23 de octubre de 2011

Chicho


El Moro cogió miedo y yo lo entiendo, pero la muerte de Chicho nunca se sabrá. Cuando le dije al Moro de meter la denuncia me embarajó la cosa con el pretexto de que Chicho siempre andaba jodiendo: “Si no se hubiera burlado de las viejas no habría pasado lo que pasó…” me dijo y  quizás sea cierto.
Chicho y el Moro llegaron a Güines en el camión, eran rastreros y los rastreros tienen mujeres en todos los pueblos. Estaba andando la Guerra de Todo el Pueblo, en la que morirían cincuenta mil marines el primer día de la invasión. Los yanquis saldrían derrotados porque la opinión pública norteamericana no soportaría un nuevo Vietnam.
El Moro se fue a ver una jevita que tenía en el pueblo y Chicho se quedó dando una vuelta para hacerle la media, en la noche continuarían el viaje.  En el parque de Güines un piquete de viejas vestidas de milicianas se entrenaban en matar marines yanquis con jarros de agua hirviendo. Chicho se había comprado un “rifle” de aguardiente para matar las horas y lo tenía envuelto en un cartucho, la tarde estaba buena para estar como el Moro, pensaba Chicho. 
Las viejas corrían sofocadas por el calor pero continuaron con su “entrenamiento”, ahora empuñaban unos fusiles AK de calamina, disparaban proyectiles imaginarios al yanqui imaginario y se escondían detrás de unos sacos de arena sin darse cuenta que sus culos de vieja quedaban a merced del fuego enemigo. Chicho seguía bebiendo y se reía. “Si estas viejas ven a un marine se cagan… ¿Después de un bombardeo con qué coño van a calentar  agua?… Mira que esta gente come mierda chicoooo….” se decía así mismo entre un buche y otro, y sus propias palabras le daban risa.
La tarde continuaba su rutina de pueblo,  las viejas milicianas no se rendían ante el asedio de aquellos yanquis mal dibujados, pero empezaban a flaquear ante la risa de Chicho,  que ya estaba curda y las señalaba desde un banco. Los disparos y las escaramuzas continuaron con menos ímpetu, Chicho sintió  que se orinaba y comenzó a mirar a todas partes para buscar un baño. Le preguntó a un negro que había pasado un par de veces por el parque con una carretilla y el negro le hizo señas para que se callara. Un tipo que llevaba una camisita de guinga se sentó al lado de Chicho, y este, que estaba contentón, siguió con su descarga en voz alta: “Ven acá mi hermano, tú crees que esas viejas con esos culos gordos van a matar a un yanqui”. “¿Dónde habrá un baño por aquí mi hermano?” El tipo se río y levantó un periódico, tres policías llegaron para esposar a Chicho, que estaba borracho pero no hizo violencia. “Caballero que les pasa a ustedes si yo no hice nada” decía mientras se lo llevaban.
Le dieron una tranca de las buenas,  no podía levantarse en el calabozo. Al otro día, a mucho rogar del Moro, y dejándole tres racimos de plátanos al carpeta, se lo dejaron llevar.  Llegaron a La Habana al mediodía y murió por la tarde, el dolor en el pecho del que se quejaba en el camión era un infarto, dijo nervioso que lo cegaba una luz y su última visión fueron los flamboyanes de Carlos III,  con sus ramas inundadas de  flores amarillas o rojas.
Después del entierro hablé con el Moro para meter la denuncia con un socio que estaba en el brete de los Derechos Humanos, pero la familia de Chicho no quiso. Le dije entonces de hacerlo nosotros pero el Moro me dijo que me olvidara de eso, que él se lo había buscado,  y yo no quise hacerlo solo porque tenía miedo.
Es verdad que si Chicho no se hubiera burlado de aquellas viejas no habría pasado nada, es verdad que siempre andaba con su risa y su jodedera, pero en las dictaduras se hace costumbre el hecho de que las víctimas siempre tienen culpa; el Moro y yo vivimos así  durante mucho tiempo,  nos acostumbramos a dar como cierta, esa culpa siniestra que nos siembran.

