lugareño, lejos de justificar a Eduardo, según mi equivocado juicio, no lo hacía confiable como creador.

De pronto, y con aspecto de perturbado, apareció él. Sus excusas tenían ese tono humilde de quienes emiten esa bondad que nos hace sentirnos culpable por haber pensado mal.

Era un escritor extraño, sin lugar a dudas, no empleaba el tiempo en hablar exageradamente de sí mismo, no tenía esos humos o ínfulas, y ni siquiera era una persona hipersensible o neurótica. Se me hizo más sospechoso aún, cuando ante el paso de dos esculturales mujeres, él mencionaba a su esposa, incluso, con evidente ternura. La maledicencia le era ajena, y antes de protestar por una queja de tráfico o cualquier inconveniente, decía, casi como en una invocación: "¡Virgen de la Caridad del Cobre, esto es terrible!".

En una película de Almodóvar, transcurre una escena donde un escritor hace su labor mientras contrata a una prostituta que casi le reprocha: "Pensé que me amarraría, me torturaría, me daría golpes, ¿vosotros los escritores no son unos dementes, unos locos?" Y el escritor con parsimonia mientras continúa escribiendo, le responde: "Esos son los buenos belleza, yo no".

Esos prejuicios que hasta el cine recoge, se calan en el inconciente colectivo y se rompen cuando uno conoce a escritores como Eduardo Mesa. Supe que en Cuba perteneció al consejo editorial de las revista Espacios y Palabra Nueva. Conocí esas revistas, ya que una amiga me las enviaba desde la Isla y en ellas puede ver, con júbilo, que se hacía un enorme esfuerzo por reivindicar a personajes de la historia que el castrismo había demonizado o relegado al olvido. Lo hicieron con Tomás Estrada Palma, con Ramón Grau y Jorge Mañach.

Descubrí que fue Eduardo Mesa quien único publicó dentro de Cuba, que Guillermo Cabrera Infante había recibido el premio Cervantes. Un trabajo que tenía además entrevistas y fotografías; lo tituló: Los tigres de un cubano atrapan el Cervantes.

Ya menos prejuiciado, con estos antecedentes, llegué a sus crónicas; pude constatar que estaba ante un escritor que tenía la capacidad de atrapar al lector, de llevarlo a conocer la realidad de forma amena; recordándonos que entretener, a la vez que nos hace reflexionar, es también una función de la literatura que se agradece. Pero no voy a ahondar en sus crónicas, para eso tenemos al escritor y periodista Luis de la Paz, quién nos hablará sobre el más reciente libro de la Editorial Silueta: El bronce vale y otras crónicas, de Eduardo Mesa.

3 de junio de 2011

La Revista del Diario - El bronce vale y otras crónicas

La Revista del Diario - El bronce vale y otras crónicas

Por Luis de la Paz

DeLaPazL@aol.com

La literatura siempre va asimilando las realidades de una época. En el caso particular de la cubana, lo que con más frecuencia se está reflejando ahora es el llamado Período Especial, quizás una de las etapas más desesperanzadoras bajo el castrismo, cuyo sello distintivo es la feroz lucha por la supervivencia, en medio de un caos colectivo donde todo es aceptado, sin importar valores morales, ideas o principios. Algunos autores en la isla han abordado esa realidad, y otros, ya en el exilio, también están abordándola, como Eduardo Mesa en El bronce vale y otras crónicas (Editorial Silueta, 2011).

Por tratarse de crónicas, la ficción no tiene mucho espacio en estos relatos, por lo cual los textos resultan aún más sobrecogedores, pues son retratos hablados de eventos y situaciones de los que el autor fue su protagonista o testigo. Los personajes que habitan en estas historias son personas comunes, por ello el lenguaje es simple, directo, sin andamiajes, y quizás esa simplicidad expresiva haga aún más patente y turbador lo que se cuenta.

Mesa no limita sus crónicas a Cuba, sino que retoma a algunos personajes ya en el exilio. Creo que esto es un aporte significativo en este libro, pues esas personas, que en ciertos momentos se comportaron de manera desordenada, más bien perturbadas por el día a día que tenían que afrontar, al salir del entorno asfixiante de la isla, se sosiegan y retoman una vida normal.

El relato que le da título al libro tiene una atmósfera de humor negro. Un grupo de personas se dedica a la venta de chatarra, especialmente piezas de bronce, hasta que hay una redada policial: “Me quedé pasmao, el Bolo se atrevió por fin a facharse una estatua, una inmensa estatua del Che” [...] se metieron en una fundición a recoger desechos, vieron las patas del Che que las tenían tiradas por ahí, el Bolo embulló a los otros con aquello de que el bronce vale, y se llevaron también la canana, la pistola y las balas de bronce”.

Con una oportuna economía de palabras y sin recurrir a extensas descripciones, Mesa, va contando con inteligencia y control, las distintas anécdotas que entrega. El dominio narrativo que ejerce el autor, trasciende el documento testimonial que es, para convertirlo en una pieza con notables valores literarios. “Arsenio el trompeta colgó el uniforme del MININT y se fue en una balsa [...] vino para Miami y aquí está [...] Arsenio debe de andar por ahí haciendo de las suyas porque el que chivatea tantos años no abandona el oficio”.

En otra crónica rememora a la abuela y las peripecias por “cocinar cada día, mantener la casa y la ropa limpias, hacer habitable el hogar en medio de una pobreza extenuante que hoy raya en la miseria”. Traza el perfil de Jochimón, que al llegar a Miami lo que busca es trabajar para lograr lo que no pudo en toda su vida en Cuba.

El bronce vale, no sólo describe la triste realidad en la isla; va más allá, al mostrar el otro lado de la moneda, donde la vida adquiere un sentido cuando hay esperanza, cuando cada cual puede hacer con libertad, lo que desee.