El Moro cogió miedo y yo lo entiendo, pero la muerte de Chicho nunca se sabrá. Cuando le dije al Moro de meter la denuncia me embarajó la cosa con el pretexto de que Chicho siempre andaba jodiendo: “Si no se hubiera burlado de las viejas no habría pasado lo que pasó…” me dijo y quizás sea cierto.
Chicho y el Moro llegaron a Güines en el camión, eran rastreros y los rastreros tienen mujeres en todos los pueblos. Estaba andando la Guerra de Todo el Pueblo, en la que morirían cincuenta mil marines el primer día de la invasión. Los yanquis saldrían derrotados porque la opinión pública norteamericana no soportaría un nuevo Vietnam.
El Moro se fue a ver una jevita que tenía en el pueblo y Chicho se quedó dando una vuelta para hacerle la media, en la noche continuarían el viaje. En el parque de Güines un piquete de viejas vestidas de milicianas se entrenaban en matar marines yanquis con jarros de agua hirviendo. Chicho se había comprado un “rifle” de aguardiente para matar las horas y lo tenía envuelto en un cartucho, la tarde estaba buena para estar como el Moro, pensaba Chicho.
Las viejas corrían sofocadas por el calor pero continuaron con su “entrenamiento”, ahora empuñaban unos fusiles AK de calamina, disparaban proyectiles imaginarios al yanqui imaginario y se escondían detrás de unos sacos de arena sin darse cuenta que sus culos de vieja quedaban a merced del fuego enemigo. Chicho seguía bebiendo y se reía. “Si estas viejas ven a un marine se cagan… ¿Después de un bombardeo con qué coño van a calentar agua?… Mira que esta gente come mierda chicoooo….” se decía así mismo entre un buche y otro, y sus propias palabras le daban risa.
La tarde continuaba su rutina de pueblo, las viejas milicianas no se rendían ante el asedio de aquellos yanquis mal dibujados, pero empezaban a flaquear ante la risa de Chicho, que ya estaba curda y las señalaba desde un banco. Los disparos y las escaramuzas continuaron con menos ímpetu, Chicho sintió que se orinaba y comenzó a mirar a todas partes para buscar un baño. Le preguntó a un negro que había pasado un par de veces por el parque con una carretilla y el negro le hizo señas para que se callara. Un tipo que llevaba una camisita de guinga se sentó al lado de Chicho, y este, que estaba contentón, siguió con su descarga en voz alta: “Ven acá mi hermano, tú crees que esas viejas con esos culos gordos van a matar a un yanqui”. “¿Dónde habrá un baño por aquí mi hermano?” El tipo se río y levantó un periódico, tres policías llegaron para esposar a Chicho, que estaba borracho pero no hizo violencia. “Caballero que les pasa a ustedes si yo no hice nada” decía mientras se lo llevaban.
Le dieron una tranca de las buenas, no podía levantarse en el calabozo. Al otro día, a mucho rogar del Moro, y dejándole tres racimos de plátanos al carpeta, se lo dejaron llevar. Llegaron a La Habana al mediodía y murió por la tarde, el dolor en el pecho del que se quejaba en el camión era un infarto, dijo nervioso que lo cegaba una luz y su última visión fueron los flamboyanes de Carlos III, con sus ramas inundadas de flores amarillas o rojas.
Después del entierro hablé con el Moro para meter la denuncia con un socio que estaba en el brete de los Derechos Humanos, pero la familia de Chicho no quiso. Le dije entonces de hacerlo nosotros pero el Moro me dijo que me olvidara de eso, que él se lo había buscado, y yo no quise hacerlo solo porque tenía miedo.
Es verdad que si Chicho no se hubiera burlado de aquellas viejas no habría pasado nada, es verdad que siempre andaba con su risa y su jodedera, pero en las dictaduras se hace costumbre el hecho de que las víctimas siempre tienen culpa; el Moro y yo vivimos así durante mucho tiempo, nos acostumbramos a dar como cierta, esa culpa siniestra que nos siembran.