10 de octubre de 2011

Predicciones sobre el futuro arzobispo de La Habana


por Eduardo Mesa

El Cardenal Jaime Ortega ha de cumplir 75 años de edad el próximo 18 de octubre y según dispone el derecho canónico tendrá que presentar su renuncia al Santo Padre. En algunos corrillos comienzan a ejecutarse apresuradas cábalas sucesorias y algunos medios interesados en el tema comienzan a realizar sus sondeos. Muchos quieren saber quién ocupará la sede vacante del Cardenal Ortega, sea por curiosidad, sea por una legítima preocupación estratégica o por la desproporcionada antipatía que aquí, en Miami, esta personalidad suscita. Como suele suceder en estos casos abundan los augurios y ya son varios los que me han preguntado sobre este asunto. Dejaré por este motivo consignadas mis predicciones, probablemente erradas.

Es pertinente aclarar que el Cardenal no decide quién puede o no ser obispo, tampoco decide quién es su sucesor. El sucesor del Cardenal será seleccionado por el mismo proceso que se utiliza para la elección de cualquier nuevo obispo. Estas designaciones son competencia del Santo Padre y del Pontificio Consejo para los Obispos, para este fin se sigue un procedimiento muy rigurosos donde se escucha el criterio de muchas personas. El resultado de estas consultas es una terna que se envía a Roma, allí es donde tienen la última palabra. Este proceso, aunque no es una elección democrática, suele ser lo suficientemente participativo para conseguir, en la mayoría de los casos, una designación acertada.

También es pertinente aclarar que el Arzobispo de la Habana, sea o no Cardenal, no tiene ninguna autoridad extraterritorial. Cada obispo gobierna su propia diócesis con total autonomía y el organismo que coordina el trabajo entre las diferentes diócesis es la Conferencia de Obispos. Este importante organismo, salvo alguna excepción que expresa el Derecho Canónico y que no se verifica en Cuba, tampoco supone una autoridad supra diocesana.

Dicho esto, me atrevo a aventurar que el próximo Arzobispo de La Habana será elegido entre los obispos actuales. Dada la complejidad del gobierno de esta Arquidiócesis es menos factible que sea un sacerdote el escogido para desempeñar dicho ministerio, aunque tampoco se puede excluir a priori esta posibilidad. Por tanto, todos los obispos actuales son en alguna medida candidatos, exceptuando obviamente a los ya jubilados o aquellos que están esperando la jubilación, como es el caso de Mons. Alfredo Petit Vergel. Insisto en la conveniencia de no desdeñar a nadie porque en la historia de la Iglesia sobran los ejemplos de las llamadas “sorpresas”.

Uno de los candidatos de más peso es Mons. Emilio Aranguren. ¿Por qué Emilio Aranguren? Es un hombre que tiene una gran capacidad de trabajo, tiene la doble cualidad de ser buen administrador y a la vez poseer una gran proyección pastoral. Ya no es el joven Obispo Auxiliar de la Diócesis de Santa Clara gobernada por el difunto Obispo Prego, ahora tiene suficiente experiencia. Fue el primer obispo de Cienfuegos y desde hace unos años es el titular de Holguín. Haber estado a cargo de estas diócesis le confiere un singular conocimiento de la situación pastoral del Centro y el Oriente del país. Por otra parte, su desempeño durante varias presidencias como Secretario Ejecutivo de la Conferencia Episcopal lo ha mantenido cerca del Occidente de la Isla y en especial, de la Iglesia habanera. De más está decir que conoce bien a los agentes-burócratas del Departamento de Asuntos Religiosos con Caridad Diego a la cabeza. Tiene cierto fogueo internacional al servicio del CELAM sirviendo de enlace con la Conferencia Episcopal de Estados Unidos y Canadá.

Alguien me ha sugerido que quizás consideren a Dionisio García, actual Arzobispo de Santiago de Cuba. No es descabellado pensarlo pero yo me inclino a creer que no, eso sería “desvestir un santo” para vestir otro, que también es difícil de entallar con ropa a la medida. Pero ya les dije que en buena medida todos son candidatos, incluso Mons. Jorge Serpa, el Obispo de Pinar del Río tiene posibilidades de reeditar el itinerario episcopal Pinar-La Habana de Jaime Ortega.

