Hoy se celebra la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, recuerdo que me levantaba muy temprano y caminaba hasta la Catedral de La Habana, mi parroquia, para preparar las cosas y ultimar todos los detalles de esa celebración. En un día así es inevitable que recuerde a mi amigo el P. Salvador Riverón, que se paraba en el atrio para ver si estaban los bancos y candelabros en perfecta simetría, si la raída alfombra no dejaba escapar una curva. Un santo celoso de la geometría y de la Iglesia como de una novia, un obispo que muere joven y nos deja con el sabor de la orfandad.
Cuando llegué a la Catedral tenía dieciséis años y se acababa de celebrar el ENEC, es un recuerdo vago porque a veces me parece que fue un poco antes. No era el lugar que un joven escogería, iba muy poca gente y la mayoría eran esas viejitas que se han ido del mismo modo que caen los pétalos. Esas señoras que no se amedrentaron ante las bestias rezaban un rosario, te regalaban una estampa y cuidaban la Fe; a mí rezar me parecía una pérdida de tiempo, pero ellas sabían que el tiempo de Dios es otro y también rezaban por mí.
Allí crecí, crecimos, un grupo que nunca fue grande, que intentaba sobrevivir en un ambiente de socialismo eterno. Recuerdo aquellas tardes de sillón con el parróco adusto, hablando de mil cosas que nos llevaban inexorablemente al tema de la Verdad, a la urgencia de la búsqueda, al Misterio, y después de tanta hondura yo me sentía el mismo, con las mismas miserias, pero la paciencia de los santos hace que el agua pueda horadar la roca y hacerle al menos una pequeña marca.
De aquellas tardes me ha quedado para siempre la alegría de un gran descubrimiento: yo podía ser, existía otro mundo al margen de ese mundo obligado. Ser en Cuba, existir en Cuba, y luego descubro que es difícil en todas partes, que a todos nos toca sufrir el anonimato, la indiferencia, la desconfianza, la soledad y todo lo que ronda cualquier exilio; pero nadie, nada me puede quitar que respire profundo y diga: estoy aquí mi Dios, ante ti.
Hoy trabajé todo el día y me hubiera gustado ir a misa, hoy en la Catedral entonarán "Pueblo de Reyes, Asamblea Santa, Pueblo de Dios, Bendice a tu Señor" y el turiferario esparcirá el incienso. Recuerdo que el Padre Salvador tenía guardado una cajita de incienso del Monte Athos para las grandes celebraciones y se enojaba si lo ponían en una celebración ordinaria, pero nunca se enojó tanto como el día que nos robaron el copón del sagrario con el Santísimo Sacramento. Qué enojo y desesperación en aquel hombre que no podía recuperar el pan consagrado, perdido bajo su custodia y la mía. Varios años después en el 1998 cuando tuvo lugar la visita del Papa logré resarcirlo en alguna medida por aquel disgusto. En una de las tiendas de campaña que se colocaron en la Plaza quedaron abandonados varios cálices con formas consagradas, llegué a la Casa Sacerdotal con una caja llena de aquellas copas y quiero pensar que el alivio que vi en su rostro al entregarle aquel tesoro compensaba el pesar por el copón perdido.
El día que supe de su nombramiento como obispo auxiliar de La Habana me alegré mucho, al mediodía fui a felicitarlo y estaba contento, tenía luz en el sereno rostro. Nunca olvidaré su consagración episcopal y esa sensación que aquello que estaba sucediendo era algo que debía ocurrir y ocurría para bien. No me atrevo a preguntarle a Dios por qué le llamó así, tan duro, tan pronto.
Unos días antes de su repentina enfermedad y muerte, en el Primer Encuentro Nacional de Comunicadores Católicos el Padre pronunció una conferencia titulada "La Cuestión de la Verdad" y sin quererlo, dejaba escrito su testamento intelectual. Recuerdo que le regalé un temprano ejemplar de la Veritatis Splendor (El brillo de la verdad), porque yo regresaba de España y en esos días el diario ABC la había publicado, Juan Pablo II y él coincidían en la misma obsesión. "Si la libertad se transforma en un absoluto, si no está referida y subordinada a la verdad, desaparece como libertad y se convierte en arbitrariedad absoluta (...) es el imperio de la fuerza... ¨ Esas palabras de Juan Pablo II destacaban en su último esfuerzo pedagógico, las escuché mil veces en el aula, en el pulpito, y regresan a mi memoria con asentimiento, tenía razón el párroco misericordioso, una razón que compruebo día a día y me salva.
A veces sueño que estoy sentado en un banco de la Catedral en la tarde, cuando la luz cae desde los vitrales y se queda quieta en los bancos de caoba, va a comenzar la misa del martes o del jueves a las ocho, la misa de unos pocos y rezo al fin, como aquellas señoras que no perdían el tiempo. Todos los días le encomiendo a mi amigo, a mi párroco, que no me pierda de vista cuando salgo en el carro, casi siempre le digo: mira por los niños, que no sea nada la erupción, la fiebre, mira por nosotros, pon ante Dios estas cosas que me inquietan, que estemos bien, que no falte el trabajo, que se haga ( y ayúdame a aceptarlo) la voluntad de Dios.
(Eduardo Mesa www.lacasacuba.com)