Otro candidato de peso es Juan García, Arzobispo de Camagüey, de él se dice que es un hombre sereno, muy observador y espiritual, alguien que sabe apreciar el valor de las pequeñas cosas y capaz de conservar la calma en cualquier tormenta; no le vendría mal a La Habana un hombre de su carácter.

Una de las posibilidades que algunos contemplan es que el sucesor de Jaime Ortega sea un obispo cubano americano. Hay quienes piensan que si la jubilación del Cardenal coincidiera con una transición democrática, la Santa Sede pudiera jugar esta baza que –según ellos- contribuiría al encuentro de las dos orillas, impulsaría una mayor cooperación con las Iglesias de Estados Unidos y Canadá, a la vez que facilitaría el entendimiento político con el vecino del Norte. Es una tesis osada, pero no se puede afirmar que sea disparatada, aunque yo me inclino a creer que la posibilidad de un obispo cubano americano es bastante improbable.

De cualquier modo, cuando la renuncia del Cardenal Ortega sea aceptada, y esta aceptación puede demorarse el tiempo que el Santo Padre estime necesario, es que conoceremos a su sucesor. La renuncia de un Cardenal en su sano juicio y con buena salud -me decía hace poco un experto en estos temas- puede demorar varios años en ser aceptada. En las actuales circunstancias, que evidencian un reconocimiento y fortalecimiento institucional de la Iglesia sin precedente en estos años de dictadura castro comunista, comparto la opinión de que el Santo Padre no aceptará prontamente la solicitud de renuncia del Cardenal Jaime Ortega.

Si la realidad contradice mis suposiciones y el Santo Padre aceptara la renuncia del Cardenal de un modo inmediato, esto no significa necesariamente que el Cardenal va a desaparecer de los primeros planos de la política cubana. Nos guste o no, Jaime Ortega ha conseguido un peso político que lo ha convertido en actor significativo de este último acto del castrismo. Es de prever que continuará con su protagonismo en la alta política, un protagonismo que en palabras del periodista Yoel Prado, es un intento “de deshacer el nudo gordiano que prevalece en Cuba”. Un ejercicio que el Cardenal intentará mientras perciba una mínima posibilidad de éxito aunque abunden las posibilidades de fracaso.

Por otra parte, sea quien sea el sucesor del Cardenal Ortega es previsible que continúe con la línea actual de ampliación y reconocimiento de la libertad religiosa sin desafiar constantemente a los que gobiernan, una estrategia asumible dadas las circunstancias que imperan en Cuba, pero que conlleva el peligro creciente de ignorar parte de la dimensión profética inherente al Bautismo y actuar como si la Iglesia fuera un fin en sí misma. Todo parece indicar que ha comenzado una nueva etapa de las relaciones Iglesia-Estado. Esta nueva etapa se distancia de “la Iglesia del silencio” y de un momento eclesial posterior, enmarcado fundamentalmente entre el ENEC y el ECO, que se caracterizó por ejercer una “crítica constructiva” cuyo mejor exponente es la Carta Pastoral “ El Amor todo lo espera”. Si bien es cierto que el Cardenal es la figura aparentemente más comprometida con esta nueva etapa de las relaciones Iglesia-Estado - en la que parece se busca un “bien mayor” que pasa por asumir la legitimación de los que gobiernan - no podemos ignorar que esta actitud es compartida por la Conferencia Episcopal Cubana y así lo evidencia el contenido de pronunciamientos recientes.

Para concluir quiero reiterar que mis predicciones hacen reír a Dios, Señor de la Historia y también harán reír a muchos que no son Dios. Cuando nombraron a Mons. Juan de Dios Hernández obispo auxiliar de La Habana, leí un artículo que describía a Juan de Dios como un cura contestatario que iba ser una piedra en el zapato del Cardenal Ortega. El jesuita Juan de Dios Hernández, además de Auxiliar de La Habana, es desde hace tiempo el secretario ejecutivo de Conferencia de Obispos Católicos de Cuba y nadie más ha hablado ni de la piedra, ni del zapato. Por cierto, se me olvidó incluir en mis predicciones a Mons. Juan de Dios Hernández.